
La falta de demanda de crédito y la voracidad del Estado provocaron una situación inédita en el sistema financiero. El equivalente al 90% de los depósitos del sector privado están invertidos en deuda pública, tanto en títulos emitidos por el Banco Central como en letras colocadas por el Tesoro para hacer frente a sus necesidades de caja.
En los bancos reconocen que la demanda de crédito es escasa por dos razones: una reactivación tenue que no termina de consolidarse, pero sobre todo los temores de la gente por el futuro. El miedo a perder el empleo, por ejemplo, suele ser uno de los principales condicionantes. En el caso de las empresas, al no haber planes de inversión significativos, las necesidades de financiamiento bajan sustancialmente. Y en general se requiere crédito de muy corto plazo para capital de trabajo, que en ocasiones es satisfecho por otras vías, como el mercado bursátil vía descuento de cheques diferidos o facturas electrónicas.
La contracara de este fenómeno es que la mayor parte de los depósitos que reciben los bancos de empresas e individuos no vuelve al sector privado, sino que es dirigido a la compra de deuda pública. Un informe elaborado por el economista Gabriel Rubinstein concluyó que esta relación está en su pico máximo de los últimos tiempos.
“La exposición al sector público viene creciendo muy fuerte en los últimos meses. En septiembre del año pasado llegaba al 78% de los depósitos del sector privado y ahora ya estamos en el 90%”, aseguró el economista.
Ese aumento se relaciona al menos en parte con la fuerte emisión monetaria del año pasado. Los pesos emitidos terminaron en buena medida en los bancos y luego el Central sale a absorberlos vía Leliq y pases pasivos. A este fenómeno se agregó el Tesoro nacional y sus crecientes necesidades de financiamiento para salir a cubrir el déficit cuando no recurre a la emisión. Según Rubinstein, el 62% de los depósitos privados se encuentra colocado en instrumentos emitidos por el Central para absorber dinero excedente y un 28% en letras del Tesoro.
La tasa que pagan tanto los pases como las Leliq es del 38% y, en el caso de los títulos del Tesoro, levemente superior. En ambos casos se trata de un rendimiento que está más de diez puntos porcentuales por debajo de la inflación, lo que implica una importante pérdida patrimonial para las entidades.
Semejante proporción no significa necesariamente que no existan fondos disponibles para prestarle al sector privado. Más bien es al revés: la falta de demanda provoca que la única fuente para obtener rentabilidad que tienen los bancos sea a través de la colocación al sector público. Existe, por supuesto, la preocupación de que el sector público desplace al sector privado en la búsqueda de financiamiento en la medida que el déficit fiscal no baje significativamente.
¿Hay algún peligro en semejante concentración de recursos en deuda emitida por el sector público, tanto el Tesoro como el Banco Central? El principal riesgo es que se reduzca la demanda de pesos de la gente y de las empresas, por ejemplo ante el temor de una devaluación. En ese caso, podría haber retiro de depósitos que presione a los bancos a desarmar parte de su cartera en bonos. En ese escenario, el Central debería devolver las Leliq a los bancos y eso implicaría automáticamente mayor emisión monetaria.
Al mismo tiempo, también correría riesgo el programa de financiamiento del Tesoro, que en buena medida descansa en el financiamiento que aportan los bancos.
En este escenario, es sumamente importante que el Gobierno consiga anclar las expectativas y evite que siga cayendo la demanda de pesos. Si ocurre, habría mayor presión sobre los depósitos bancarios y obviamente sobre el tipo de cambio.
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