
Desde Washington, EEUU - Fue la cara del cuestionado préstamo del FMI a Cambiemos, en 2018, al que sigue defendiendo como una herramienta que podría haber funcionado. Tanto que ahora, ya lejos del organismo de crédito multilateral, del que asegura haberse ido por cansancio y no por consecuencia de esquema frustrado, está convencido de que el actual acuerdo es “débil” y que sólo beneficia a Alberto Fernández, pero no a la Argentina.
“Se cerró un acuerdo que es extremadamente bueno para el presidente Fernández, pero no para el país, que necesita un programa más amplio y ambicioso. Buscaron un acuerdo débil y mediocre a propósito”, destacó en diálogo con Infobae.
El economista Alejandro Werner nació en Córdoba, pero vivió toda su vida en México. Estudió en el MIT, en EEUU, fue funcionario mexicano y trabajó en varios bancos e instituciones, hasta que fue designado a cargo del Departamento del Hemisferio Occidental del Fondo. Desde allí comandó la negociación del crédito por USD 54.000 millones de 2018, mientras la francesa Christine Lagarde estaba al frente del Fondo.

Hace un año se fue del FMI: otras de las caras del acuerdo con Cambiemos, como la propia Lagarde, David Lipton (hoy en el departamento del Tesoro de EEUU) y Roberto Cardarelli, lo habían hecho antes. Hoy está a cargo del Georgetown Americas Institute, de la prestigiosa universidad de Washington, donde fue invitado esta semana el ex presidente Mauricio Macri a dar dos charlas.
“Fue una casualidad total que su visita coincidiera con la asamblea del FMI que en principio iba a ser híbrida. Nosotros estamos con actividad presencial desde hace mucho tiempo y fue una coincidencia”, aseguró.
— ¿Por qué cree que el programa actual es el necesitaba el presidente Fernández y no la Argentina?
— El programa seguramente tendrá renegociación de parámetros por la guerra y los movimientos de las commodities. El conflicto llegó con la negociación tan avanzada que fue lógico cerrar y dejar algunas cosas para la primera revisión. La realidad tuvo un impacto importante en las proyecciones y habrá que afinar el marco. Lo que no es normal es el descontrol que nada tiene que ver con el Fondo: los retos que enfrenta la economía por la inflación, la balanza de pagos y, más a mediano plazo, crecimiento, pobreza y una economía que tiene un PBI per cápita significativamente menor al de 2010. Que el Gobierno no pueda unirse para respaldar un programa económico congruente y consistente, más allá del FMI, es muy preocupante. No se ve en otros países un deterioro tal que impida que se pongan de acuerdo en medio de desafíos tan importantes.

— ¿Por qué cree que eso no pasa?
— La coalición no puede resolverlo para adentro. Ahí está el problema de fondo. Nunca vi un país tan dividido en medio de una crisis tan grande.
— ¿Conoce a Martín Guzmán?
— No, pero esta división supera al ministro. Es algo que se debe resolver con la política. Guzmán fue efectivo en lo suyo, siguió órdenes. Por otro lado, es una contraparte que el FMI respeta.
— ¿Por qué cree que el acuerdo actual es malo?
— Porque no fortalece la institucionalidad argentina y no tendrá impacto en bajar las trabas y en generar incentivos para que el sector privado invierta. Si se corrigen los desequilibrios podría haber mejor contexto para los que vengan a gobernar, pero no se construye credibilidad. El Gobierno cree en un populismo pasado de moda que ya no se ve en el mundo. En medio de una crisis muy grande, creen que pueden arreglar las cosas con créditos del Banco Central. Eso se abandonó en los 70: los populismos que quedan en el mundo no usan ya esas estrategias. Pero el Gobierno quedó anclado en los ‘70 y por eso el programa no tiene una pata estructural seria que reduzca el costo tan elevado de hacer negocios, ni un ajuste macro más sólido, con tasas más altas, aunque no les guste esa palabra. Cuando no hay recursos es lo que hay que hacer. Buscaban eso, lo consiguieron y es malo para Argentina. Así y todo, no pueden explicarle a la sociedad que lo que hicieron está bien, desde su punto de vista. ¿Cómo van a bajar la inflación? No se sabe. Toman medidas aisladas, nada más. El presidente del Banco Central y el ministro de Economía están ausentes en la explicación de cómo van a dejar de subir los precios.
— ¿Por qué aceptó el Fondo ese programa tan desventajoso desde su punto de vista?
— Es lo que creyeron mejor desde el punto de vista de lo que el Gobierno puede implementar. Si no cerraban iba a haber impacto en otros multilaterales y se generaba un contexto de expectativas muy serio, que complicaba todo mucho más. Eligieron la opción menos mala. Pasa que lo el propio gobierno de la Argentina cerró tampoco quieren implementarlo con convicción.
— ¿La Argentina va a incumplir?
— No sé sí habrá incumplimiento. Seguramente, como mencioné, habrá una recalibración de parámetros por lo que está pasando en el mundo. El tema es que el acuerdo que diseñó el propio Gobierno no es su plan económico. Siguen tomando medidas discrecionales y enfocadas a lo que la política les marca cada mañana.
— ¿Es mejor este acuerdo o el de Macri?
— El del gobierno anterior aceptaba las limitaciones políticas que enfrentaban y sobreutilizaba los parámetros que había a disposición, como metas fiscales y monetarias. El programa tenía riesgos, pero también posibilidades de funcionar. Hubo temas de implementación y discusiones, pero el gobierno estaba convencido de avanzar en esas medidas, eliminar los desequilibrios, abrir la economía y darles cierta racionalidad a los esquemas de tarifas, a los monetarios y al desarrollo de los mercados financieros. A buscar una economía con una carga tributaria más baja que incentive la inversión privada y el crecimiento inclusivo del empleo. Si no funcionó por temas de diseño e implementación o porque el gobierno que llegó no generó confianza en los mercados, es una discusión abierta. Nadie hizo todo perfecto, pero vino una gestión que generó ruido y movimientos complejos, que luego, ya en el poder, validaron con acciones. Trabajamos alineados con un gobierno para corregir la economía. Estaban convencidos y le hablaron a la sociedad de frente. Eso es totalmente diferente a lo que mis ex colegas del FMI enfrentan ahora.

— La evaluación ex post del propio Fondo habló de que el programa pasado fue débil…
— Todo se puede cuestionar y se puede hacer la evaluación de la evaluación, y no terminamos nunca. Se evaluó que hubo problemas de diseño, pero eso no quiere decir que el programa no hubiese funcionado con dos años más de Macri. Habrá que seguir estudiando el caso. Puede haber fallado por temas de diseño e implementación, pero también por la incertidumbre política que generó la idea de que podían volver políticas públicas más irresponsables.
— ¿Se apresuraron a aceptarlo por temas políticos?
— No, pero los equipos técnicos trabajan en un entorno en el que saben qué quieren los directores del Fondo. Un programa de más de 1000% de la cuota se diseña sabiendo que habrá apoyo político de board. Macri tenía apoyo político, como pasó en México, en los 90, con Brasil con Lula o con Portugal. Se negoció mucho internamente, pero los números los puso Argentina y nadie recibió llamadas. Había apoyo político para hacer cosas ambiciosas.
— ¿Se quedó con un sabor amargo luego de la salida del FMI?
— No, para nada. Me fui porque me aburrí luego de 9 años. Fue el trabajo en el que más tiempo estuve. Se hicieron muchas cosas, y fue una lástima que no funcionara el programa con la Argentina.
— ¿Lo echaron por fracaso del programa con el país?
— Para nada. Ya era tiempo de hacer otras cosas.
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