
Cuarto día de Mundial y cuarto grupo a analizar después de repasar los tres primeros en esta particular serie del Mundial de Cine. Tras hablar de las cinematografías de países como México, Chequia, Canadá, Brasil o Marruecos, entre otros, esta vez es el turno de un grupo de lo más desequilibrado, pues un país no solo es el más grande de su grupo, sino probablemente de todos. El lector se puede hacer una idea de cuál estamos hablando, porque la mayoría de películas que haya visto en su vida serán de él.
El Grupo D del Mundial, con Estados Unidos, Turquía, Paraguay y Australia, permite leer el torneo también como un mapa cinematográfico. Cada selección llega con una tradición distinta, más o menos consolidada, pero en todos los casos el cine ha servido para pensar la identidad, la memoria y los cambios sociales desde ángulos muy personales. En esa variedad está buena parte del interés del grupo.
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Estados Unidos
Estados Unidos es, de los cuatro, el país con una industria más poderosa y visible, aunque eso no significa que su cine se reduzca al gran espectáculo de Hollywood. Junto a la maquinaria comercial, el país ha producido autores capaces de mirar la sociedad con más filo, desde Martin Scorsese hasta Sofia Coppola, pasando por Spike Lee o el reciente ganador del Oscar Paul Thomas Anderson, cada uno con una manera distinta de examinar la identidad, la familia y el poder.
En ese panorama, títulos como Taxi Driver, Lost in Translation o Do the Right Thing ayudan a entender por qué el cine estadounidense sigue siendo una referencia global: no solo por volumen, sino por su capacidad para convertir lo local en mito. El cine de este país ha sabido, en lo esencial, alimentar tanto el espectáculo masivo como la crítica más punzante, y esa dualidad es lo que lo mantiene en el centro del debate cultural. Para estos días nos quedamos con el que probablemente sea uno de sus mayores directores, John Ford, padre del western y autor de algunos de los mejores títulos que ha dado Estados Unidos, como Centauros del desierto o Quién mató a Liberty Valance.
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Turquía
Turquía ofrece un perfil muy distinto, más sobrio y autoral, donde la fuerza del cine depende menos de la industria que de la personalidad de sus directores. Nuri Bilge Ceylan es probablemente su nombre más reconocido, y películas como Érase una vez en Anatolia o Sueño de invierno —ganadora en el Festival de Cannes de 2014— muestran una mirada contemplativa, paciente y muy atenta al conflicto moral. Antes que él, Yılmaz Güney había marcado una tradición de compromiso político y realismo áspero, y más recientemente Fatih Akin ha tendido puentes entre Turquía y Europa con obras como Contra la pared.
Aunque su fuerte está desde hace años en las series, con sus ya famosas telenovelas, el cine turco suele moverse entre la intimidad y el paisaje, entre el dilema familiar y la tensión histórica, como si cada plano tuviera que negociar con una identidad compleja. No hay grandes gestos, sino una observación constante de lo que se cocina bajo la superficie: las relaciones, las heridas no dichas, las contradicciones de una sociedad que cambia rápido.
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Paraguay
Paraguay representa una cinematografía mucho más pequeña, pero precisamente por eso muy interesante cuando logra hacerse visible. En los últimos años, el país ha ido construyendo una escena que combina documental, ficción social y una relación muy directa con la experiencia cotidiana. Obras como Matar a un muerto, de Hugo Giménez, o el drama lésbico Las herederas, de Marcelo Martinessi, han colocado al cine paraguayo en el mapa internacional con una mezcla de austeridad y precisión emocional.
En ese contexto, la fuerza no está en la escala sino en la mirada: relatos contenidos, personajes al límite y una sensibilidad que encuentra en lo doméstico y lo social una misma tensión narrativa. El cine paraguayo no busca imponerse con volumen, sino con persistencia, y eso lo hace particularmente honesto.
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Australia
Australia completa el grupo con una tradición más amplia de lo que a veces se supone, marcada por una constante conversación entre paisaje, aislamiento e identidad nacional. Peter Weir fue una figura central en la construcción de esa mirada, con películas como Picnic en Hanging Rock o Gallipoli, donde el territorio se vuelve casi un personaje más. A su lado, George Miller llevó el cine australiano a otra dimensión con Mad Max, una saga que transformó un entorno hostil en un universo visual de enorme potencia. También Jane Campion, aunque asociada a una carrera más internacional, partió de un impulso australiano muy claro en títulos como El piano, donde el espacio, el silencio y la subjetividad adquieren un peso extraordinario.
Beatriz Martínez, redactora de Infobae, analiza la nueva película de Steven Spielberg, que marca su regreso triunfal a la ciencia ficción con una historia sobre la revelación de vida extraterrestre y sus consecuencias.
Visto en conjunto, el Grupo D funciona casi como una conversación entre modelos de cine distintos. Estados Unidos aporta amplitud y centralidad industrial; Turquía, densidad autoral y reflexión; Paraguay, una escena emergente que se abre paso con voz propia; y Australia, una tradición marcada por el paisaje y la energía visual. El fútbol organiza la competencia, pero el cine deja ver otra cosa: cómo cada país construye sus relatos, sus obsesiones y su manera de mirar el mundo.
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