
Tanto el Gobierno como el FMI decidieron patear la pelota para adelante. La posibilidad de un acuerdo en medio de la contienda electoral era algo muy complejo y así lo entendieron ambas partes. Por eso, desde Washington ya dejaron trascender que las negociaciones pasan para el 2022. Pero existe una fecha límite para llegar a un acuerdo y que acelera el calendario: marzo del año próximo.
Sucede que sobre el final del primer trimestre vence una cuota de capital con el organismo por USD 4.800 millones. Para ese momento debería estar sellado un nuevo entendimiento, que le permitiría a la Argentina refinanciar la deuda con el organismo por diez años, a través de un nuevo Acuerdo de Facilidades Extendidas. Los primeros cinco serían “de gracia” y luego sí habría que devolver el préstamo de 44.000 millones.
Un informe del banco de inversión norteamericano Morgan Stanley se mostró optimista respecto a un futuro entendimiento entre el FMI y la Argentina. Sin embargo, también indicó que espera un acuerdo “blando”, es decir que no incluya reformas estructurales que precisaría la economía para volver a crecer en forma sostenida. La entidad considera que el arreglo llegaría “en el primer semestre de 2022”, aunque no descarta que las negociaciones se estiren hasta la segunda parte del año que viene.
En Wall Street se escuchan, sin embargo, otras voces menos optimistas. Algunos creen que el Gobierno prepara un default con el organismo, que tendría además tintes ideológicos. En ese escenario, sería difícil imaginar la continuidad de Martín Guzmán al frente del ministerio de Economía. En varias ocasiones, el funcionario consideró que la Argentina pasaría a ser una suerte de “paria internacional” si cayera en cesación de pagos con el organismo, una situación que registra escasos precedentes a nivel internacional. Sin embargo, el recién anunciado acuerdo con el Club de París para evitar el default, a través de un pago parcial, muestra que hay voluntad de diálogo y de evitar situaciones extremas.
Una tercera corriente ve un escenario intermedio, pero no menos inquietante: la posibilidad de llegar a un acuerdo con metas fiscales y monetarias, pero que rápidamente sería incumplido por la resistencia a hacer el ajuste.
Antes de marzo de 2022 todavía faltan muchos capítulos en materia de endeudamiento. El más cercano es con el Club de París, a quien se le adeudan USD 2.400 millones. El vencimiento fue a fin de mayo, pero los 60 días de gracia permiten estirar la agonía hasta fin de julio. Ayer Martín Guzmán anunció que finalmente realizará un pago adelantado (serían alrededor de USD 400 millones) y evitará un default, que hubiera generado más tensión en el mercado financiero y cambiario en los meses previos a las elecciones.
Además hay dos vencimientos con el propio FMI en el último cuatrimestre: USD 1.900 millones en septiembre y otro tanto en diciembre. Sin embargo, más allá de las presiones de los sectores “ultra k”, todo hace suponer que esa deuda será repagada con los propios recursos que enviará el organismo a través de Derechos Especiales de Giro (DEG) en agosto, como parte del proceso de capitalización. Sería por el equivalente a USD 4.300 millones, con lo cual alcanzaría de sobra para cancelar esos pagos.
Se trata de un balance delicado, entre cumplir los compromisos financieros y al mismo tiempo evitar que el Banco Central pierda demasiadas reservas. Si el BCRA se queda sin dólares terminaría en una posición demasiado endeble, que provocaría una devaluación brusca o un aumento de la brecha cambiaria. O ambos escenarios simultáneos.
Guzmán viajó a Washington a fin de abril y allí se reunió con los técnicos del Fondo. En esos encuentros decidieron mantener el diálogo abierto, pero no hubo fecha formal para iniciar una negociación. También está en suspenso el denominado “artículo IV”, es decir la revisión de las variables económicas que el FMI efectúa en todos los países miembro.
Los mercados siguen con preocupación la falta de avances. Desde que trascendió que el posible acuerdo pasaría al año que viene se frenó el rally de acciones y bonos locales, ante la falta de datos concretos que alienten el optimismo. El principal argumento para la recuperación pasó por los “precios bajos” de los activos, pero al parecer no resulta suficiente para sostener una mejora adicional.
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