
No habrá más respiro para la gestión económica que los próximos 30 días, cuando la vigencia de la segunda edición del dólar soja y la mayor demanda estacional de pesos, característica del último mes del año, auguran un mes de mayor calma. El inicio de 2023, sin embargo, ya se presenta agitado.
No sólo porque en el frente cambiario se avizora una compleja administración de los dólares acumulados este mes gracias a la medida de excepción para los exportadores sojeros, en el contexto de drástica una caída drástica del flujo proveniente de la cosecha de trigo, sino también por el complejo manejo de la deuda que se plantea de manera inminente.
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Las complicaciones en el mercado de deuda en pesos emergieron, en las últimas semanas, como la dificultad más urgente junto a la escasez de divisas para el Banco Central. Las últimas operaciones para renovar vencimientos dejaron en evidencia la reticencia del sector privado a financiar al Tesoro, forzando una concentración de pagos cada vez más abultada a principios del próximo año y ya no recién en el segundo semestre, como se preveía a principios de noviembre.
Hasta ese momento, el perfil de vencimientos de la deuda en pesos marcaba una notoria concentración en julio de 2023, con una “pared” que asciende a los $1,8 billones, compuesto mayormente por el bono dual, el instrumento que pagará a los inversores el mayor rendimiento entre inflación o suba del dólar oficial. Ahora, también el tránsito hasta esa fecha se vuelve cada vez más empinado: tras el último canje para postergar vencimientos y las dos licitaciones más recientes de títulos públicos, los compromisos comenzaron a abultarse también en el primer trimestre del próximo año.
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El nivel de vencimientos entre enero y marzo de 2023 se aproxima, por ahora, a los $3,5 billones, con títulos que en su mayoría ajustan por inflación. En esta cuenta no se computan los $405.000 millones que vencen en diciembre. El próximo miércoles 14, la Secretaría de Finanzas llevará a cabo la última gran licitación del año, operación que aporta un desafío mayúsculo: los títulos a vencer están principalmente en cartera de acreedores privados. Así, se tiene por descontado en el mercado que nuevamente los bancos y demás inversores exigirán títulos de muy corto plazo, abultando la cuenta tempranamente en el verano-otoño de 2023.

La fuerte concentración de vencimientos en la primera parte del próximo año, con alta incidencia de títulos indexados y vinculados a la evolución del dólar, condiciona también la política cambiaria. Por un lado, es baja la expectativa del mercado respecto de una devaluación brusca pero, al mismo tiempo, anticipan mayor presión sobre la brecha cambiaria, producto de la emisión monetaria en el último trimestre de este año. Pero, en el caso de que se produjera un salto discreto del dólar, las consecuencias se multiplican ya que tal como están perfiladas las obligaciones, la liquidez resultante se convertiría en un foco sucesivo de inestabilidad.
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Si bien luce una dificultad por demás apremiante, la deuda en pesos no es el único problema urgente para el equipo económico. Tras la vigencia del dólar de excepción a $230 para la liquidación de soja, las proyecciones indican que a partir de enero la reducción en el flujo de divisas será determinante, dada la sequía que afectó al trigo. Las estimaciones de los expertos en el sector agropecuario del IERAL indican que el ingreso de dólares durante el verano será menos de la mitad de lo liquidado a la misma altura del año pasado. “El ciclo comercial del trigo 21/22 habrá dejado unos USD 4.600 millones, y el nuevo ciclo 22/23 estaría aportando USD 2.000 millones, es decir, una caída de USD 2.600 mil millones”, proyectó el economista Juan Manuel Garzón, quien amplió: “Casi el 80% de ese ajuste de divisas de nuestro principal cultivo de invierno, y aportante relevante de divisas en los meses de verano, se dará entre diciembre y abril del año que viene”.
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