¿Qué hacer ante el aumento de intentos de suicidio entre menores? “La sensación de no tener una salida lleva a ideaciones de acabar con el sufrimiento”

En 2025, 6.467 niños, niñas y adolescentes pensaron en acabar con su vida y 1.405 de ellos ya habían iniciado el intento autolítico

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Niños en el patio del centro escolar el primer día de clase tras la vacaciones de verano, a 10 de septiembre de 2024. (Álex Zea / Europa Press)
Niños en el patio del centro escolar el primer día de clase tras la vacaciones de verano, a 10 de septiembre de 2024. (Álex Zea / Europa Press)

En 2025, la Fundación ANAR recibió 18 llamadas al día de menores que tenían en mente la idea del suicidio. Entre ellos, cuatro habían iniciado el proceso, es decir, tenían el método, el procedimiento y la actitud para llevarlo a cabo. 6.467 niños, niñas y adolescentes que pensaron en acabar con su vida y 1.405 de ellos ya habían iniciado el intento autolítico. Las cifras pertenecen al Informe Anual Líneas de Ayuda ANAR 2025, que ha presentado este mes la fundación. Un año antes (el último con cifras) 78 adolescentes de entre 15 y 19 años se quitaron la vida. También lo hicieron 12 niños de entre 10 y 14 años. Son datos definitivos del Instituto Nacional de Estadística (INE) que muestran que la cifra se ha mantenido en la misma línea en los últimos años.

Para Montse Escobar, psicóloga humanista de Monarka Clinic y especialista en adolescentes y salud mental, estas cifras reflejan el colapso. “Esto nos tiene que poner a reflexionar porque no se trata de que haya un solo factor, son problemas simultáneos. Nunca es una llamada para contar solamente un problema”. La especialista advierte de que los menores se enfrentan a problemas de depresión, de ansiedad, de soledad y de violencia física y psicológica dentro y fuera de casa, muchas veces al mismo tiempo. La pobreza que sufren muchos menores en sus hogares tampoco ayuda.

“La sensación de no tener una salida lleva a ideaciones de quitarse de en medio y acabar con el sufrimiento”, alerta. Por eso, la sociedad tiene la misión de prevenir que lleguen a estos estadios. De hecho, Escobar cuenta que “al realizar la llamada al 024, muchos casos que están en pleno intento de suicidio, se logran frenar. Esto nos dice que los menores que llaman no quieren morir, quieren dejar de sufrir y, al haber una voz que escucha, la persona puede volver a conectar con la esperanza”.

No existe un perfil único de menor en situación de riesgo, pero sí patrones de aislamiento y desconexión emocional. “No tenemos que buscar al niño que está llorando por las esquinas. Normalmente, más bien es una conducta de aislamiento, de seriedad, estado de ánimo bajo, alguien que no comunica. Esa es una señal de alarma”.

Escobar insiste en no caer en el error de atribuir estos signos a actitudes vinculadas cultural y socialmente a la adolescencia. No son pataletas ni etapas. Son llamadas de atención y quieren que tras ellas haya una conversación. Por ello, recomienda que las familias fomenten la comunicación y den ejemplo compartiendo dificultades cotidianas. “Ellos no aprenden de lo que les dices, aprenden de lo que tú haces. Al mostrar tu vulnerabilidad, invitas a los niños a hacer lo mismo”.

“Las etiquetas no ayudan”

Los colegios e institutos también son espacios vitales en materia de prevención. La psicóloga reconoce que, ante la multitud de alumnos a la que se enfrentan los docentes, no es sencillo identificar que alguno pueda tener problemas, pero sí se puede cambiar la mirada, como por ejemplo en el caso de los menores con necesidades especiales: “Hay muchas veces que las etiquetas no ayudan”, apunta. Por ejemplo, si algún alumno tiene un diagnóstico de autismo, parece que sea normal que tenga ciertas actitudes de aislamiento, pero no se deben normalizar. “Yo pienso que la observación es importante, sobre todo, aunque no haya una respuesta inmediata, el contacto humano, aunque el niño no diga nada, es un pilar”.

Ahora bien, también considera que es necesario hacer un ejercicio de reeducación en resiliencia. “La capacidad de frustración no es la misma ahora que la que teníamos hace unos años. Y, si tiramos atrás a la edad de nuestros padres o abuelos, eran mucho más resilientes a los reveses de la vida. Estamos dentro de una sociedad en la que hay una recompensa automática. Nos hemos acostumbrado al aumento de dopamina relacionado con el uso del móvil y al placer inmediato, cuando esto no es así”.

La lección es para los hijos, pero los padres también las necesitan. La psicóloga explica que en muchas ocasiones se encuentra con padres que quieren que sus hijos vayan a terapia, pero ellos, que también la necesitarían, eligen no hacerlo, cuando les ayudaría a educar y acompañar mejor a sus hijos.