
En los últimos años, el término de antisocial se ha extendido tanto en el vocabulario coloquial que se suele usar para personas a las que no les gustan los grupos grandes, que priorizan su tiempo a solas o a las que se les ha agotado ‘la pila social’. No obstante, “hay que tener cuidado porque realmente cuando tú llamas antisocial a una persona que realmente lo que tiene es un trastorno de ansiedad social o es asocial, realmente estás trivializando un trastorno de personalidad que es bastante grave”, advierte Álvaro Moleón Ruiz, médico psiquiatra especialista en psiquiatría clínica y forense y que ha colaborado con dos centros penitenciarios de Sevilla.
Como explica, “los tres términos son eminentemente distintos y muchas veces tienden a la confusión”. Por este motivo, en una conversación con Infobae, Moleón ha hecho una diferenciación entre ser asocial, tener ansiedad social y padecer un trastorno antisocial de personalidad. Lo primero que destaca es que, además de ser tres perfiles distintos, “los dos últimos son patológicos que precisan ayuda” clínica. Seguidamente, ha subrayado que “el principal mito sobre estos términos es que la gente erróneamente dice que ser antisocial es ser muy tímido. Y sin embargo, están equivocándose. Se debería decir ser asocial”. Pero estas personas tampoco son necesariamente retraídas, ya que esto suele estar más relacionado “con las personalidades evitativas”, puntualiza.
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En cambio, las personalidades asociales “muchas veces son más personas esquizoides, que no desean estar con gente, que están tranquilas y felices estando solos”. Lo mismo que “pensar que todos los antisociales van a ser personas que son agresivas o que son delincuentes”, añade Moleón. Al final, la realidad muestra que “hay muchas personas que son antisociales y que son grandes políticos o grandes dueños de empresas”. Y no hay que confundir la “baja empatía” o la “frialdad” con la “heterogresividad”. Entonces ¿qué señales nos indican sus diferencias?
¿Asocial o antisocial?
Para comprender cuándo una persona es asocial o cuándo antisocial, hay que tener en cuenta que las primeras actúan con “una preferencia personal que no le crea malestar, sino al revés”. Así, “no necesitan realmente producir un cambio en su vida y no les influye mucho en su día a día, en su funcionalidad”, explica el médico psiquiatra. Además, este perfil suele tener “aficiones solitarias, como la lectura o como escuchar música o como la escritura, sin tener que tener actos de socialización, porque realmente no lo disfruta demasiado”, como indica Álvaro Moleón.
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En cuanto a la relación social, las personas asociales normalemnte “tienen un círculo de amistades o de familia pequeño”, pero con “vínculos fuertes”. Tampoco tienen “mucho interés en ampliar sus redes sociales”. Por su parte, aquellos con un trastorno de ansiedad social o una fobia social ven cómo este rasgo “limita su vida” en todos los aspectos. En consecuencia, como señala Álvaro Moleón, “muchas veces dejan de hacer cosas o dejan de avanzar a nivel laboral por este problema” por lo que es problame que necesiten ayuda médica.

El psiquiatra señala que realmente sufren “una importante angustia y ansiedad cuando se van a enfrentar a un acto social, como por ejemplo puede ser: hablar o comer en público, una reunión de una comida de empresa o una comida de familia”. Pese a ser actos comunes para alguien que no padece esta fobia, ellos “intentan evitar esas situaciones”. Y es que, como puntúa Álvaro Moleón, “pueden tener palpitaciones, falta de aire, temblores, taquicardia” e incluso en algunos casos pueden requerir medicación como una “benzodiacepina de acción rápida”, “alprazolam” o “propranolol, para bajar un poco la frecuencia cardíaca”.
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Debido a esto, en el momento de conocer a nuevas personas, tienen dificultades para abrirse. “Pero cuando lo consiguen, suelen crear muchos vínculos y suelen ser personas que se encuentran cómodas una vez que ya han roto el hielo”, subraya el experto.
Cómo se relacionan las personas con un trastorno antisocial de la personalidad
Una vez diferenciados estos dos primeros términos, se puede comprender una de las alteraciones que recoge el DSM-5 y que pertenece al grupo B de la clasificación de trastornos de personalidad: el antisocial. Estas personas destacan por ser “muy manipuladoras, con muy poca empatía, frías, personas impulsivas, personas que tienden a ser heteroagresivas”, según nos explica Álvaro Moleón. En pocas palabras, son “agresivas hacia los demás y tienden a delinquir”, lo que las posiciona como “un perfil muy típico de las prisiones”. Algo que ha podido comprobar el experto durante los años que ha trabajado con centros penitenciarios de Sevilla.
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El médico psiquiatra comenta que este cuadro psicológico se detecta “a partir de los 18, ya que antes consideramos que se sigue conformando la personalidad de una persona“. Aun así, hay casos que se pueden detectar en la adolescencia o incluso en la niñez. Como ejemplo, “tanto la piromanía como otras conductas destructivas y el maltrato animal" son algunos de los antecedentes que se observan en las consultas y en la evaluación del paciente. A pesar de estos datos, Moléon insiste en que son perfiles difíciles de tratar y diagnosticar. El motivo: “No creen que tengan ningún problema y suelen acabar, cuando son menores, en centros de internamiento de menores o centros reformatorios, y cuando son adultos en prisiones”, subraya.
Finalmente, hay que tener en cuenta que tras su primer contacto pueden aparentar ser personas agradables o simpáticas. No obstante, Álvaro Moleón advierte que lo más probable es que tengan un “interés secundario”. Por ello, “sus relaciones duran poco y suelen ser relaciones turbulentas también a nivel amoroso; precisamente por esa forma que tienen tan anómala que les impide tener una relación sana con los demás”, añade.
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Este trastorno puede vincularse con otros como trastornos adictivos o de personalidad. Por lo que el médico psiquiatra insiste en que “hay que tener cuidado con la trivialización”. Y es que el ser asocial, tener ansiedad social o padecer este trastorno no se tratan “con una misma vara de medir”, concluye Álvaro Moleón.
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