
Si has visto la última gran serie de Netflix, escuchado al grupo de moda o leído el gran fenómeno literario, seguramente te habrás dado cuenta de un deje común en todos los casos. Suena a inglés, pero no lo es. Parece británico, pero en realidad es irlandés. Tantos años a la sombra del gigantesco Reino Unido, parece normal que los fenianos no hayan gozado de la misma relevancia a nivel cultural. Pero es una dinámica que está cambiando vertiginosamente, y que seguramente ha encontrado sobre los escenarios un ideal campo de batalla para librar su particular revolución.
No hacen falta datos en la mano para darse cuenta de que la ola verde está en casi todos los rincones del mundo cultural. Actores de moda como Paul Mescal, convertido en icono por títulos como Aftersun o la serie Normal people, casualmente adaptación de otra irlandesa que triunfa en su campo como Sally Rooney. La autora de Intermezzo no es la única, sino que pertenece a una generación en la que también se inscriben Claire Keegan, Paul Murray, Paul Lynch o Caoilinn Hughes. Muchos de estos están sirviendo de inspiración para nuevas producciones, cuando las plataformas no vuelcan directamente su mirada sobre la historia reciente del país, como ha sido el caso con La Casa Guinness, el éxito más reciente de Netflix.
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Esta presencia cada vez más frecuente de lo irlandés en la cultura, que en el cine cuenta desde hace años con tótems como Liam Neeson, Colin Farrell o Cillian Murphy, ha terminado de eclosionar en el ámbito musical. Tal y como defiende el editor musical Toner Quinn, autor del libro What Ireland Can Teach the World About Music, Irlanda goza en la actualidad de “una vida musical multifacética que abarca todos los géneros, pero con una tradición musical y vocal folclórica increíblemente fuerte, vibrante y con continuidad histórica en el centro de todo. Desde el hip hop hasta la composición contemporánea, los artistas se inspiran en esta tradición folclórica y se nutren de ella, sin dejar de aferrarse a una sólida tradición central de interpretación en solitario”, aludiendo a Sinnead O’Connor o The Pogues como referentes en su activismo político y en su relato de la experiencia emigrante.

Reivindicando la lengua
Son dos aspectos a los que se aferran de forma muy evidente los grupos que están surgiendo en este momento, como los rockeros Fontaines D.C., los raperos Kneecap o los folclóricos Kingfishr, que justo andan por Barcelona y Madrid en su agotadísima gira europea. Los primeros llevan desde hace tiempo en todas las revistas de música, acumulando conciertos y ganándose los elogios de grandes artistas como Elton John, quien los bautizó como “la mejor banda que hay ahora mismo”. Más allá de encabezar un festival detrás de otro, la banda liderada por Grian Chatten ha sacado pecho en todo momento de su condición irlandesa y reconocido su dolor por alejarse del hogar conforme se mudaban a Londres para desarrollar su carrera.
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Mucho más ruidosos y aún más reivindicativos que los Fontaines —quienes no han dudado en expresar su apoyo a Palestina en más de un concierto— están los Kneecap, el trío formado por los jóvenes Mo Chara y Móglaí Bap junto a DJ Próvaí. Los Kneecap capturan a la perfección el espíritu rebelde irlandés, ya que desde sus propias canciones no dudan en buscar la ofensa constante hacia el inglés y, de paso, hacerlo reivindicando su propia lengua, con varios temas que mezclan inglés y gaélico. Para conocer mejor su accidentada historia real han realizado incluso una película que estuvo en los últimos Oscar, y en la que se podía ver su ascenso a la fama entre peleas, drogas y muchas palabras malsonantes.

Kingfishr, la última revelación feniana
Algo más relajados que los Kneecap, y desde otro territorio más afincado en la tradición irlandesa como es el folk, emerge Kingfishr, banda originaria de la Irlanda más rural y cuyo ascenso ha sido igual o incluso más fulgurante. Formada por Eddie Keogh, Eoghan ‘McGoo’ McGrath y Eoin ‘Fitz’ Fitzgibbon, echó a andar en 2022 y en apenas tres años se ha ganado el reconocimiento no solo de muchos medios especializados, sino también de un público que va mucho más allá de sus compatriotas. En España pueden decir que ya los conocen, ya que conquistaron a todos los que pudieron asistir a su concierto en el pasado Mad Cool.
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Todo lo que ha venido después ha ido tan rápido que ni ellos mismos han sido capaces de procesarlo, tal y como confesaban al medio especializado Mondo Sonoro: “En Irlanda, a veces, racionalizamos de broma diciendo que mi abuela conoce a la tuya, y vienen juntas al concierto. Pero, ¿por qué demonios pasa en todas partes? Yo creo que hay varios motivos, pero el principal es que no tratamos de ser lo que no somos. Las canciones son genuinas y también nosotros, y la gente se siente parte de todo ello. Si fuera falso, se notaría, y el público no respondería ni la mitad de bien. Para mí es eso”, señalaba el bajista Eoin Fitzgibbon. Es solo cuestión de tiempo que en los próximos meses hablemos de otras formaciones emergentes, como NewDad, Florence Road o la cantautora CMAT. Ya sea desde el rock, el rap o el folk, el futuro musical se antoja de los mismos colores: blanco, verde y naranja.
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