
El fallecimiento de Björn Andrésen a los 70 años ha generado una ola de conmoción en el mundo del cine internacional. La noticia, confirmada por el director Kristian Petri a través del diario sueco Dagens Nyheter, informaba de que el actor, conocido sobre todo por su interpretación del joven Tadzio en el clásico de Luchino Visconti Muerte en Venecia, murió el sábado pasado, sin que se hayan difundido más detalles sobre la causa.

La muerte en Venecia
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El fallecimiento del intérprete ha provocado que el propio Petri, quien codirigió un documental llamado El chico más bello del mundo en el que hablaba de la vida de Andrésen, ha recordado parte de la singular y trágica trayectoria del actor, retratando cómo la admiración y el estrellato acabaron por ser el origen de su sufrimiento antes que del reconocimiento positivo. “Me ha jodido la vida bastante”, llegó a declarar el actor sobre la huella de aquella fama, según recogía en una entrevista el diario británico The Guardian.
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“Me sentí como un animal exótico enjaulado”
La leyenda de Andrésen se forjó a los 15 años, cuando fue seleccionado por Visconti para encarnar a Tadzio, el enigmático joven protagonista de Muerte en Venecia, adaptación de la novela homónima de Thomas Mann. Visconti había viajado hasta Estocolmo en su búsqueda incansable de un adolescente de belleza extraordinaria, después de que numerosos intentos en Hungría, Polonia y Finlandia fracasaran.
Tan pronto como Andrésen apareció en el casting, Visconti lo tuvo claro. Así lo confesó en el estreno de la película en el Festival de Cannes en 1971: “No tuve dudas de que era él”. La audición quedó grabada en imágenes donde se observa a un Andrésen intimidado mientras el director le pedía, en presencia de asistentes, que se desnudara ante la cámara. Estas escenas, que muestran el comienzo de su exposición al escrutinio, abren hoy el citado documental de Kristina Lindström y el citado Petri.
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La película, estrenada en 1971, le confirió una fama internacional inmediata, convirtiéndolo de la noche a la mañana en un icono absoluto de la belleza juvenil. Pronto recibió el sobrenombre de “el chico más bello del mundo”, una etiqueta que, lejos de ser un halago, se revelaría como una condena personal y profesional. En declaraciones recogidas por The Guardian, Andrésen admitía: “Me sentí como un animal exótico enjaulado”. Y sobre Visconti, a quien nunca volvió a ver tras la promoción, expresó décadas después: “Era el tipo de depredador cultural que sacrificaría cualquier cosa o a cualquiera por la obra”.
Su animadversión hacia Visconti
La inusitada presión y la incomodidad se hicieron patentes desde el principio. En la promoción de la película, Visconti llevó al joven actor a clubes nocturnos para adultos cuando apenas tenía 16 años. “No era homófobo, pero la forma en que me trataron me hizo sentir como un plato de carne. Fue el primero de muchos encuentros de este tipo”, señalaría Andrésen posteriormente.
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La fama tampoco trajo cercanía con sus compañeros: su relación con Dirk Bogarde, quien interpretó al melancólico Gustav von Aschenbach, fue neutra y distante. “Lo soportaba todo espléndidamente”, escribió Bogarde en sus memorias, mientras detallaba las estrictas restricciones impuestas a Andrésen por parte del equipo y el director para preservar su imagen casi etérea: ni sol, ni mar, ni deporte.
La recepción de la película resultó abrumadora para el adolescente. El paso por el Festival de Cannes fue, en palabras del propio Andrésen, “una pesadilla viviente”: las multitudes lo asediaban y los periodistas se mofaban de él en ruedas de prensa ante un Visconti que bromeaba sobre su pérdida de atractivo. Los directores del documental recuerdan que “no había compasión ni empatía”, y que, simplemente, “lo envasaron como un objeto”. Ante la pregunta de qué le diría a Visconti hoy, Andrésen fue contundente: “Vete a la mierda”.
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Su paso por Japón
Pero el mayor daño llegó después, cuando la maquinaria de la industria y las expectativas familiares aprovecharon su frágil situación. Marcado por la muerte de su padre y el suicidio de su madre a los 10 años, Andrésen fue criado por una abuela obsesionada con el éxito artístico, negándole su verdadera vocación musical. Tras el estreno internacional, fue llevado a Japón por su abuela ante el éxito arrollador de la película allí. “Pensó que debía ser mundialmente famoso”, contaba Andrésen, y narraba que en solo unas semanas se le obligó a grabar canciones pop y aparecer en anuncios, llegando incluso a ser medicado para soportar el ritmo, todo ello para exprimir el fenómeno mediático.
Al volver a Europa, sus esfuerzos por desarrollar una carrera musical sufrieron el desprecio y la incredulidad generalizada: nadie parecía creer que el “chico más bello del mundo” pudiera tener talento como músico. Incluso tras mudarse a París para un proyecto cinematográfico que jamás se realizó, describió esos años como “caos”. Intentó encontrar refugio en Copenhague junto a su novia, escapando del foco mediático, aunque la sombra de Tadzio lo persiguió constantemente, según sus declaraciones a medios internacionales.
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El resto de su vida estuvo teñido de tragedia y aislamiento. Siguió actuando, principalmente en Suecia, participando en más de 30 películas y series, pero su carrera artística y personal nunca recuperó la estabilidad. En medio de la adversidad, intentó formar una familia (tuvo dos hijos con su exesposa, la poetisa Susanna Roman), aunque perdió a su hijo menor, Elvin, por síndrome de muerte súbita del lactante, lo que desencadenó una etapa de depresión aguda y alcoholismo.

‘El chico más bello del mundo’
En su madurez, Andrésen vivía prácticamente aislado, con escasos recursos y sometido al síndrome de Diógenes. Solo su pareja reciente lo rescató de una miseria absoluta. Los codirectores del documental El chico más bello del mundo relataban la complejidad para convencerle de participar en esta obra sobre su propia vida: “Necesitaron cinco años para convencerle y rodarle, para hacer ‘una película con él, no sobre él’”, según relataban a The Guardian. Tras años de evitar cámaras, Andrésen accedió a dejarse filmar mientras intentaba reconstruir fragmentos de una vida marcada por la exposición precoz e implacable.
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En los últimos años, Andrésen recibió ofertas ocasionales para actuar. Uno de sus últimos trabajos más destacados en los últimos años fue su pequeño papel en la película Midsommar de Ari Aster. El propio Andrésen asumía con ironía su presencia en la pantalla: “Ser asesinado en una película de terror es el sueño de todo chico”. Aunque aseguraba que no guardaba rencor tras todo lo que había vivido, su legado será el de un hombre al que la belleza, explotada y fetichizada dentro y fuera del cine, le impidió ser dueño de su destino.
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