
Madrid guarda infinidad de secretos en cada esquina de su centro histórico, donde un laberinto de callejuelas, rincones y plazuelas parece pertenecer a otro tiempo. Un Madrid que existía antes de los Austrias, heredado de la trama urbana musulmana y medieval, y que sobrevive entre edificios modernos y calles de tráfico denso sin que la mayoría de quienes pasan por allí reparen en él.
En este sentido, en la capital existe una plazuela tan pequeña que muchos la confunden con una simple esquina. La Plazuela de San Javier, lindante con la calle del Conde, es el espacio público más reducido de la capital: un rincón de Madrid tranquilo y oculto que ha acumulado, en apenas unos metros cuadrados, siglos de historia, leyenda, zarzuela y literatura.
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El Mesón de San Javier, Luis Candelas y los orígenes en tiempos de Felipe II
La historia documentada del lugar arranca en el siglo XVI. Las crónicas señalan que en uno de sus edificios vivía el Aposentador de Felipe II, lo que sitúa a la plazuela en la órbita del primitivo Alcázar Real y explica su antigüedad dentro del tejido urbano de la capital. Con el paso de los siglos, el espacio acogió el Mesón de San Javier, uno de esos establecimientos del Madrid popular que generaron leyendas propias. Una de ellas apunta que en el mismo edificio vivía una dama enamorada de Luis Candelas, el famoso bandolero madrileño del siglo XIX que se convirtió en personaje casi novelesco.
Igualmente, el desaparecido Palacio de Revillagigedo, vinculado a la ciudad asturiana de Gijón, también se ubicó en esta plazuela antes de ser sustituido por el edificio que hoy puede verse, donde vivió el escritor Eugenio d’Ors. A su lado se levanta una construcción fechada hacia 1615, aunque en su fachada puede leerse el año 1724. El edificio fue remodelado en los años 90 del siglo XX y albergó galerías subterráneas durante la Guerra Civil.
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A su vez, el nombre de la plazuela no es casual, como ocurre con tantos otros topónimos del centro de Madrid. En una de sus fachadas se custodiaba, según la tradición, una imagen de San Francisco Javier, patrón de Navarra, en un edificio perteneciente a la orden de los jesuitas. Esa devoción popular quedó grabada en el nombre del lugar y ha perdurado hasta hoy, mucho después de que el edificio religioso desapareciera.
Lo que sí permanece es la fachada roja y llamativa que da a la calle del Conde, la más visible del conjunto. Se trata de un palacete que debió pertenecer a alguna familia de relevancia, a juzgar por el escudo nobiliario que luce en su exterior. La calidad arquitectónica del edificio, con sus dinteles de piedra que sobresalen del ladrillo rojo, llama la atención de quienes se detienen a mirar.
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La zarzuela que transcurre en esta plaza diminuta
La Plazuela de San Javier tiene también una dimensión musical que pocos conocen. Varios autores señalan que en este espacio transcurren algunas escenas de Luisa Fernanda, la zarzuela estrenada en el Teatro Calderón de Madrid el 26 de marzo de 1932. La obra, ambientada durante el reinado de Isabel II y los convulsos años previos a la revolución de 1868, encontró en este rincón del Madrid de los Austrias el escenario perfecto para sus intrigas y sus romances.
Pero la literatura también reparó en la Plazuela de San Javier. El escritor Ramón Gómez de la Serna, uno de los cronistas más agudos del Madrid del siglo XX, la definió como “un recodo de meditación en que se fragua lo muy madrileño”. Una descripción que resume con precisión lo que transmite el lugar: la sensación de que en ese espacio mínimo se concentra algo esencial de la ciudad, algo que no aparece en las grandes avenidas ni en las plazas concurridas.
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