
El Banco Central volvió a subir los rendimientos en pesos, luego del dato de inflación conocido en febrero. Sin embargo, aún está algo lejos de cumplir con la exigencia del FMI, que plantea la necesidad de mantener tasas de interés positivas, o sea que le ganen a la inflación.
El directorio del BCRA definió ayer en su reunión de directorio un nuevo incremento de la tasa de referencia, que pasó de 42,5% a 44,5% anual. Se trató de un ajuste que postergó en dos oportunidades, posiblemente para no meter más ruido en medio de la aprobación del acuerdo con el FMI que el jueves pasado se estaba tratando en el Senado.
Los aumentos, sin embargo, aún mantienen las tasas en terreno negativo ya que se ubican por debajo de la inflación registrada en estos últimos meses.
El objetivo del titular del Banco Central, Miguel Pesce, a la hora de subir las tasas es reducir el incentivo a dolarizarse y al mismo tiempo alentar la demanda de pesos. Estabilizar el mercado cambiario es fundamental para que la inflación empiece a ceder desde los niveles actuales.
La tarea no es fácil por varios motivos. En primer lugar, el BCRA tiene poco “poder de fuego” porque el sistema financiero es demasiado chico y no representa ya ni el 10% del PBI. Por lo tanto, cualquier cambio en el esquema de tasas tiene un impacto acotado en el comportamiento de la sociedad.
Uno de los impactos de la suba de tasas es sobre las propias cuentas del BCRA, que debe pagar más intereses por la emisión de Leliq, pases pasivos y otros títulos remunerados. Esa deuda en pesos es uno de los temas que más preocupa a los economistas, que ven una “bola de nieve” junto a la fuerte emisión de bonos en pesos que también efectúa el Tesoro para financiar el déficit.
Además, el peligro es que al aumentar tanto la tasa se termine afectando a la actividad económica. Éste fue uno de los efectos no deseados de la política monetaria del gobierno de Mauricio Macri, cuando se intentó contener al dólar con altas tasas de interés, especialmente en los últimos meses de 2019. Claro que en aquel momento no había cepo, por lo cual resultaba imprescindible frenar la suba del tipo de cambio con ese instrumento.
La evolución de los depósitos en pesos muestra que la estrategia es parcialmente exitosa, pero que todavía queda mucho camino por recorrer. Los plazos fijos en moneda local acumulan una suba de 5,6% en el último mes, prácticamente en línea con la inflación. En lo que va del año el incremento llega a 16,6%. Esto significa que las colocaciones a plazo por lo menos se mantienen en términos reales y al menos en alguna medida colaboran para que no haya una mayor demanda de dólares entre inversores.
Los plazos fijos que ajustan por CER (o sea inflación minorista) suben mucho más aceleradamente, pero todavía representan una fracción mínima: sólo llegan al 5% del total. En el acumulado del 2022 ya aumentan 25,5% y tiene su lógica, ya que el ajuste por inflación le gana a las tasas y también a los distintos dólares financieros, que se mantienen prácticamente planchados.
Según determinó el BCRA en su reunión de ayer, la tasa para plazos fijos de individuos no podrá ser inferior al 43,5% anual. Si bien se trata de un rendimiento muy inferior al de la inflación (que acumula más de 52% en los últimos doce meses), la tasa efectiva anual ya es de 53,3%. Este rendimiento se obtiene de reinvertir los intereses de manera mensual durante un año.
La política de tasas es en los países desarrollados un instrumento fundamental para ajustar la demanda de dinero y controlar la inflación. En la Argentina, sin embargo, se trata de un elemento más y que tiene un peso relativo. En realidad, el factor clave es el control de la emisión monetaria, que está íntimamente relacionada con el déficit fiscal.
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