
El último dato oficial del Indec sobre la tasa de pobreza confirmó que la Argentina volvió a los niveles que tenía en el momento más crítico de la pandemia. Así, extendió en el tiempo una tendencia en la que exhibe que su crítica evolución social, atada a la inflación, se distingue de lo ocurrido en sus países vecinos en los que, más allá de particularidades locales y políticas de sus gobiernos, la cantidad de pobres en las últimas dos décadas ha disminuido mientras en la Argentina siguió creciendo.
“El retraso social es un fenómeno propio de la Argentina. Partiendo de una situación inicial similar en el 2006, cuando los tres países comenzaron a transitar una gran bonanza internacional, en la Argentina la tasa de pobreza aumentó en un 50%, mientras que Chile y Uruguay la redujeron al 7% y 10%, respectivamente. En el medio no hubo ninguna catástrofe natural, guerra o invasión; los tres países comparten similares perfiles raciales y culturales y enfrentaron el mismo contexto internacional”, señaló un informe del Instituto para el Desarrollo Social Argentino (IDESA), dirigido por el economista Jorge Colina.
Según información publicada por los institutos oficiales de estadística de cada país, se observa que:
● En la Argentina en 2006 la pobreza afectaba al 27% de la población mientras que en 2023 afecta al 42%.
● En Uruguay la pobreza en 2006 afectaba al 25% de la población mientras que en 2023 afecta sólo al 10%.
● En Chile la pobreza en 2006 era del 29% de la población mientras que en 2023 afecta sólo al 7%.
Si bien los tres países no miden la pobreza con la misma canasta o iguales parámetros, “la tendencia es tan clara que deja atrás cualquier cuestión metodológica”, explicó Colina, quien pone a la inflación, en primer lugar, y a la falta de crecimiento de la economía, en segundo, como factores centrales para explicar las diferencias. “Estamos con los mismos indicadores que en la pandemia; todos los demás ya se recuperaron”, señaló.
Para Colina, los datos “avalan la tesis de que la alta y crónica tasa de pobreza en la Argentina es un derivado de malas políticas públicas apoyadas por amplios sectores de la sociedad”. Entre ellas, destaca los excesos de gasto público financiados con emisión monetaria y deuda pública, el uso del Estado para beneficiar intereses espurios, desdén por el profesionalismo y la eficiencia en la gestión pública, mala organización del sistema tributario y de la coparticipación federal, desorden previsional, aislamiento del mundo y perversas regulaciones laborales”.

“Que una parte mayoritaria del sistema político haya sostenido, o al menos tolerado, estas malas políticas es la principal diferencia con Uruguay y Chile. En estos países, que fueron gobernados alternadamente por coaliciones de izquierda y de derecha, se sostuvieron políticas públicas mucho más consistentes y racionales”, agregó.
Para Colina, la denominada “pobreza estructural” y los índices superiores al 25% no serían posibles sin una inflación tan elevada como la actual. Si hubiese estabilidad financiera aún sin crecimiento de la actividad económica, el nivel de pobreza no llegaría a niveles tan altos. Algo así ocurrió en los años 90. Los picos de pobreza coincidieron con saltos inflacionarios.
En ese sentido, el economista destacó que la Canasta Básica con la que el Indec mide la pobreza tuvo un incremento promedio del 77% por año durante la gestión de Alberto Fernández. En el mismo período, los salarios de los trabajadores informales crecieron apenas 60%.
El camino para desandar estos drámaticos índices no pasa por ningún producto salvador sino por decisiones de largo plazo para bajar la inflación. “La pobreza es un derivado de la perseverancia en aplicar políticas equivocadas. Por eso, no se revertirá con un‘milagro’ (Vaca Muerta, litio, altos precios agropecuarios o algún otro hecho exógeno). Es imprescindible poner racionalidad a las políticas públicas”, apuntó Colina.
El experto destaca que el nuevo gobierno puso al tope de la agenda la cuestión fiscal y la necesidad de equilibrar las cuentas públicas. A juicio de Colina, la llegada de Javier Milei al poder “rompió la inercia con ideas disruptivas”. Pero eso no será suficiente si no puede gestionar con eficiencia para transformar esas ideas en cambios concretos: “El aval a esas ideas es una oportunidad. Ahora hace falta capacidad política y técnica de gestión en el Estado.”
“Milei tuvo la visión y la virtud de convencer a la población de que hay que romper con los consensos equivocados que sostienen malas políticas. Accedió a la presidencia sin caer en la tentación de repetir eslóganes ‘políticamente correctos’. Por el contrario, lo hizo planteando con énfasis y crudeza la necesidad de avanzar en una fuerte reorganización del sector público. Llegar al poder con un mensaje claro y sin ambigüedades sobre la necesidad de cuestionar consensos equivocados constituye una oportunidad inédita,” concluyó.
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