
Para algunos, procrastinar es una necesidad casi fisiológica que, paradójicamente, ayuda a ser más productivos y reducir el estrés. Para otros, es un problema que distrae de las tareas más urgentes. Y para el doctor Itamar Shatz, investigador de la Universidad de Cambridge, es una pandemia: las distracciones digitales y la naturaleza del trabajo contemporáneo, afirma, están agravando un problema que ya destruye finanzas, salud y relaciones personales.
Su diagnóstico llega con un libro: Cómo superar la procrastinación: La ciencia de por qué posponemos las cosas y cómo (¡finalmente!) dejar de hacerlo, publicado por Tarcher (Penguin Random House). En él propone una clasificación de nueve tipos de procrastinadores: preocupado, pesimista, perfeccionista, soñador, errático, rebelde, buscador de emociones fuertes, hedonista y agotado.
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Dos de los perfiles reciben atención específica en su análisis. Por un lado, los procrastinadores rebeldes. Según el investigador, posponen el trabajo como acto de resistencia: sienten que no controlan su propia vida y usan la demora para afirmar autonomía y vengarse de figuras de autoridad que les generan resentimiento. El consejo de Shatz para ellos es que encuentren sus propias razones para actuar, se centren en sus propios estándares —no en los impuestos por otros— y modifiquen su entorno para reducir la presencia simbólica de esas figuras.
Los procrastinadores erráticos, en cambio, saltan constantemente entre focos de atención. Para ellos, la recomendación es añadir estructura: establecer metas específicas y detallar los pasos necesarios para alcanzarlas.
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Shatz, cuya investigación se apoya en cientos de estudios de psicología, economía conductual y neurociencia, documenta daños concretos que van mucho más allá de la productividad individual. La procrastinación afecta a organizaciones enteras y economías nacionales, pero su impacto más silencioso ocurre en la esfera personal. “Puede generar resentimiento en nuestros compañeros si tienen que compensar nuestra falta de trabajo”, señala, en palabras recogidas por Europa Press. “En casa, puede provocar discusiones familiares si no cumplimos con las tareas prometidas. Puede dificultar la creación de amistades y el encuentro romántico. Todo esto convierte la procrastinación en un problema muy aislante, que nos perjudica cuando más necesitamos a los demás”.
No es pereza ni mala gestión
La procrastinación no es pereza ni mala gestión del tiempo, sino un conflicto psicológico profundo. El mecanismo central, según Shatz, es el llamado principio hedónico: los seres humanos están programados para buscar placer y evitar dolor, lo que los lleva a esquivar tareas incómodas en favor de gratificaciones inmediatas. El problema es que la tarea postergada no desaparece: permanece activa en la mente, consume energía y genera estrés de fondo.
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“La procrastinación no es solo una cuestión de motivación o mala gestión del tiempo”, precisa Shatz. “Estas son ideas erróneas muy perjudiciales. La procrastinación gira en torno a la lucha interna entre los elementos útiles de nuestro impulso a actuar y los elementos perjudiciales de nuestro impulso a postergar”.
El entorno digital amplifica ese conflicto. “La procrastinación es un problema humano ancestral, pero el creciente bombardeo de distracciones digitales en nuestras vidas podría estar empeorándolo”, advierte el investigador. “Puede resultar difícil desvincularnos de las diversas aplicaciones, plataformas y juegos que ofrecen un torrente interminable de contenido optimizado sin escrúpulos para captar nuestra atención”.
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La dimensión laboral también tiene proyección futura. “Superar la procrastinación será aún más importante a medida que aumente el uso de la IA”, argumenta Shatz, “porque se espera que la productividad personal sea una de las habilidades que siga siendo esencial para la mayoría de los tipos de trabajo, incluido el despliegue de la IA”.
La conclusión del libro apunta a un objetivo más amplio que la mera eficiencia. “Combatir la procrastinación no consiste en exprimir al máximo cada minuto de productividad”, subraya Shatz. “Se trata de ayudarte a hacer lo que quieres, cuando quieres, sin culpa ni estrés. La clave está en que puedas elegir cómo empleas tu tiempo, en lugar de que la procrastinación te arrebate esa libertad”.
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*Con información de Europa Press
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