
“La más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”, escribió Cervantes sobre Lepanto, la batalla naval que frenó el avance del Imperio otomano sobre Europa. El autor de El Quijote era una voz autorizada para hablar del conflicto, ya que no solo participó en el mismo, sino que, aquel 7 de octubre de 1571, perdió la movilidad de su mano izquierda, herida que hizo que desde entonces se lo conociera como “el manco de Lepanto”. Sin embargo, no fue el creador del ingenioso hidalgo el gran protagonista de esta batalla: ese papel recayó sobre Juan de Austria, el hijo bastardo de Carlos I, quien lideró a la Liga Santa a una victoria que aún hoy resuena en la historia.
“Tenía solo 24 años cuando se da la batalla, pero ya tenía experiencia militar porque había sido el general de las tropas de la Corona en la Guerra de las Alpujarras (1568-1571)”, explica a Infobae España el coronel Santiago Acosta Ortega, director de Estudios e Investigación del Instituto de Historia y Cultura Naval. Su éxito en aplacar la rebelión de los moriscos en Granada fue razón suficiente para que su hermano, el rey Felipe II, lo pusiera al frente de la coalición católica convocada por el Papa Pío V para hacer frente a la amenaza turca, que se expandía rápidamente por todo el mar Mediterráneo.
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La llamada Liga Santa, que según Acosta era “una especie de OTAN del siglo XVI”, estaba conformada por el Imperio español, las Repúblicas de Venecia y Génova, los Ducados de Toscana y Saboya y los Estados Pontificios. Para Acosta, el hecho de que Felipe II pusiera a su hermano a liderar la coalición era una forma de demostrar que, pese haber sido convocada por el Papa, quien verdaderamente mandaba en la alianza era el monarca español. No por nada fue España, la gran potencia de ese siglo, la que más aportó para la conformación de la Liga Santa. “En la firma el tratado se estableció que España se hacía cargo de 3/6 de la aportación general, Venecia 2/6 y el papado uno”, detalla el coronel.
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La flota cristiana que combatió a los otomanos en el golfo de Patras, en lo que hoy es Grecia, estaba compuesta principalmente por 207 galeras: 109 aportadas por Venecia, 77 por España y 12 por la Santa Sede, mientras que Saboya, Génova y la Orden de Malta cedieron tres cada una. “Las galeras venecianas, a pesar de que eran muy numerosas, estaban en muy malas condiciones porque habían tenido dos problemas grandes: una explosión tremenda en el arsenal de Venecia en la que se pierde muchísimo material y una epidemia de tifus que había diezmado el número de soldados y marineros. De hecho, hubo que rellenarlas con soldados que aportaba el Reino de España”, apunta Acosta.
“Es hora de combatir”
Al rey español la jugada le salió perfecta, dado que el hijo ilegítimo de su padre demostró ser un gran estratega también sobre la mar. Fue el propio Juan de Austria quien en Mesina —el puerto siciliano donde se reunieron todas las embarcaciones de la Liga Santa— instó a los aliados, en contra de la opinión de la mayoría de sus generales, a ir en busca de la flota otomana que se encontraba “invernando” en Lepanto, la actual ciudad griega de Naupacto. “Ya no es hora de consejos, es hora de combatir”, aseguran que dijo.
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No obstante, antes de emprender la batalla, Don Juan tuvo que resolver la enemistad que existía entre Venecia y Génova. “Los genoveses y los venecianos estaban enfrentados entre sí y, de hecho, estuvieron a punto de entrar en combate entre ellos un par de días antes de la batalla”. Don Juan decidió disolver las naciones y mezclar las flotas de los diferentes Estados italianos para que no fueran grupos independientes”, explica el coronel Acosta.
Ya en combate, una de las estrategias ideadas por el español fue decisiva para derrotar a las tropas del almirante otomano Alí Pasha. Las galeras cristianas estaban equipadas con cañones en la proa, pero ante el temor de los artilleros de dañar los espolones (una especie de ariete bajo la línea de flotación), los disparos no eran tan efectivos como podía esperarse. “Don Juan dio la orden de cerrar los espolones para que los cañones pudieran tirar con tiro rasante y hacer mucho más daño al enemigo”, afirma Acosta.
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El hijo ilegítimo del emperador Carlos I también hizo uso de la ventaja de que sus galeras contaban con cinco cañones, dos más que las embarcaciones turcas. “Dio instrucciones de que se emplearan primero solo tres cañones y los turcos, agachados durante los disparos, se levantaban para continuar atacando, creyendo que el enemigo debía recargar. Entonces les largaban una segunda andanada con los dos cañones restantes”, explica el experto del Instituto de Historia y Cultura Naval.
“La victoria en Lepanto fue incontestable”, asegura Acosta. La batalla se saldó con 40.000 otomanos muertos —entre ellos Alí Pasha, cuya cabeza terminó en una pica—, 8.000 prisioneros y más de 200 galeras del enemigo destruidas o capturadas. El éxito de Juan de Austria en Lepanto detuvo el avance del Islam en el Mediterráneo y puso al Imperio otomano a la defensiva durante las décadas siguientes. “Si los turcos hubiesen ganado, todo el sur de Europa se hubiese visto amenazado”, sostiene Acosta. “Sabe Dios lo que hubiera pasado”.
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