El mayordomo prioste, figura discreta que mueve los hilos en la trastienda de Semana Santa

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Almudena Álvarez

Palencia, 28 mar (EFE).- Mucho antes de que la Semana Santa avance solemne por las calles de Palencia, la actividad dentro de cada cofradía es frenética. Puertas adentro, entre andas desmontadas, terciopelos que se cepillan con mimo y voces que se cruzan para organizar todo lo que el público nunca llega a ver, hay una figura fundamental para que el engranaje funcione, la del mayordomo prioste.

En esa trastienda trabaja Jorge García Gutiérrez, mayordomo prioste de la Cofradía del Santo Sepulcro, una figura discreta, pero fundamental, que mueve los hilos para que todo salga como está previsto, incluidos los imprevistos, en todos y cada uno de los actos que organiza esta hermandad con siglos a sus espaldas (1407) y 800 hermanos.

Es joven, tiene 35 años y entró en la cofradía con 12, por pura vocación, empujado por una intuición difícil de explicar incluso ahora. “Me llamaba”, asegura en una entrevista a EFE.

Desde entonces, dice que encontró otra familia. Una familia que no siempre desfila, pero que cose plásticos por si llueve o se queda hasta la madrugada desmontando pasos. “Aquí todo el mundo suma”, explica, mientras da indicaciones con una calma que no oculta la tensión de los días previos.

Relata que su labor empezó a tomar forma hace cinco años, tras un relevo natural. Pero antes aprendió mirando, absorbiendo cada consejo de quienes llevaban décadas montando los pasos, de Carlos y Germán.

Ahora le toca a él decidir cuándo y cómo se monta cada paso: la Borriquilla, la Dolorosa, el Santo Sepulcro, el Descendimiento o el Cristo del Desenclavo. Y coordinar equipos, cuidar las tallas y diseñar los altares de culto.

Pero no le gusta hablar en primera persona, piensa en equipo e insiste en aclarar que no manda, que solo lidera.

“Esto no es una empresa, es una familia”, repite, mientras contesta a la pregunta que le hace Estela sobre dónde hay que colocar el musgo en el paso de la Borriquilla que sale este Domingo de Ramos, convencido de que el secreto está en saber encajar a cada uno en su sitio, desde quien puede subirse a un andamio hasta quien aporta desde un segundo plano.

El trabajo fuerte empieza semanas antes. Limpiar la plata, preparar la cera, ajustar las luces, colocar las flores y encajar con paciencia y previsión las piezas de un puzle que cambia cada año. “Es un sudoku muy complejo”, admite.

Cada paso ocupa un espacio, cada movimiento condiciona el siguiente, y todo debe estar listo para que la procesión fluya. Mientras tanto, la capilla se convierte en un ir y venir constante de gente, herramientas y decisiones, muchas repensadas y otras tomadas casi sobre la marcha.

Cambia un recorrido, se incorpora una imagen, se modifica un horario, y todo el engranaje se reajusta.

Este sábado se monta la Borriquilla pero ya se colocan también las andas de la Virgen o el paso del Cristo del Perdón. Los bancos de la capilla se desplazan, las carrozas se reordenan, los espacios se negocian. Cada movimiento tiene consecuencias. “Es muy fácil darse un tiro al pie si no hay coordinación”, admite.

A su lado, Iván Pascual, mayordomo viceprioste, actúa como ese contrapunto necesario en cualquier equipo. “Él tiene mucho nervio, va al hacer, yo soy más de explicar antes lo que vamos a hacer”, dice Jorge. Se complementan. Entre ambos sostienen un grupo estable de diez o doce personas que se amplía de forma espontánea. “Aquí no se excluye a nadie. El que entra, ayuda”, resume.

Esa implicación tiene un precio y supone un esfuerzo. Fines de semana enteros dedicados a la cofradía, días libres pedidos en el trabajo para poder estar presente cuando más se necesita.

Pero nadie lo vive como una renuncia. Jorge habla de hermandad, de cenas compartidas después del montaje, de la sensación de pertenencia. Tanto, que durante estos días no dejan de repetir en tono de broma que se ven más que a la familia.

Cuando se le pregunta qué es lo que más le llena, no menciona el resultado final ni la perfección del montaje. Habla de momentos. De ese hermano que se detiene ante una imagen y conecta con un recuerdo, de quien encuentra consuelo en la cercanía de una talla.

“Trabajo para que eso pase”, dice. Para que la emoción llegue, aunque nadie repare en el trabajo previo.

Porque al final, cuando el paso sale a la calle, todo parece natural, la imagen avanzando entre el público, el sonido del tararú, la llamada de los hermanos, el saludo de estandartes.

Pero detrás hay noches sin dormir, decisiones milimétricas y un trabajo invisible que lo sostiene todo.

En esa calma tensa que precede a la procesión, en esa pregunta aparentemente trivial sobre dónde colocar el musgo, en ese gesto de alguien que se queda a ayudar sin que nadie se lo pida. Ahí, empieza realmente, la Semana Santa. EFE

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