
Las tasas de interés positivas en términos reales, las restricciones a las importaciones para favorecer la acumulación de reservas y la menor emisión monetaria conducen inevitablemente a una dirección: una fuerte desaceleración de la economía, que podría transformarse directamente en un estancamiento para fin de año.
En las últimas reuniones de los equipos técnicos del ministerio de Economía y el staff del FMI surgió con claridad este diagnóstico. Pero no fue evaluado como un problema, sino como parte de la solución. Sostener artificialmente la reactivación vía más gasto público terminaría tarde o temprano en un colapso. Eso se vio claramente en la crisis de los bonos en pesos en junio y julio. Por eso, ahora la etapa del ajuste busca desandar aquel camino, aunque las consecuencias sobre el nivel de actividad se harán sentir.
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Si bien la desaceleración es imprescindible para quitarle presión al tipo de cambio y empezar a actuar sobre la inflación, la incógnita es hasta dónde puede llegar la tendencia bajista de la actividad. Andrés Borenstein, economista de la consultora Econviews, consideró que “en lo que resta del año vamos a ver más señales de una economía que pierde fuerza, aunque el crecimiento va a dar cerca del 4%. Para el año próximo sería razonable esperar una expansión mucho menor de sólo el 1%”.
Este diagnóstico es compartido por el FMI, que en breve publicará su reporte económico mundial, en el que deberá divulgar qué espera para la economía argentina el 2023. La expectativa es que proyecte una mejora de entre 1% y 2% del PBI, es decir la mitad de este año.
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Las señales de desaceleración comenzaron a notarse en julio, aunque muy “contaminadas” por la crisis financiera de aquel período y sobre todo la suba del tipo de cambio. En los próximos meses tendrán más impacto las últimas medidas, que por un lado buscan reencauzar algunas variables pero que al mismo tiempo pegarán en el corto plazo en el nivel de actividad. También el consumo se verá resentido, agregando complicaciones a las ya generadas en los bolsillos por los altos niveles de inflación.
Para que se dé el pronóstico de desaceleración pero sin recesión es clave que no se produzca un estallido cambiario o un salto de precios que deje a la Argentina al borde de una hiperinflación. Este escenario catástrofe que parecía cercano hace apenas un par de meses se fue disipando a partir del enfoque y las medidas adoptadas por el ministro de Economía, Sergio Massa.
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Las estimaciones para lo que viene serán incluidas en el proyecto de Presupuesto 2023 que el ministerio de Economía debe remitir al Congreso el jueves. Según adelantó Infobae, se respetará la reducción de déficit fiscal al 1,9% del PBI que se acordó con el FMI en el último acuerdo de enero. Esto significa que el Gobierno se compromete a realizar un recorte de gasto público en medio del año electoral. Esto lo hizo Macri en 2019, logrando una baja de la inflación en los meses previos a las elecciones. Sin embargo, las urnas no lo perdonaron y perdió la carrera presidencial con Alberto Fernández.
Pero el dato más fuerte de este proyecto de Presupuesto pasará por la inflación. Massa incluirá una baja notable para 2023, a la mitad de este año, es decir que se ubicaría por debajo del 50%. Sin embargo, prácticamente no hay economistas profesionales que estimen que semejante disminución es alcanzable. Al contrario, la perspectiva es que seguirá en el rango del 90% al 100% como este año.
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Las causas del pesimismo del mercado respecto a la viabilidad de bajar tan fuerte la tasa de inflación es que no se hay en marcha un verdadero plan de estabilización macro. Además, seguirá pesando la falta de insumos importados, que lleva a las empresas a remarcar preventivamente. Y por otra parte la suba más acelerada del tipo de cambio oficial también tendrá su impacto en los precios.
Por otra parte, también existe la sospecha lógica respecto a la idea del propio Gobierno de subestimar la inflación del año y de esta forma también los ingresos. Eso implicaría contar con un margen mayor de maniobra sin pasar por el Congreso. Como sucede tradicionalmente, las fuertes subas de precios también generan mayor recaudación, especialmente a través de impuestos como el IVA.
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