En el marco del 2° Encuentro para Docentes de la Comunidad Ticmas, Pepe Menéndez dio una conferencia magistral con el título “Construyendo escuelas que valgan la pena”. A lo largo de cuarenta minutos, el referente español presentó síntomas, oportunidades y desafíos de la educación actual, con una visión estratégica para comprender el liderazgo para el aprendizaje, entendido no solo como una responsabilidad de los directivos, sino especialmente de los equipos docentes, quienes deben conseguir que los estudiantes se involucren en su propio proceso educativo.
“Cada estudiante debe hacerse dueño de su proceso de aprendizaje y, con ello, liderar su proyecto de vida”, señaló. Menéndez destacó la importancia que el objetivo se consigue a través de la participación activa en el aula, ya que “sin dinámicas participativas, no tendremos personas adultas capaces de razonar, argumentar, respetar y contrastar”. También la describió como práctica cotidiana para el día a día. “La participación está ligada directamente con la apropiación del proceso de enseñanza y aprendizaje”, dijo, en un mensaje que une cultura educativa y propósito institucional.
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La base esencial para desarrollar el clima participativo son la confianza y el vínculo: “Sin pertenencia, no hay posibilidad de construir procesos de crecimiento integral”, dijo y continuó con las acciones de conducción pedagógica: “crear un clima amable donde los estudiantes se sienten tranquilos para poder aprender” pide acuerdos claros y seguimiento.
En cuanto a la injerencia de los equipos directivos, marcó una cuestión que incide en el clima escolar también en los ambientes informales: “Son los responsables de lo que se habla en los pasillos de una escuela”, dijo, y reforzó la idea con una imagen de gestión: “el poder siempre es como el gas, siempre lo ocupa”. De ahí la necesidad de “establecer claramente elementos de participación, de diálogo, de escucha y de objetivos” en los espacios formales.
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Una escuela con propósito, una educación con sentido
La escuela, dijo Menéndez, no debe olvidarse del compromiso humanizador: “Una escuela no es más humana porque haya humanos, sino porque la orientación que le damos humaniza nuestros propósitos”, dijo, y pidió mirar el trayecto formativo como una secuencia que va de la significación a la toma de decisiones: “Deseamos que los alumnos hayan convertido la sabiduría en opción y la opción en comportamientos concretos”.
Ese encuadre se traduce en dos preguntas que ordenan prioridades: hacia dónde voy y para qué. No se trata, entonces, de revisar “la enciclopedia del currículum”, sino de una reflexión que cada centro y cada equipo docente debe trabajar para alinear fines y prácticas.
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El vínculo entre propósito y aprendizaje abarca también la dimensión emocional. “Un cerebro en un estado emocional positivo es más capaz de aprender”, dijo, y, por lo tanto, se hace necesario considerar el clima del grupo como parte del diseño de la clase. “Calcular qué tipo de relaciones, qué tipo de clima relacional estoy estableciendo” es parte del trabajo previo a cualquier actividad. Además, hay que intervenir ante la violencia entre pares: “Yo no soy un espectador como profesor si hay bullying en la escuela; soy un actor estratégico de que en un contexto escolar no haya bullying ni el clima que favorece el bullying”.
Saberes y competencias
Menéndez volvió a la importancia de la participación activa de los estudiantes: el aprendizaje no es el resultado de la enseñanza, dijo citando a Célestin Freinet, sino que es el resultado de la actividad de los estudiantes. Es un enfoque que requiere de clínicas docentes, generación de evidencias para la toma de decisión y una práctica habitual de observación: “Hay que entrar a las aulas de otros profesores, no para mirar al profesor, sino para mirar qué hacen los estudiantes”. Es un cambio de mentalidad que inicialmente puede provocar cierta confusión, porque los cambios “no son técnicos, sino culturales”.
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La primera tarea es evitar la falsa comodidad de las respuestas rápidas; la segunda es fomentar la colaboración entre los docentes. “En los centros donde se ha aplicado más experiencias de codocencia, lo más exitoso es lo que yo aprendo de un colega”, señaló. Trabajar con otros implica aceptar preguntas que a veces exponen fragilidades, pero permiten avanzar.
Con ese acuerdo, “si trabajamos en equipo, si acordamos un ‘a dónde voy y para qué’ y luego nos ponemos de acuerdo con las metodologías y la técnica, habrá beneficios en el proceso de aprendizaje de los alumnos”, dijo. Y cerró: “La escuela siempre debe ser un lugar de esperanza”.
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