
(Desde Bengaluru, India). El sábado anterior a su viaje a la India, Sergio Massa desayunó con su equipo técnico para definir un plan que se ejecutaría de manera simultánea en Buenos Aires, Bengaluru y Washington. El movimiento coordinado y secreto apuntaba a lograr un objetivo clave para el ministro de Economía: que el Fondo Monetario Internacional (FMI) aceptara cambiar la meta comprometida para las reservas del Banco Central, frente a los efectos devastadores causados por la guerra de Ucrania y la grave sequía en la Argentina.
Si Massa no coronaba esta jugada, no tenía otra alternativa que pedir un waiver (perdón) a Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI. Y ese waiver hubiera provocado un efecto dominó en los mercados con suficiente capacidad de daño para gatillar una nueva crisis económica: hubiera sido leído como una señal de desconfianza, potenciada por las críticas de Juntos por el Cambio a la gestión del jefe del Palacio de Hacienda.
La meta del Fondo establecía que se debían aportar 5.000 millones de dólares a las reservas públicas antes que concluya marzo. Massa no tenía esos recursos y su plan era convencer a Georgieva y a los países más poderosos del FMI para que entiendan -y finalmente acepten- recortar la promesa de alocar esos 5.000 millones de dólares en el Banco Central.
El ministro dividió a su equipo de trabajo y le asignó tareas diferentes: el secretario de Programación Económica, Gabriel Rubistein; el jefe de asesores de Economía, Leonardo Madcu; el secretario de Hacienda, Raúl Rigo; y el vicepresidente del Banco Central, Lisandro Cleri, viajarían a Washington para negociar la aprobación de las metas del último trimestre de 2022 y abrir la posibilidad de reformular el compromiso de reservas para 2023.
La instrucción de Massa -para este flanco de su equipo- fue simple: “No pedimos un waiver; tenemos que explicar que la guerra en Ucrania y la sequía nos cambio el horizonte”, instruyó. Es decir: Rubistein, Madcur y Cleri tenían que argumentar que el Palacio de Hacienda no tenía responsabilidad en el posible incumplimiento de la meta. Dos factores exógenos -Ucrania y la sequía- habían modificado el tablero de juego.
Rubinstein, Madcur, Rigo y Cleri marcharon a DC e iniciaron una compleja negociación con Luis Cubeddu, importante funcionario del FMI. Los cuatro protagonizaron extensas reuniones en los cuarteles del Fondo y los cuatro llamaban, chateaban y enviaban mails con destino a Bengaluru.
En esa ciudad al sur de la India, asimétrica como toda ciudad de un país emergente, se encontraban Massa, Marco Lavagna –titular del INDEC y director de Relaciones Internacionales de Economía-; Santiago García Vázquez, director de Comunicaciones del Palacio de Hacienda; Georgieva y Gita Gopinath, vice directora gerente del FMI y su cerebro académico.
Rubinstein, Madcur, Rigo y Cleri siempre estaban a disposición de Massa, que apenas durmió durante su participación en la Cumbre del G20 de Ministros de Finanzas y Presidentes de Bancos Centrales.

Una noche, cuando ya no quedaban turistas para escuchar a la entrenada pianista que tocaba covers de Frank Sinatra y Coldplay, el ministro inició una larga conversación con su equipo técnico apostado en Washington. El diálogo fue un sketch distópico: en un celular recibía chats, y en otro tenía una cámara encendida que mostraba a Madcur y Cleri.
-¿Adónde están?-, preguntó Massa.
-En Fondo. Seguimos trabajando en el Fondo-, contestó –resignado- Madcur.
Al otro lado de la mesa de negociaciones, el ritmo tenía un estilo más burocrático. Georgieva y Gopinath hablaban entre sí y leían los chats y mails que remitía Cubeddu. Pero sus jornadas laborales no empezaban 4 AM y terminaban 3.59 AM del otro día.
La diferencia de estilo laboral es fácil de entender: Massa, Lavagna, Rubinstein, Madcur y Cleri son políticos argentinos acostumbrados a la oscilante historia nacional. Georgieva, Gopinath y Cubeddu, en cambio, están seteados por el software del FMI y todos los meses cobran sus sueldos por los sobrecargos que Argentina trata de reducir o eliminar.
Con todo, el choque de civilizaciones no perturbó la trayectoria que cumplía la Operación Bengaluru. Massa y su equipo presionaban para limar el monto de las reservas que debían estar en el Banco Central hacia fin de marzo, y la directora del FMI calibraba las respuestas para evitar que su actual vida profesional concluya por el consecuente track record del país.
No se trata de un mito urbano que pasea por las calles de DC: casi todos los funcionarios que negociaron con políticos y técnicos de la Argentina, no importa la década ni el signo partidario, tarde o temprano terminaron dando clases en Georgetown University y extrañando su salario financiado por los sobrecargos.
El ministro de Economía leyó a Perón, y desplegó su plan respetando la lógica castrense del General. Si conducía la ofensiva, tenía que estar por encima y ejecutando sólo movimientos estratégicos, mientras que sus coroneles debían aplicar la táctica correspondiente en el terreno. Rubinstein, Cleri, Rigo y Madcur operaban en DC, mientras que Lavagna y Vázquez en la Cumbre del G20 en India.

Desde esta perspectiva, Massa protagonizó reuniones bilaterales con los ministros de finanzas de Alemania, Francia, Italia, Canadá y Brasil, habló al menos dos veces con Janet Yellen, la secretaria del Tesoro de los Estados Unidos, y recibió a Jay Shambaugh, su subsecretario de Asuntos Internacionales.
Cada una de estas citas tenía su fundamento técnico y su razón política. Alemania, Francia e Italia arrastran votos europeos en el board del FMI; Canadá siempre juega al lado de Estados Unidos, pero exige una trato por separado; Brasil con Lula da Silva se ha vuelto un jugador influyente en el escenario multilateral y la Secretaría del Tesoro es clave para esquivar una derrota en el Fondo.
Sin la anuencia de Yellen, que es el alter ego económico y financiero de Joseph Biden, las intenciones de Massa hubieran sido sólo un ensayo en un circo de pueblo. Ella es predominante y el ministro cuida esa relación personal como su sueño de llegar –algún día- a la Casa Rosada.
Durante el encuentro con Shambaugh, el jefe del Palacio de Hacienda comprobó como China afecta la agenda internacional de Estados Unidos. Massa explicaba su hoja de ruta para estabilizar la economía, y sabía que cada una de sus palabras llegarían sin maquillaje a los oídos de Yellen, quien en una conferencia de prensa en Bengaluru había condenado la estrategia geopolítica de Xi Jinping, aliado en las sombras de Vladimir Putin.
A su escala, Jay describió las preocupaciones de Washington respecto a Beijing, y preguntó con estilo diplomático acerca de las relaciones bilaterales entre Argentina y China. Massa captó la intención del subsecretario del Tesoro y contestó con el Leviatan de Hobbes.
Pareciera que la respuesta del ministro fue correcta. Ese jueves 23 de febrero, cuando Massa se encontró con Georgieva en la cena de bienvenida de la Cumbre del G20, la directora gerente estaba distendida y coloquial.

Georgieva le contó al ministro de Economía que había estado con Volodimir Zelensky en Kiev, y que el conflicto con Rusia estaba ingresado en un escenario geopolítico con final abierto. Massa quedó impactado con la descripción de la directora del FMI, y puede repetir ese relato de memoria.
En este contexto, la experiencia de Georgieva en el campo de batalla favoreció la estrategia discursiva del ministro. Massa fundamentaba la necesidad de reformular la meta de reservas en la distorsión económica que había causado la guerra en Ucrania. Y la directora del Fondo –entonces- no requirió más datos para validar los argumentos del jefe del Palacio de Hacienda.
A su turno, Massa no quería un waiver del FMI y tampoco consentiría una reducción cosmética del número final de reservas que debían alocarse en el Banco Central. El ministro pretendía que el Fondo anunciara la reducción de la meta como decisión propia y que la reducción nominal de esa meta le permitiera continuar fortaleciendo su plan de estabilidad.
Georgieva atendió las razones de Massa, que completó su andamiaje técnico argumentando que había caído el ingreso de divisas tras la grave sequía que impactó en las cosechas de soja, trigo y maíz. La directora no dudó en compartir su mirada política con Gopinath, y Cubeddu en DC tuvo luz verde para avanzar con la delegación enviada por Massa desde Buenos Aires.
Hay un virus resiliente en Washington con suficiente capacidad para afectar todas las decisiones políticas. Ese patógeno que vive a la sombra del poder puede trabar o ralentizar la ejecución técnica de estratégicos acuerdos institucionales.
Se trata del virus creado por la dificultad de transformar en un modelo técnico la decisión política adoptada. En el caso del acuerdo de Massa-Georgieva, se debía diseñar una fórmula que estableciera cuál es el compromiso del Gobierno respecto a las reservas que se deben sumar durante este trimestre, y como debería evolucionar ese compromiso desde el primero abril al 31 de diciembre de 2023.
En este escenario, Cubeddu, Rubinstein, Rigo, Madcur y Cleri se trabaron en una compleja negociación para ejecutar la decisión política asumida por la directora ejecutiva del FMI. No se trataba –solo- de achicar la meta nominal de reservas para el primer trimestre de marzo, sino que también había que diseñar una ecuación financiera que permitiera tener un sendero de consolidación de las divisas en dólares que administra el Banco Central.
Tras largas sesiones, que otra vez conectaron Bengaluru, Washington y Buenos Aires, la ecuación financiera logró un formato técnico verosímil. Y el número final de reservas para cumplir las metas el primer trimestre ya estaría ajustado a un panorama global y doméstico atravesado por la guerra en Ucrania y la sequía en Argentina.
Anoche se pulía la enésima versión de los documentos oficiales –el wording en la jerga burocrática-, y mañana desde el Fondo Monetario Internacional se debería informar sobre la nueva meta de reservas.
Pareciera que la Operación Bengaluru -acorde a la información que llega desde Washington- fue un éxito.
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