
El inesperado regreso de La guerra de los Rose a la gran pantalla ha generado una oleada de expectativas, especialmente después de que se confirmara que Benedict Cumberbatch y Olivia Colman iba a asumir los papeles que en 1989 inmortalizaron Michael Douglas y Kathleen Turner.
Esta nueva versión, titulada The Roses y dirigida por Jay Roach, llegará a las pantallas españolas el próximo 29 de agosto. La elección de dos figuras británicas de renombre para encarnar a una de las parejas más explosivas del cine estadounidense de los ochenta plantea una pregunta inevitable: ¿será posible recrear la química devastadora que definió al filme original?
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La historia que dio origen a esta saga cinematográfica se remonta a la novela homónima de Warren Adler, inspirada a su vez por la célebre Guerra de las Dos Rosas, el conflicto que enfrentó a las casas York y Lancaster en la Inglaterra del siglo XV.
Cómo surgió la idea y el proyecto
Adler, quien también bautizó el edificio Watergate, relató que la idea surgió en una cena en Washington en 1979, cuando un invitado le confesó que, en pleno proceso de divorcio, compartía la vivienda con su esposa bajo estrictas reglas de convivencia.
“El interés de Hollywood por el libro fue instantáneo, fue adquirido por Richard Zanuck y David Brown, dos maravillosos productores para quienes escribí el primer guion”, recordó el autor. Finalmente, la producción recayó en James L. Brooks, responsable de títulos emblemáticos como La fuerza del cariño y Al filo de la noticia, y productor de Los Simpson, quien también había atravesado un divorcio traumático.
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El salto al cine en 1989 estuvo marcado por la visión de Danny DeVito, quien ya había demostrado su inclinación por el humor negro en Tira a mamá del tren (1987). DeVito no solo dirigió la película, sino que también se reservó el papel de narrador, interpretando a un abogado que intenta disuadir a su cliente de divorciarse, contándole la historia de Oliver y Barbara Rose.
La película arrancaba con la pareja enfrentándose en una subasta por una estatua japonesa, un encuentro que anticipaba la dinámica competitiva y apasionada que definiría su relación. Tras una atracción inmediata y un matrimonio que parecía idílico, la trama se adentraba en la progresiva desintegración de la pareja, marcada por la ambición, el materialismo y la insatisfacción personal.
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La construcción del hogar perfecto se convertía en una obsesión para Barbara, quien dedicaba años a transformar la mansión familiar en un escenario digno de las aspiraciones de Oliver, ahora convertido en un exitoso abogado.
“Barnizó todas las mesas, tardó seis meses en dejar los suelos perfectos y cien domingos en encontrar perfectas porcelanas de Staffordshire que colocó sobre la chimenea”, narra la voz en off de DeVito. Sin embargo, al culminar su obra, Barbara experimenta un vacío existencial al darse cuenta de que su vida carece de sentido más allá de las apariencias.
La indiferencia de Oliver hacia sus logros y la rutina doméstica precipitan el conflicto: “Cuando te veo comer, cuando te veo dormir, cuando te tengo delante, me dan ganas de partirte la cara”, le espetaba Barbara antes de pedirle el divorcio. A partir de ese momento, la disputa por la casa se convierte en el eje central de una batalla sin cuartel, donde ni los hijos ni las mascotas logran suavizar la ferocidad del enfrentamiento.
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Una sátira repleta de violencia
El filme de DeVito se distinguía por su combinación de comedia física y violencia desmesurada, un enfoque que lo emparentaba tanto con los clásicos del Hollywood dorado como con el humor de los Looney Tunes.
Los diálogos ágiles y mordaces evocaban el estilo de Howard Hawks o George Cukor, mientras que las escenas de destrucción doméstica remitían a momentos icónicos como los palos de golf de Cary Grant en Historias de Filadelfia (1940). No obstante, la película no escatimaba en brutalidad, llegando a extremos que desafiaban los límites de la comedia.
La moraleja de la historia resulta contundente: “En esto no hay victoria. Solo se trata de grados de derrota”, advierte el abogado interpretado por DeVito a Douglas.
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El éxito de La guerra de los Rose en 1989 superó todas las expectativas, recaudando más de 160 millones de dólares en todo el mundo, una cifra superior a la de las anteriores colaboraciones de la pareja protagonista.
La química entre Kathleen Turner y Michael Douglas
La química entre Douglas y Turner, ya consolidada en títulos como Tras el corazón verde (1984) y La joya del Nilo (1985), resultó fundamental para que el público aceptara la crudeza de la historia.
Michael Douglas se había convertido en el rostro de las inquietudes masculinas de la época, abordando temas como la infidelidad en Atracción fatal (1987) y el capitalismo desenfrenado en Wall Street (1987).
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Kathleen Turner, por su parte, había revolucionado el arquetipo de la ‘femme fatale’ en Fuego en el cuerpo (1981) y consolidado su reputación como actriz versátil y poderosa, aunque su carrera posterior se vio afectada por problemas de salud y rumores sobre su carácter.
El desenlace de la película original fue objeto de controversia. Los productores intentaron modificar el final para suavizar su impacto, pero el equipo creativo se negó rotundamente. “Los ejecutivos de Fox llegaron al final del rodaje y dijeron: ‘Kathleen y Michael, no podéis morir’”, relató Turner.
“Querían que rodásemos un final en el que la lámpara de araña cae, nuestros personajes están en el suelo y luego nos suben a dos ambulancias que se alejan en distintas direcciones, para dejar abierta la posibilidad de que nuestros personajes estuvieran vivos. El estudio se enfrentó a Michael, a Danny y a mí. Les dijimos que no rodaríamos el final que querían”.
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DeVito también reconoció que se barajó la opción de un desenlace alternativo, pero concluyó: “Decidimos que era la única, única, única manera de terminar la película”.

El fenómeno de La guerra de los Rose se inscribe en una larga tradición de relatos sobre crisis matrimoniales, desde Secretos de un matrimonio (1973) de Bergman hasta Historia de un matrimonio (2021).
Sin embargo, la obra de Adler destaca por su enfoque despiadado y su crítica al materialismo, reflejando el auge de los divorcios en Estados Unidos a finales de los setenta. “Transmitió con éxito lo que tenía que decir sobre cómo la avaricia, el materialismo y el egoísmo pueden socavar la integridad individual, destruir el sentido común y fomentar emociones turbulentas que conducen a la violencia”, valoró el propio Adler sobre la adaptación cinematográfica.
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El estreno de The Rose este verano plantea la incógnita de si la nueva versión logrará replicar el impacto de su predecesora. Mientras la original se atrevió a desafiar las convenciones incluso en plena campaña navideña, la apuesta actual parece buscar un riesgo menor al programar su lanzamiento en una época menos sensible. Resta por ver si, en esta ocasión, la lámpara de araña volverá a caer o si el desenlace tomará un rumbo diferente.
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