
“Un trastorno de la personalidad es un patrón permanente de experiencia interna y de comportamiento que se aparta acusadamente de las expectativas de la cultura del sujeto”, resume la quinta edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), elaborado por la American Psychiatric Association (APA). Las personas que padecen cualquiera de ellos cumplen con un “fenómeno generalizado y poco flexible, estable en el tiempo”, como explican los expertos. Estos patrones suelen, además, manifestarse durante la adolescencia o los primeros años de la adultez.
En este sentido, la APA advierte que el diagnóstico en menores de 18 años debe basarse en la persistencia de los rasgos durante al menos un año, con la excepción del trastorno antisocial, que no puede diagnosticarse antes de esa edad. Aun así, los especialistas siempre deben tener en cuenta el contexto de cada paciente, para evitar confundir diferencias culturales o sociales con una patología. De esta manera, el criterio exige que los rasgos sean inflexibles, desadaptativos y provoquen deterioro funcional o malestar significativo. El patrón debe manifestarse en al menos dos áreas: cognición, afectividad, funcionamiento interpersonal o control de los impulsos. En ocasiones, los expertos también recaban información adicional de fuentes cercanas al paciente.
Dentro de este grupo de alteración mental, el DSM-5 divide los trastornos de la personalidad en tres clusters (grupo A, B y C). Las personas que pertenecen al grupo A suelen ser percibidas como raras o excéntricas, mientras que las del B se asocian con comportamientos dramáticos, emocionales o erráticos y las del C predominan por ser ansiosos y temerosos. Pese a la utilidad de esta división, en el manual se advierte que de momento hay limitaciones y se carece de validación consistente en todas las poblaciones. Según las últimas cifras, el 5,7 % de la población adulta presenta trastornos del grupo A, el 1,5 % del grupo B y el 6 % del grupo C. En total, el 9,1 % de la población cumpliría con los criterios de la American Psychiatric Association; aunque estos porcentajes pueden aumentar si se consideran trastornos concomitantes de diferentes grupos.

Grupo A: una personalidad paranoide, esquizoide o esquizotípica
Dentro del grupo A, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales explica que, además de compartir características de rareza y excentricidad, estas personas padecen un patrón de distanciamiento social y dificultades en las relaciones interpersonales. El primero de ellos es el paranoide, un trastorno caracterizado por la desconfianza y suspicacia intensas hacia los demás. De este modo, las personas con este diagnóstico interpretan las acciones de terceros como maliciosas, aunque no existan pruebas objetivas.
Esto hace que se originen dudas sobre la lealtad de amistades, se interpreten comentarios inocentes como ofensivos e, incluso, se guarden rencores y reaccionen con rapidez ante supuestas amenazas a su reputación. Asimismo, estas personas suelen mostrar celos patológicos y buscan un control exhaustivo en sus relaciones. Normalmente, el patrón comienza en la adultez temprana, entre el 2,3 % y el 4,4 %, según diferentes encuestas nacionales de Estados Unidos.
En segundo lugar se encuentra el trastorno de la personalidad esquizoide, que cumple con un perfil dominante de desapego en las relaciones sociales y una gama limitada de expresión emocional. Las personas con este diagnóstico prefieren actividades solitarias, muestran poco interés en relaciones íntimas, por lo que carecen de amigos cercanos. Además, suelen quedar bastante indiferentes a la opinión, aprobación o crítica de los demás. De esta manera se les asocia con un carácter frío desde las primeras etapas de la adultez. La prevalencia de este trastorno se halla mayormente en hombres y entre el 3,1 % y el 4,9 % de la población.
Como último trastorno del grupo A, se presenta la personalidad esquizotípica, conocida por déficits sociales e interpersonales, malestar agudo en las relaciones cercanas, distorsiones cognitivas o perceptivas y comportamientos excéntricos. Estas personas pueden tener episodios en los que consideran que un hecho externo tiene un significado personal directo. Pero también manifiestan creencias extrañas, como “la clarividencia, la telepatía o un ‘sexto sentido’”, describe el manual. Debido a ello, también suelen carecer de amigos íntimos y experimentar ansiedad social persistente, motivada más por la suspicacia que por el miedo al juicio de los demás. La prevalencia en estos casos varía entre el 0,6% y el 4,6%.

Grupo B: una personalidad antisocial, límite, histriónica o narcisista
En cuanto al grupo B, el manual explica que en rasgos generales suele detectarse en personalidades con conductas dramáticas, emocionales o erráticas. Asimismo, esta clase se subdivide en cuatro tipos. La primera que menciona la APA sería el trastorno antisocial, propio en personas que incumplen “normas sociales respecto a los comportamientos legales, que se manifiesta por actuaciones repetidas que son motivo de detención”. También se incluyen rasgos de engaño, impulsividad, irritabilidad, irresponsabilidad y ausencia de remordimiento por las consecuencias de sus actos. Igualmente, el manual señala que personas con este diagnóstico suelen ser mentirosas, manipuladoras y pueden involucrarse en actividades ilegales. La prevalencia varía entre el 0,2 % y el 3,3 % en la población general, y es más frecuente en hombres.
Seguidamente se presenta el trastorno de la personalidad límite, definido por la inestabilidad de las relaciones interpersonales, la autoimagen y los afectos, junto con una marcada impulsividad. Estas características provocan esfuerzos intensos para evitar el abandono real o imaginado, muestran patrones de relaciones intensas e inestables y experimentan cambios bruscos de autoimagen y estado de ánimo. Debido a ello, presentan frecuentemente conductas autoinducidas, intentos de suicidio y sensación crónica de vacío. Se baraja que la prevalencia estimada en la sociedad alcanza el 1,6 %, pero puede llegar al 5,9 %. Además, la mayoría se detecta en mujeres y suele coexistir con otros trastornos, como depresivos, por consumo de sustancias y de la conducta alimentaria.
Por su parte, la personalidad histriónica se manifiesta mediante una emotividad excesiva y búsqueda constante de atención. Los pacientes con este diagnóstico se sienten incómodos cuando no son el centro de atención, pueden mostrar comportamientos seductores inapropiados, dramatizan sus emociones y son fácilmente influenciables por los demás. La prevalencia ronda el 1,8 %. Finalmente, los narcisistas son los últimos del grupo B. Su personalidad demuestra patrones de grandiosidad, necesidad de admiración y falta de empatía. De esta forma, se observa una sobreestimación de sus llogros así como actitudes arrogantes y explotadoras. Su prevalencia no está muy definida, pero los expertos señalan que es más común en hombres y varía entre el 0 % y el 6,2 % de la población.
Grupo C: una personalidad evitativa, dependiente u obsesivo-compulsiva
El último grupo tiene un carácter marcado por ansiedad, temor y conductas inhibidas. Dentro de esta clase se incluye el trastorno de la personalidad evitativa. Estas personas tienen una inhibición social persistente, sentimientos de incompetencia e hipersensibilidad a la evaluación negativa. Por este motivo, esquivan actividades laborales o sociales que impliquen contacto interpersonal significativo por miedo a la crítica o al rechazo. Así, solo mantienen relaciones si están seguros de ser aceptados y suelen retraerse en la intimidad por temor a la vergüenza.
Suelen verse socialmente ineptos, poco atractivos o inferiores a los demás, y muestran extrema cautela ante nuevas actividades por miedo al ridículo. Esta condición puede llevar a un aislamiento social importante, pese a que su mayor deseo sea el afecto y la aceptación. La prevalencia estimada ronda el 2,4 % de la población, y suele diagnosticarse junto con trastornos depresivos, de ansiedad y con el siguiente trastorno.
Como segundo caso se encuentran las personas dependientes, que tienen una necesidad persistente y excesiva de recibir cuidados, lo que genera conductas sumisas, apego excesivo y temor a la separación. Las personas con este diagnóstico tienen dificultades para tomar decisiones cotidianas sin consejo, delegan responsabilidades importantes en otros y tienen problemas para expresar su desacuerdo por miedo a perder apoyo. En consecuencia de los esfuerzos extremos a los que se someten para obtener la aceptación, son susceptibles de realizar tareas desagradables. En estos casos, la prevalencia se sitúa entre el 0,49 % y el 0,6 %, y el diagnóstico es más frecuente en mujeres, aunque algunos estudios señalan tasas similares en ambos sexos.
Por último, el trastorno de la personalidad obsesivo-compulsiva se presenta como una preocupación excesiva por el orden, el perfeccionismo y el control, a costa de la flexibilidad y la eficiencia. Por esto, las personas con este trastorno dedican una atención desproporcionada a los detalles, las normas y la organización, lo que puede impedir la finalización de tareas. Además, prefieren el trabajo y la productividad antes que el ocio y las relaciones sociales, son inflexibles respecto a la moralidad y la ética y tienen dificultades para delegar responsabilidades. La prevalencia estimada oscila entre el 2,1 % y el 7,9 % y se diagnostica con mayor frecuencia en hombres.
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