Vender contenido erótico en OnlyFans y arriesgarse a filtraciones por menos de 120 euros al mes: “No hay que demonizarlo, pero tampoco pintarlo como algo ideal”

Frente a las promesas millonarias de las plataformas, la realidad cotidiana de quienes venden contenido se mueve entre ingresos mínimos, regateos y miedo a que se haga público

El 79% de los consumidores registrados en OnlyFans son hombres. (Reuters/Dado Ruvic)
El 79% de los consumidores registrados en OnlyFans son hombres. (Reuters/Dado Ruvic)
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“¿Y si me abro un OnlyFans?”. La pregunta, recurrente e irónica, se repite casi como un mantra frente a la precariedad en charlas entre amigas o vídeos de redes sociales. Sin embargo, monetizar la propia intimidad dista de ser una vía rápida de escape. Aunque España se sitúa como el cuarto país europeo en volumen de gasto dentro de la plataforma (con 168,7 millones de euros anuales), la inmensa mayoría de las creadoras no ingresa lo suficiente para cubrir una factura de la luz.

En 2024, la industria de OnlyFans presumió de generar más de 6.600 millones de euros (7.220 millones de dólares) a nivel global. Mientras tanto, el informe La monetización de la intimidad, elaborado por la Fundación Child Heroes, muestra la otra cara de la moneda: el ingreso medio mensual de una creadora ronda entre los 100 y los 120 euros, apenas unos 1.250 euros al año (1.342 dólares).

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“Por un lado tenemos a las agencias y a los gurús, ese sector que te hace un discurso y una narrativa de puro marketing para idealizar esta industria y atraer principalmente a mujeres jóvenes”, advierte Nacho Ceinos Fernández, sociólogo e investigador principal del estudio. “Nos dicen que se gana mucho dinero, pero no es verdad: la media son 112 euros al mes, algo que hoy en día no da para absolutamente nada”.

Foto de archivo del logo de OnlyFans. (Reuters/Carlos Barria)
Foto de archivo del logo de OnlyFans. (Reuters/Carlos Barria)

El investigador recalca la brecha entre quienes facturan y la masa precarizada de la plataforma: “Aquellas creadoras que tienen la potestad y la capacidad de hablar en una entrevista y contar lo bien que les va son un sector muy privilegiado dentro de esta industria. Una gran mayoría es gente que es muy vulnerable, muy precaria, tiene muchos problemas y ni siquiera se puede exponer a hablar públicamente sobre lo bien que le va”.

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Esa realidad es la que vivió Clara (nombre ficticio), una joven de 29 años que, tras casi tres años vinculada a la venta de material íntimo —desde fotografía hasta vídeo—, empezó en OnlyFans para tener una fuente de ingresos mientras estudiaba: “Yo es que tampoco me lo curro mucho; lo máximo que he llegado a ganar al mes han sido 200 euros”.

Para Elena (nombre ficticio), de 30 años y con dos años y medio de trayectoria vendiendo contenido erótico enfocado en BDSM y fetiches como pies, su motivo de inicio tampoco fue el deseo de hacerse millonaria, sino la falta de alternativas: “Entré por las casi nulas oportunidades de trabajo, aun con carreras y experiencia. Tenía las expectativas bastante más altas; llegué incluso a pensar que sería un ingreso extra real”.

El embudo de las redes y la fuga a Telegram

La investigación demuestra que OnlyFans no opera de forma aislada, es solo la pasarela de pago de un ecosistema mucho más amplio. “Vimos que muchas plataformas ajenas a lo sexual acaban utilizándose para ello”, subraya Ceinos. “Hay redes de promoción, plataformas trampolín donde una usuaria sube contenido inocente y la empujan a cobrar por él, foros en Reddit para conectar con clientes o canales dedicados a traficar con material robado”. Desde Instagram o TikTok hasta apps de segunda mano como Wallapop o Vinted, cualquier escaparate sirve para captar.

Las mujeres comienzan a crear contenido erótico como una fuente de ingresos extra. (Europa Press)
Las mujeres comienzan a crear contenido erótico como una fuente de ingresos extra. (Europa Press)

En la práctica cotidiana, las comisiones de OnlyFans —que retienen un 20% de cada transacción— y sus limitaciones han hecho que las propias creadoras busquen vías alternativas. “Abrí un canal de Telegram, cobro por transferencia y me quedo con el 100% de lo que gano”, explica Clara, que utilizaba perfiles especializados en X (antes Twitter) para publicar reclamos y desviar a los interesados hacia la mensajería privada.

Elena corrobora la misma dinámica: “Utilizo también otras plataformas, y de hecho va mejor Telegram o el propio Instagram por ser más fácil captar clientes, usando fotos algo provocadoras, algún mensaje entre mis stories y promoción con compañeros. Pero hay menos seguridad y más posibilidades de estafa o incluso violencia”.

Poder, dominación y la erotización de la juventud

El análisis revela una asimetría de género en el modelo de negocio: el 84% de las personas que crean y exponen contenido son mujeres, mientras que el 79% de los consumidores registrados son hombres. Lejos de tratarse de un intercambio aséptico de fotografías, las peticiones que llegan a las bandejas de entrada destapan dinámicas de poder explícitas.

“La mayoría de las veces, diría que en el 99%, esos clientes son hombres que buscan o intentan sentirse por encima de ti, creyendo que es una especie de prostitución o control hacia ti”, relata Elena sobre su día a día. “Pero también hay muchos que buscan ser sometidos a unos niveles, a veces, incluso enfermizos”.

Un hombre visualizando contenido erótico en su ordenador. (Reuters/Carlos Barria)
Un hombre visualizando contenido erótico en su ordenador. (Reuters/Carlos Barria)

Para Ceinos, este patrón desactiva el chiste recurrente de “vender fotopies” y evidencia una relación de poder: “¿Por qué hombres piden a mujeres fotos de pies? Un hombre probablemente no le pida a otro hombre fotos de pies; se lo pide a una mujer porque cree que está en una situación de dominar y de poder sobre ella, de decidir sobre que alguien le mande fotos porque él está pagando por eso. Es tener control sobre su cuerpo”.

El negocio del cuerpo no se queda en el fetiche, encuentra su nicho más oscuro en la sexualización de la infancia. Según el informe, un 19% de los perfiles estudiados explota activamente la inexperiencia como gancho, recurriendo a descripciones que apelan a la pureza o la estética colegial. Como denuncia Ceinos: “Cumplir 18 años es solo una barrera legal, pero la demanda no busca necesariamente mujeres adultas; hay una industria entera sosteniendo una cultura basada en la sexualización de la adolescencia”.

El negocio de la desprotección y la huella digital

Mientras las aplicaciones de mensajería bloquean las capturas de mensajes temporales, OnlyFans permite a los suscriptores grabar la pantalla y hacer pantallazos. “La plataforma lo tolera porque las filtraciones generan un tráfico masivo que indirectamente la beneficia”, denuncia Ceinos, quien reclama exigir “responsabilidad civil y transparencia algorítmica” a estas compañías. “Hoy casi todas las páginas pornográficas tienen secciones enteras dedicadas a leaks de OnlyFans, mientras las creadoras quedan totalmente desprotegidas”.

Los protagonistas de 'Cochinas', Malena Alterio y Álvaro Mel, cuentan cómo la serie utiliza la pornografía como punto de partida para explorar la sexualidad femenina, el placer y los tabúes en un grupo de mujeres conservadoras.

Esa falta de barreras técnicas agrava la exposición de las creadoras. “Creo que es un problema”, señala Clara, quien admite que el posible impacto en su futuro laboral o familiar es una preocupación. Una desprotección que, en el caso de Elena, deriva en coacciones: “Hay riesgo y también mucho acoso, en especial de babosos que quieren contenido gratis, creen que están por encima de ti y tratan de abusar con amenazas y difusión de contenido no permitido. Ante la duda, bloqueo y denuncio”.

Frente a la polarización del debate público, que suele oscilar entre el juicio moral, la retórica del empoderamiento y el espejismo del dinero fácil, Clara resume el sentimiento de quien ha conocido el engranaje por dentro y optó por alejarse del negocio: “Pienso que en cualquier trabajo acabas vendiendo de cierta manera tu cuerpo. Pero creo que te deben enseñar tanto la parte buena como la parte mala. Simplemente no hay que demonizarlo, pero tampoco pintarlo como algo ideal”.

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