
No siempre hace falta enfrentarse contra el mayor imperio para perder una guerra. A veces una noche más complicada de lo habitual, una señal malinterpretada o una estrategia pobre son motivos suficientes. Eso fue lo que ocurrió, según recogen antiguas crónicas consultadas por National Geographic, en una batalla del siglo IX, entre el Imperio Bizantino y el Califato Abasí, cuando un ejército vencedor terminó aniquilándose a sí mismo en uno de los episodios más desconcertantes de la historia militar medieval.
El episodio, cuya ubicación exacta no ha sido registrada exactamente, habría tenido lugar en la región de Capadocia, escenario habitual de las guerras fronterizas entre bizantinos y árabes. En aquel momento gobernaba el emperador Constantino VII y, según los textos, los bizantinos habían conseguido rechazar con éxito a las tropas del Califato Abasí tras una dura batalla. Sin embargo, al caer la noche, los soldados imperiales instalaron su campamento en el mismo campo de combate. Exhaustos y aún tensos tras horas de lucha, se disponían a descansar en una región de relieve escarpado y escasa visibilidad. Pero lo que debía ser una noche de tregua tras una victoria, acabó derivando en caos absoluto.
El pánico como enemigo invisible

El inicio de la tragedia fueron unas extrañas luces que comenzaron a brillar a lo lejos, entre la niebla. Algunos soldados pensaron que se trataba de linternas enemigas, interpretándolas como una señal de que las tropas árabes estaban contraatacando por la retaguardia. En realidad, se trataba de fuegos fatuos, un fenómeno natural producido por la descomposición de materia orgánica. En este caso, los cuerpos en descomposición del campo de batalla generaron emisiones de gases inflamables capaces de generar pequeñas llamas espontáneas.
En la Edad Media, sin embargo, estos destellos eran atribuidos a almas errantes o presencias malignas. Conocidos como “luces de muerto”, estos fuegos fatuos provocaron una creciente paranoia entre los soldados, ya sugestionados por el cansancio, la superstición y la falta de visibilidad. Fue entonces cuando varios oficiales, malinterpretando el fenómeno, creyeron estar siendo flanqueados y ordenaron una retirada precipitada. El movimiento sembró el caos: en medio de la oscuridad, sin saber quién era amigo o enemigo, las tropas comenzaron a huir desordenadamente y a atacarse entre sí.
De este modo, la confusión degeneró en una masacre. Algunas unidades, presas del pánico, se precipitaron por acantilados para evitar una supuesta captura. Otras fueron pisoteadas por caballos desbocados. Hubo tiendas derribadas, gritos, y una violencia descontrolada que convirtió el campamento en un campo de muerte. A la mañana siguiente, cuando el sol volvió a iluminar el terreno, la realidad se impuso: el enemigo no había regresado. Los árabes habían sido efectivamente rechazados. Pero el ejército bizantino tampoco había salido indemne, porque gran parte de la infantería y de la caballería ligera había muerto en el caos nocturno.
Entre el hecho histórico y la leyenda
El suceso fue recogido en una crónica atribuida a la época de Constantino VII. Sin embargo, el texto no menciona ni la ubicación exacta ni el nombre de la batalla, algo inusual en los documentos militares bizantinos. Esto ha llevado a algunos historiadores a poner en duda la veracidad del relato. Una posibilidad es que el cronista redactara el texto a posteriori, basándose en testimonios indirectos y sin acceso a detalles precisos. Otra hipótesis, menos probable, pero no descartada, es que se trate de una historia legendaria con fines didácticos, una advertencia sobre los peligros del pánico y la superstición en el campo de batalla.
Y es que, relatos de este tipo no eran infrecuentes en la historiografía medieval, donde la frontera entre la crónica factual y la fábula moral era difusa. En cualquier caso, el episodio ha perdurado como una de las más curiosas ilustraciones de cómo, en determinadas circunstancias, un ejército puede ser su peor enemigo.
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