
Algunas de las conversaciones que más duelen no ocurren en voz alta, sino en la mente de una persona. Ese diálogo interno acompaña cada decisión cotidiana y, aunque muchas veces pasa desapercibido, puede convertirse en una herramienta de apoyo o en un espacio de castigo constante.
La manera en que las personas se hablan a sí mismas condiciona la forma en que interpretan lo que les sucede. Un fracaso laboral, una ruptura o una etapa complicada pueden percibirse como episodios pasajeros o como pruebas definitivas de incapacidad personal. En muchos casos, la dureza no llega desde fuera, sino desde la propia mente. La exigencia permanente, la culpa y la sensación de no estar nunca a la altura terminan moldeando la autoestima.
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La psicóloga Silvia Severino (@silviaseverinopsico en TikTok) advierte precisamente sobre ese mecanismo silencioso que puede deteriorar la percepción que una persona tiene de sí misma. Según explica, el problema no siempre radica en las circunstancias, sino en el relato que cada uno construye sobre ellas y en las palabras que utiliza para definirse.
“Mereces hablarte bien”
“La forma en que te hablas a ti está destruyendo tu autoestima”, afirma la especialista en uno de sus vídeos. Para Severino, el cerebro no actúa como un filtro racional capaz de separar automáticamente la realidad de las interpretaciones negativas que una persona repite de forma constante. “Tu mente se cree todo lo que dices, no filtra y tampoco cuestiona, no distingue si es verdad o no. Si tú le dices que no puedes, ella asume que no puede. Si tú le dices que todo te pasa a ti, ella lo confirma”.
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Ese discurso interno puede terminar consolidando pensamientos derrotistas que se convierten en hábito. Frases aparentemente inofensivas como “soy un desastre” o “nunca lo voy a lograr” acaban funcionando como etiquetas permanentes. La psicóloga insiste en que las palabras importan porque condicionan la manera en que una persona interpreta su propia identidad y sus posibilidades.
“El problema no es lo que te ocurre, es cómo te lo estás contando”, sostiene. A partir de ahí, propone sustituir algunas expresiones habituales por otras que rebajen el nivel de condena personal y permitan observar las situaciones desde una perspectiva menos absoluta.
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Así, en lugar de afirmar “soy un desastre”, Severino recomienda decir “estoy en un momento difícil”. El cambio, aunque parezca pequeño, desplaza la idea de un defecto permanente hacia una circunstancia temporal. Lo mismo ocurre con pensamientos relacionados con el fracaso: “No pienses ‘nunca lo voy a lograr’, mejor piensa ‘todavía no lo he logrado’”.
La especialista también señala la importancia de no convertir cada experiencia dolorosa en una definición personal. “No digas ‘me hizo daño’, mejor di ‘hizo daño’. Quítate a ti del centro del problema, no lo tomes todo personal”. Según explica, muchas personas interpretan cada conflicto como una prueba de insuficiencia propia, cuando en realidad existen factores externos que no dependen exclusivamente de ellas.
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Otro de los aspectos sobre los que pone el foco es el uso de términos absolutos como “siempre” o “nunca”, habituales en momentos de tristeza o frustración. “Cambia ‘siempre estoy solo’ por ‘ahora mismo me siento solo’. El ‘siempre’ es una trampa, el ‘ahora’ tiene salida”. Para la psicóloga, esas expresiones convierten emociones pasajeras en sentencias definitivas y refuerzan la sensación de que nada puede cambiar.
Lejos de defender un optimismo forzado, Severino insiste en que el objetivo no es negar el dolor ni fingir bienestar. “No te pido que finjas que todo está bien. Te pido que cuides cómo te hablas cuando nada lo está, porque esa voz que te habla dentro eres tú y mereces hablarte bien”.
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