La ola de calor que ha arrasado Europa ha terminado con un récord en los registros climáticos, tanto absolutos como mensuales, en más de una docena de países; en los que más de la mitad han superado incluso los 40 °C. Junto a ella han llegado imágenes inéditas, como las que se han podido ver en Francia con bañistas en fuentes y ríos, o en Alemania, donde se ha derretido la vía de un tranvía. En esta última semana, la ONU ha registrado más de 1.300 muertes a lo largo del continente, pero, ¿qué ha provocado el alza de temperaturas?
Detrás de estas temperaturas extremas y prolongadas se esconde un fenómeno meteorológico conocido como ‘Bloqueo Omega’, un patrón atmosférico que, sumado a la intensificación del calentamiento global, está atrapando un calor peligroso sobre el continente. Normalmente, los frentes meteorológicos —que traen consigo precipitaciones y cambios de tiempo— se mueven de oeste a este, pero en ocasiones quedan estancados debido a un “bloqueo” atmosférico. Este se produce cuando una gran área de altas presiones se vuelve casi estacionaria y altera o distorsiona la progresión habitual de los sistemas de presión, como explica Met Office, la agencia estatal de Reino Unido.
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Dentro de estos patrones, se esconde el Bloqueo Omega, llamado así porque su disposición en los mapas meteorológicos se asemeja a la letra mayúscula griega omega (Ω). En este escenario meteorológico, un área central de altas presiones queda intercalada y atrapada entre dos zonas de bajas presiones situadas al este y al oeste, y ligeramente hacia el sur. Estos bloqueos se forman de manera frecuente en los bordes orientales del océano Atlántico y pueden generar flujos de viento del este sobre Europa.
Las consecuencias de este estancamiento son contundentes: debajo del área de altas presiones, el tiempo se mantiene seco y estable durante días o incluso semanas, formando lo que conocemos como olas de calor. La alta presión actúa como un muro que impide el paso de los frentes meteorológicos, obligándolos a bordear la zona y dejando el calor atrapado y persistente sobre el territorio afectado.
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El impacto de la ola de calor de junio y el estrés térmico
La persistencia de este patrón durante junio ha tenido un impacto devastador para la salud pública. En Europa se han registrado cientos de muertes derivadas del estrés térmico, que actualmente es la principal causa de mortalidad relacionada con el tiempo meteorológico. Este fenómeno se produce por la acumulación progresiva de calor corporal debido a la exposición a las altas temperaturas, lo que agrava afecciones cardiovasculares y respiratorias preexistentes y afecta de manera desproporcionada a personas vulnerables y trabajadores al aire libre.
Un reciente estudio exhaustivo del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio (ECMWF) advierte que este riesgo se ha disparado exponencialmente. Los datos revelan que en Europa el estrés térmico extremo se produce en la actualidad 2,5 veces más a menudo que en la década de 1970. En el sur del continente, los indicadores en los diez días más cálidos del año son hasta 4 °C (e incluso 5 °C en ciertas áreas) más altos en nuestro clima actual que hace cincuenta años.
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Los científicos del clima insisten en que, para comprender la letalidad de estos fenómenos, debemos mirar más allá de los termómetros tradicionales. Para ello utilizan el Índice Climático Térmico Universal (UTCI), que evalúa no solo la temperatura del aire, sino también el impacto fisiológico de la humedad, el viento y la radiación solar. Así, bajo un Bloqueo Omega, la falta de ventilación y la intensa radiación pueden hacer que el daño a la salud sea mucho mayor.

Otros factores que intervienen en el alza de temperaturas
Además del Bloqueo Omega, existen otros factores, tanto a nivel global como estrictamente local, que elevan drásticamente las temperaturas en las ciudades europeas. A escala global, la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos destaca que el aumento de las temperaturas globales está causado principalmente por el incremento de CO2 y otros gases de efecto invernadero (como el metano y el óxido nitroso) en la atmósfera. Este incremento es consecuencia directa de las actividades humanas, especialmente la extracción y quema de combustibles fósiles, la deforestación y los cambios en el uso del suelo.
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Esto se suma a otro fenómeno climático natural: El Niño. Como detalla la Organización Meteorológica Mundial, sus episodios ejercen, por lo general, un efecto de calentamiento mundial. Aunque el cambio climático no aumenta la frecuencia de los episodios de El Niño, sí amplifica sus efectos, dotando a eventos extremos como las olas de calor de mucha más energía debido al incremento previo de las temperaturas del aire y del océano. De hecho, la combinación de un intenso episodio de El Niño con el cambio climático de origen humano provocó que 2024 fuera el año más cálido del que se tiene constancia, según la institución.
Mientras, a nivel local, se pueden observar otros factores que afectan de forma diferente a las ciudades industrializadas. Hablamos concretamente del efecto conocido como “isla de calor urbana”, explicado por el informe de Conama (Congreso Nacional de Medio Ambiente), un concepto que determinaría que las zonas urbanas sean significativamente más cálidas que sus áreas rurales circundantes debido a características intrínsecas de las ciudades:
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- El uso masivo de materiales de construcción como el asfalto, que tienen una baja capacidad para reflejar la radiación solar (albedo), provoca una gran absorción térmica. Además, estos materiales urbanos tienen mayor inercia térmica que los entornos rurales, lo que hace que retengan el calor captado durante el día y lo liberen muy lentamente por la noche. Esto impide que la ciudad se enfríe durante la madrugada, volviendo el estudio de las temperaturas nocturnas vital para entender este riesgo.
- La escasez de áreas verdes, árboles y superficies permeables elimina el efecto de refrigeración natural que estos elementos proporcionan, siendo uno de los factores que influye de forma más alta en el sobrecalentamiento de la ciudad.
- Finalmente, la morfología física de la ciudad (la densidad de población, así como la altura, anchura y disposición de los edificios y calles) altera el flujo del viento y atrapa el aire caliente y la contaminación, impidiendo la ventilación urbana.
Así, aunque existan fenómenos naturales como el Bloqueo Omega o El Niño que producen las olas de calor, detrás se esconden otros factores que nacen del humano. Algo especialmente determinante para establecer medidas que puedan contrarrestar las consecuencias del cambio climático natural.
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