
¿Son tan buenos BTS? Esa es la pregunta que sobrevuela a la formación surcoreana, que este viernes —y de nuevo mañana sábado— ha aterrizado en el Riyadh Air Metropolitano para reunir a más de 120.000 personas. Ha sido a las 20.20 cuando el misterio ha comenzado a desvelarse. Los protagonistas son un septeto convertido en la boy band más exitosa del mundo, siete artistas perfectamente entrenados para ser cantantes, raperos, bailarines y modelos. La ambición del espectáculo es más que evidente y lo que se espera de unos jóvenes que han sido entrenados para ello.
El septeto coreano formado por RM, Suga, Jimin, J-Hope, V, Jin y Jungkook, no solo ha pisado España por primera vez desde que debutaron en 2013, sino que han dejado inaugurada la etapa europea del Arirang World Tour, con motivo de la publicación el pasado marzo de su quinto álbum de estudio. El disco toma su nombre de la canción tradicional más conocida de Corea del Sur y reivindica sus raíces tras cuatro años de parón por el servicio militar. Pero que nadie espere un ejercicio de folclorismo, mucho menos después de que el Metropolitano acogiera durante diez noches el espíritu boricua de Bad Bunny.
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La noche fue especial de por sí, pero mucho más si se tiene en cuenta que esta gira supone su comeback, su vuelta, cuatro años después de su pausa para ir a la ‘mili’ —una obligación legal para todos los hombres del país menores de 35 años—. “¡Vamos a volvernos locos!”, gritó en un intento de castellano J-Hope a poco de comenzar el show. Y vaya si fue así.

Sus fans, las ARMY, acrónimo de Adorable Representative MC for Youth (adorables representantes de MC [maestro del rap] para la juventud), rompieron cualquier audímetro. Un escrito del Defensor del Pueblo remitido a la Asociación Vecinal Las Musas‑Las Rosas conocido hace apenas dos semanas notificó que dos conciertos celebrados el año pasado en el mismo recinto, el de AC/DC e Imagine Dragons, fueron sancionados por ruido. Si el de anoche superó aquellos registros todavía está por ver, pero pocas veces se ha alcanzado ese nivel de aturdimiento causado por la euforia. No hace falta ni irse a Los Beatles. No tienen nada que envidiar ni a las seguidoras de One Direction ni a las de Justin Bieber. Seguro que hasta Ruido Bernabéu, la cuenta de X que recopilaba las quejas vecinales durante los conciertos efectuados en el estadio madridista en 2024, habrá escuchado los ecos del Metropolitano.
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Un recinto 360 grados con luces y alguna sombra
Lejos quedan ya las pulseras con luces parpadeantes de Taylor Swift o Coldplay o las cámaras con luz que repartió el puertorriqueño hace cuestión de dos semanas. En Corea se llevan los lightsticks. Así, a las 20.19 horas, con casi 20 minutos de retraso, una marabunta de army bombs —un bastón-bombilla de mano, cuyo precio oficial alcanza los 70 euros— estaba alzada al cielo acompañados por un sinfin de chillidos y un recinto de 360 grados que se preparaba para recibir a los siete artistas. Medio centenar de bailarines irrumpió desde las esquinas entre bengalas de humo rojo, inaugurando un espectáculo concebido para ofrecer una visión privilegiada desde cualquier punto del estadio. Y para ello, unas gigantescas pantallas con las que no perderse nada de su idol favorito. Eso sí, lejos de convertir las tablas en un parque de atracciones temático, solo en el centro se colocó una pequeña plataforma negra, que subía y bajaba a petición de la puesta en escena. Los bailarines, los protagonistas y el despliegue técnico, cuando se requería, hacían el resto.
Por esto mismo, durante determinados puntos del concierto se sintió levemente irregular. Dividido en tres actos y acompañado por un griterío constante que no abandonó el estadio ni un solo minuto del espectáculo, el concierto alcanzó su punto álgido en el segundo tramo. Fire, Body to Body o, sobre todo, Idol, convirtieron el escenario en una exhibición de músculo escénico. Alrededor de medio centenar de bailarines irrumpieron sobre las tablas —en algunos números caracterizados como guerreros con largas espadas luminosas un poco al estilo Star Wars— hasta que, en el clímax de Idol, recorrieron su perímetro entre banderas con el logo de BTS. Es entonces cuando la producción deja de impresionar para convertirse en un espectáculo descomunal.
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Lo negativo de alcanzar un punto tan álgido es que el resto del concierto corre el riesgo de parecer menos espectacular. Más aún cuando la selección de 23 canciones que, según la playlist oficial de Spotify, apenas supera la hora y cinco minutos, acaba convertida en un espectáculo de dos horas y media. El relleno son dos parones de 15 minutos y hasta seis intervenciones para dirigirse al público. En esos pequeños ratitos aprovecharon para poner en práctica su español: “Uno de mis deseos era venir a Madrid y lo logré. Muchas gracias por venir”, se sinceró V minutos antes de cerrar el concierto.
Aun así, el fenómeno resiste el escrutinio. BTS ofrece un espectáculo que, aunque a ratos desigual, se ve impulsado por una legión de seguidores que convierte cada canción en un acontecimiento. BTS no es que sea un grupo a prueba de balas, es que tiene un ejército entero.
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