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El efecto desconocido de las olas de calor en la sangre: así impacta el calor extremo al cerebro

Un estudio detecta un aumento extraordinario de ingresos hospitalarios por ictus durante noches con temperaturas extremas

Un joven rellena su botella de agua en una fuente (Europa Press)
Un joven rellena su botella de agua en una fuente (Europa Press)
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La amenaza del cambio climático no limita su efecto al medioambiente, puesto que desde hace años se observa que se extiende a la salud humana. Ahora, un estudio internacional apunta que algunos fenómenos propios de la emergencia climática, como los incendios forestales, las tormentas de polvo o las olas de calor, pueden incrementar el riesgo de sufrir un ictus.

El equipo publicó los resultados de la investigación en la International Journal of Stroke tras revisar más de 200 estudios observacionales y revisiones científicas desarrolladas en Asia, Europa, América, África y Oceanía; algunos de ellos, con muestras de millones de personas. Fue entonces cuando hallaron un riesgo invisible: las olas de calor espesan la sangre, aumentando las probabilidades de padecer un accidente cerebrovascular.

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Según la revisión sistemática de la World Stroke Organization (WSO), los días de calor extremo inducen en el cuerpo procesos de deshidratación que reducen el volumen sanguíneo y hacen que la sangre se vuelva más espesa, ya que aumenta su viscosidad. “El calor causa deshidratación y hemoconcentración; juntos, estos factores alteran la estabilidad cerebrovascular y elevan el riesgo tanto de ictus isquémico como hemorrágico”, describen los expertos.

Este espesamiento sanguíneo, sumado a la pérdida de sales vitales, puede favorecer la formación de coágulos que aumentan la posibilidad de obstrucción arterial cerebral, una de las principales causas de ictus isquémico. Además, quienes sufren de enfermedades previas, como hipertensión, diabetes o problemas renales, son especialmente vulnerables a estos cambios hemodinámicos abruptos.

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El impacto del calor extremo en el cerebro

Si bien históricamente el frío ha sido el clima más asociado con el ictus, los efectos del calor extremo están aumentando con el tiempo y representan una proporción creciente de los casos. Un estudio realizado en China estimó que el 6,67 % de las muertes por ictus pueden atribuirse directamente a episodios de calor extremos. Del mismo modo, un análisis en Londres halló que los ingresos hospitalarios por ictus se dispararon un 70 % durante noches con temperaturas fuera de lo normal.

El grupo de personas más afectado durante las olas de calor fue el de adultos mayores y aquellos con enfermedades crónicas, resaltando la necesidad de especial atención y prevención en estos colectivos.

Cambios bruscos de temperatura, el otro factor de riesgo

Además del calor extremo, la variabilidad rápida de temperatura diaria y cambios en la humedad o presión barométrica también desestabilizan el flujo sanguíneo y la regulación vascular, generando riesgo tanto de formación de coágulos como de rotura de vasos sanguíneos cerebrales.

Particularmente, el estudio señala que “la variabilidad de temperatura, incluso más que los valores máximos, puede desencadenar episodios de ictus”, subraya la importancia de la adaptación del sistema sanitario y la educación pública ante el aumento de fenómenos meteorológicos extremos.

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Integrar la vigilancia climática en la práctica clínica

Ante este escenario, la WSO urge a los sistemas de salud a integrar la vigilancia climática en la práctica clínica: “Es crucial educar a los pacientes sobre los riesgos del calor, promover hidratación adecuada y garantizar el acceso a ambientes climatizados, especialmente en periodos de olas de calor”, recogen.. Recomendaciones reforzadas incluyen la implantación de sistemas de alerta temprana y adaptación de los planes de emergencia médica en hospitales y comunidades.

A nivel individual, los expertos aconsejan a las personas mayores o con enfermedades cardiovasculares que incrementen la ingesta de líquidos durante las olas de calor, eviten la exposición solar directa y aprendan a reconocer síntomas tempranos de deshidratación y debilidad neurológica.

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