
El apagón de este lunes ha dado lugar a numerosos debates sobre qué ha ocurrido y cómo ha sido posible. Una discusión que, liderada por los partidos políticos, ha dado espacio a la reaparición del debate de la energía nuclear en España, una fuente de electricidad cada vez menos usada -debido al reto a largo plazo que supone gestionar los residuos que esta deja y al auge de las energías renovables- que con el apagón ha vuelto a ponerse en boga.
De hecho, a raíz de esto, varias personas han aprovechado el apagón para recordar que fue durante el franquismo cuando la energía nuclear se convirtió en la gran apuesta para abastecer al país de electricidad. Al fin y al cabo, en 1948 el dictador inauguró la Junta de Investigaciones Atómicas, en 1951 la Junta de Energía Nuclear y en 1968 la primera central española, en Almonacid de Zorita (Guadalajara), con la intención de que España se convirtiera en una potencia energética o, al menos, no necesitara depender de otros países.
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Al margen del debate establecido ahora con el apagón, lo cierto es que a Franco la obsesión por hacer de España un país energéticamente autosuficiente también le jugó malas pasadas. Entre ellas, una que la periodista Natalia Junquera ha recordado en El País para responder a todos los que creen que con el caudillo esta situación no se hubiera vivido: una estafa por la que el caudillo creyó estar en poder de una “gasolina milagrosa” que, en realidad, era completamente falsa.
La fikelina, el combustible fósil del futuro
Su nombre era Albert Edward Wladimir Fülek Edler von Wittinghause, aunque lo más común es que se le llamara simplemente Filek. Pese a que este austriaco nacido en 1889 llegó a Madrid en 1931 y que entabló relación con Franco en 1942, no fue hasta finales del siglo XX cuando su nombre y su papel en el mayor engaño que el dictador sufrió en vida aparecieron en la biografía del generalísimo escrita por Paul Preston.
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Fikel, que había combatido en la Primera Guerra Mundial y había asistido a la desintegración del imperio austrohúngaro, llegó a la capital de España y trató de convencer al Gobierno de la Segunda República de que había inventado la fikelina, un nuevo combustible tan potente como la gasolina, pero mucho más barato. Sus ingredientes eran: agua del Jarama, zumo de plantas y un ingrediente secreto que nadie más conocía. Los republicanos, sin embargo, no solo desconfiaron de él, sino que además le encarcelaron.
Sin embargo, esto último fue lo que a Franco, tras la Guerra Civil, le hizo pensar que tal vez Fikel decía la verdad y era capaz de transformar España en la principal potencia petrolífera del mundo. Aprobó varios decretos -entre ellos la primera ley de protección de la industria nacional- necesarios para declarar el interés de la empresa de Filek y así poder expropiar hasta 200 hectáreas de terrenos -casi dos veces el parque de El Retiro- de cara a que el austríaco pudiera construir su fábrica. Por si fuera poco, las obras para crear la instalación fueron declaradas urgentes.
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Un coche en marcha... ¿con “mi” gasolina?
La prueba definitiva para Franco de que Filek contaba con la receta para esa gasolina milagrosa no fue otra que su propio automóvil. Su propio coche, al fin y al cabo, funcionaba a la perfección con fikelina... o eso es lo que le decía su propio chófer, que resultó que había sido sobornado por el estafador austríaco. Así, mientras duró el engaño, el dictador mandó también construir varios tanques subterráneos que permitieran almacenar el combustible, tal y como explica Natalia Junquera.
Franco, con estas ayudas, habría convertido a Filek en millonario mientras en España al menos 200.000 personas morían de hambre o por enfermedades derivadas por la malnutrición. “Por sorprendente que parezca, todo eso había ocurrido sin que el carburante hubiera sido sometido a ningún examen o análisis químico”, escribe Ignacio Martínez de Pisón en su libro Filek. El estafador que engañó a Franco (Seix Barral), una obra con la que la estafa ya se convirtió, en 2018, en algo de dominio público. “El propio Franco desdeñaba la opinión de los científicos”.
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De hecho, según recoge este escritor del testimonio del aviador Juan Antonio Ansaldo (militar del bando sublevado que, sin embargo, se encontraba trabajando de embajador), Franco habría dicho las siguientes palabras: “Todos los ingenieros y servicios técnicos que he consultado me han informado en contra del proyecto; pero yo me fío más de mi chófer y este me ha asegurado que en el último viaje hemos logrado una media de noventa kilómetros por hora empleando únicamente mi gasolina".

Todo se descubre
Un artículo en la prensa levantó las alarmas, se realizaron diferentes estudios que propiciaron que se enviara una comisión a la fábrica de Filek. “El ensayo de destilación no dio resultados positivos, debido según dicho señor a deficiencias de la instalación que pensaba subsanar”, escriben los expertos en el informe. Se le dio una segunda oportunidad en un laboratorio oficial. “El procedimiento llevado a la práctica ante nosotros por el Sr. Filek carece a nuestro juicio de fundamento científico, y este criterio se corrobora con los resultados obtenidos”.
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En 1941, Filek ya se encontraba en una prisión de Barcelona. Lo curioso, sin embargo, es que en las fichas policiales no se indicó el delito por el que se le acusaba, algo que habría decidido el propio Ministerio de la Gobernación, responsable de que le detuvieran, aunque volvería a ser liberado medio año después y vuelto a encarcelar por nuevos delitos, para finalmente ser deportado a Alemania y fallecer, en la cárcel, en 1952.
El asunto se silenció, pero a pesar de todo, Franco no dejó atrás su obsesión. Prueba de ello es que, casi 30 años después, encargó un análisis técnico y científico para que analizaran un motor de agua que se acababa de patentar y, para muchos, era un fraude. Así lo confirmaron los ingenieros del estudio, a lo que se supone que el dictador respondió: “Ya se ha hecho bastante el ridículo”. En efecto, parece que todo se trató de un nuevo engaño, y España, una vez más, se quedó sin ser la potencia energética soñada por el caudillo.
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