
En mayo el índice Merval subió 21% y las acciones argentinas que cotizan en Wall Street subieron 15% en dólares. El arranque de los dos primeros días de junio marcó la misma tendencia: nuevas subas que consolidan lo sucedido el mes pasado. Algo similar está sucediendo con el mercado de bonos. Luego de varios meses de letargo, la deuda argentina está recuperando en forma paulatina pero persistente, mientras que el riesgo país ayer perforó la línea de los 1.500 puntos básicos.
Esta recuperación de los activos argentinos coincide con una sonora caída de la imagen del Gobierno, que se profundizó con el último confinamiento, que muchos leyeron como lo más cercano a un regreso de la “fase 1”. Una encuesta realizada por Alejandro Catterberg, director de Poliarquía, registró esta tendencia: en el último mes, el apoyo al Presidente por sus medidas para combatir la pandemia cayó de 41% a sólo 32%, un estrepitoso derrumbe de 9 puntos. Al mismo tiempo, la percepción negativa respecto a la forma de combatir los contagios pasó de 48% a 59%.
Por supuesto que inmediatamente surge el interrogante: ¿la recuperación del mercado local está relacionada con esta caída de la imagen del Gobierno? ¿O se trata de una mera casualidad, sin que exista correlación alguna entre ambas tendencias?
A mediados de mayo fue un informe de Citibank el que alertó sobre la posibilidad de una elección legislativa pareja, sugiriendo que el Gobierno tendrá un desempeño que se ubicará muy por debajo del obtenido en la elección del 2019. Además, también remarcó que podría perder peso en el Congreso, por lo que se reduce el riesgo de quórum propio para manejar la agenda de los próximos dos años.
No es el único que realiza este razonamiento ni mucho menos. Ariel Sbdar, fundador de Cocos Capital, también apunta en la misma dirección. “Las acciones argentinas están extremadamente baratas. Tiene sentido hacer una apuesta que tenga como horizonte las elecciones. Ya hubo otras oportunidades en las que a partir de estos niveles se registraron subas espectaculares en el mercado accionario, por lo que vale la pena asumir el riesgo en esta oportunidad”. Es decir que se trata de una apuesta arriesgada, pero la posibilidad de un gran rebote compensa el peligro de nuevas caídas de los precios.
Sbdar tiene además una predilección a la hora de qué activos elegir: “Lo que sucede con los bonos es que todavía hay fondos que tienen mucho en cartera y aún están en proceso de desarme, lo que afecta a los precios. Por eso es preferible entrar en acciones, si es que querés hacer una apuesta en la Argentina. El mercado accionario está mucho más depurado, no hay grandes inversores queriendo hoy desprenderse de compañías locales, los que querían hacerlo ya se fueron”.
Pero entre los inversores bursátiles no hay consenso. Otros creen que aún cuando los precios de las acciones y bonos son bajos, en realidad no incorporan escenarios más negativos que podrían ocurrir. Por ejemplo, un eventual default con el Club de París y que se dilate demasiado el acuerdo con el FMI, poniendo en duda el pago de los dos vencimientos de capital que caen en septiembre y diciembre por cerca de USD 4000 millones.
Las acciones argentinas sufrieron una debacle de más del 50% en solo un día luego de las PASO , en agosto de 2019. La gran mayoría todavía está incluso por debajo de los niveles posteriores a ese derrumbe. Pero lentamente se van acercando. Sin embargo, la apuesta detrás de esta mejora no está vinculada con el ingreso récord de dólares por la suba del precio de la soja, con la recuperación de las reservas ni con las perspectivas de un repunte de la actividad. En realidad, la apuesta luce mucho más al desgaste del Gobierno que a datos duros económicos, que al contrario no presenta signos claros de mejoría.
Este panorama presenta una verdadera paradoja: cuanto peor, mejor. Es decir a medida que empeora la economía –elevada inflación, caída del poder adquisitivo, merma de inversiones y aumento del desempleo- las acciones y bonos aceleran su repunte. Esto que suena contradictorio tiene su lógica: los inversores vuelven a mostrar cierto entusiasmo ante la posibilidad de un cambio de signo político, pensando ya en 2023. No es un misterio que el kirchnerismo nunca gozó de la simpatía de los inversores. Y Alberto Fernández en ningún momento consiguió suavizar los niveles de desconfianza que generó en los inversores su victoria primera en las primarias y luego en la elección general. Ni siquiera lo consiguió luego de reestructurar la deuda que había entrado en default.
La apuesta respecto a un posible traspié electoral del oficialismo en las elecciones legislativas no está exenta de riesgos, por varios motivos. En primer lugar, es posible que el resultado de las elecciones no permita sacar conclusiones claras sobre “ganadores y perdedores”. Las miradas estarán puestas especialmente en el resultado en la provincia de Buenos Aires, donde el Gobierno había obtenido más del 50% de los votos en 2019.
Pero el otro aspecto es que el resultado en las legislativas no siempre es un buen predictor de lo que puede suceder en la elección presidencial, dos años después. Mauricio Macri ganó en 2017 pero luego sufrió una dura derrota en 2019. Cristina Kirchner también había perdido en 2009 y luego ganó con el 54% dos años después.
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