
Los lentos avances en la negociación con el Fondo Monetario junto con el avance de la nueva variante Ómicron de coronavirus terminaron por apagar la mínima chispa de interés que se había despertado sobre la Argentina entre inversores acostumbrados a lidiar con “economías estresadas”. Desde que el Gobierno anunció a principios de mes el envío de un equipo del Ministerio de Economía y del Banco Central a negociar con el FMI, misión que concluyó la semana pasada, una decena de fondos de inversión de esas características aterrizó en Buenos Aires para sondear el espíritu y potencial de ese acuerdo, que se presumía algo más adelantado de lo que finalmente se confirmó. Ese atisbo de atención sobre los activos argentinos tuvo, incluso, su correlato en los pulverizados precios del mercado, que registraron una mejora desde que se conoció lo que en Wall Street algunos analistas denominaron como un “cabeceo” o “guiño” entre el organismo y la Argentina.
Pero esa reacción incipiente, una vez más, quedó neutralizada ante nuevas señales ambiguas respecto de la voluntad política de sellar ese acuerdo y un factor completamente fuera del control de las autoridades argentinas que -real o excusa- tiene cada vez mayor peso: el nuevo pico de contagios de coronavirus que se registra en los países centrales con la aparición de la nueva cepa Ómicron. La combinación de ambos factores hizo que una de las principales visitas que se esperaba esta semana desde Wall Street, un fondo relevante cuya presencia generaba cierta expectativa en el Gobierno, se cancelara hasta nuevo aviso. Los ejecutivos que contaban con el pasaje no sólo temen a la enfermedad sino, sobre todo, que ante la rápida expansión, el Gobierno argentino decida volver a cerrar las fronteras y quedarse varados en el país para las Fiestas.
Así, quedó cerrada por este año la última seguidilla de contactos con inversores que se inauguró cuando Guzmán viajó a Nueva York, acompañado del jefe de Gabinete, Juan Manzur. El funcionario tucumano promueve las relaciones tanto con el mercado como con las empresas y las corporaciones extranjeras, algo que no ocurre en todas las áreas ni niveles de Gobierno. “Manzur entiende que tiene que haber un ida y vuelta, después las cosas pueden salir mal igual pero al menos nos recibe”, confió un ejecutivo de una multinacional que no había tenido chances de pisar la Casa Rosada. Ese clima más dialoguista parece haber contagiado al titular del Palacio de Hacienda. Frustrado porque no entiende por qué las cotizaciones de los bonos y acciones argentinas siguen tan bajas si los números de la recuperación económica son tan vigorosos - “¿qué más quieren?” pregunta a sus asesores- Guzmán tomó el consejo de volverse más accesible y hace varias semanas que hace un esfuerzo por revalorizar la relación con los acreedores.
Fue así que recibió a algunos pequeños contingentes de representantes de distintos fondos, reunidos por el banco de inversión Barclay’s, quienes mantuvieron una reunión cara a cara con el ministro de Economía. Otros, convocados por Jeffries Group, tuvieron que conformarse con funcionarios de Finanzas.
Todos ellos venían con la misma agenda: conocer in situ y de primera mano las instancias de las tratativas con el FMI. También tratar de dilucidar el contenido de ese entendimiento para saber hasta qué punto un acuerdo implicará la puesta en marcha de un plan que encarrile las variables desatadas que presenta hoy la economía argentina. La mayoría de ellos, también, llegaron pertrechados con la misma lista de interlocutores: funcionarios, economistas cercanos al Gobierno y economistas de mirada muy crítica respecto del Gobierno y, por supuesto, los referentes en economía de la oposición.
El punto que intentaron discernir, algo que por el momento no han logrado, es si los precios actuales de los activos argentinos representan una verdadera oportunidad de ganancias. La respuesta se parece al cuento de la buena pipa: un acuerdo con el Fondo que conlleve hacer los deberes, es decir, reducir el déficit fiscal, la brecha cambiaria y acumular reservas, sería sin dudas una oportunidad excelente. Pero los amagues y recules del Gobierno y las dificultades en su frente interno para avanzar en ese sentido vuelven a poner en duda, otra vez, la noción de que apostar a la Argentina sea un buen plan.
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