
Los bonos argentinos cerraron el viernes otra semana negra, casi un calco de lo que viene pasando en las últimas semanas y meses. Cuando parece que no pueden seguir bajando, siempre hay algún inversor dispuesto a vender y darles otro empujón, perforando el supuesto piso. La deuda argentina volvió a niveles previos a la reestructuración, es decir cuando se encontraba en default. Y el rendimiento de los títulos ya se ubica en 19% anual en dólares, lo que convierte a la Argentina una vez más en campeón del mundo de riesgo país, que roza los 1.600 puntos.
A siete meses del cierre de la reestructuración, ya es posible afirmar que el canje de deuda que llevó adelante Martín Guzmán resultó un verdadero fiasco. El ministro de Economía la quiso vender como una gesta “histórica” y que marcaría el rumbo de futuras renegociaciones de deuda de países emergentes. La realidad es totalmente diferente y hoy el repudio de los inversores a los bonos argentinos está en su máximo nivel.
Los bonos volvieron a niveles e USD 35 en promedio cada 100 dólares de valor nominal. Esto implica que el mercado está adelantando una nueva reestructuración en el mediano plazo. Así como el canje de deuda de 2005 realizado por Roberto Lavagna y Guillermo Nielsen llegó hasta 2019, es decir 15 años, todo indica que la vida útil de la reciente reestructuración será infinitamente más corta.
El plan revolucionario de Guzmán consistió exclusivamente en obtener tres años de gracia para los vencimientos. Pero a partir de 2025 vuelven a crecer los intereses y además los bonos empiezan a devolver capital. En Wall Street la opinión es unánime: Alberto Fernández le deja una verdadero “bomba de tiempo” a la próxima administración, incluso de su mismo signo político. Con este diseño y las altísimas tasas de interés que el mercado le demanda a la Argentina, la deuda será impagable una vez más en poco tiempo.
Los grandes fondos de inversión que entraron masivamente en el canje, como Black Rock, se sienten una vez más estafados por la Argentina. Aceptaron canjear sus viejas deudas por nuevos bonos que le daban tiempo al Gobierno para pagar menos en los próximos años. Se suponía que eso le daría tiempo al Presidente para encarar las reformas necesarias para volver a crecer. Pero no sucedió nada de ello y el Gobierno sigue postergando la solución de los graves problemas que enfrenta. O en el mejor de los casos se dedica a echarle la culpa de todo a Mauricio Macri.
Los objetivos de un canje
Cualquier reestructuración de deuda persigue básicamente dos objetivos: en primer lugar volver a la misma “sustentable”, es decir mejorar la capacidad de repago del emisor que avanza en la refinanciación. El segundo es recuperar el acceso a los mercados y refinanciar los futuros vencimientos a tasas razonables. Pero el canje de Guzmán no consiguió ni lo uno ni lo otro. Al contrario, el remedio resultó peor que la enfermedad.

No es toda su responsabilidad. Es poco lo que puede hacer el ministro cuando el Gobierno plantea como eje principal de gestión un duro enfrentamiento con la Justicia y al mismo tiempo posterga temas centrales como un acuerdo con el FMI o la recomposición tarifaria ante la necesidad de llegar mejor parado a las elecciones.
Sin embargo, también el canje tuvo problemas graves de diseño. El primero es que prácticamente no hubo quita de capital. Por lo tanto, la deuda nominal no sólo no bajo, sino que además representa una proporción mucho más alta de un PBI que cayó 10% en 2020. Pero además los nuevos bonos tienen cupones de interés casi nulos en los primeros años de vida, por lo que resultan extremadamente poco atractivos para los inversores que buscan ganar tasa en un mundo de rendimientos bajísimos.
La falta total de acceso a los mercados complica al Gobierno a la hora de refinanciar futuros vencimientos, sino especialmente a las empresas. Ninguna compañía basada en la Argentina puede hoy tomar deuda a tasas razonables para invertir y crear empleo. El país vuelve a quedar totalmente aislado y sin esperanza de un repunte en la medida que las tasas se mantengan en niveles exorbitantes.
Esta última semana, mientras el riesgo país rozaba los 1.600 puntos, Perú realizó una nueva emisión internacional por USD 4.000 millones (con bonos a 20,30 y 40 años) y una tasa inferior al 3% anual en dólares.
Discursos de espanto
Los discursos de Alberto Fernández en la asamblea legislativa y de Cristina Kirchner por la causa de dólar futuro sólo lograron espantar aún más a los inversores, si es que alguno todavía tenía expectativas de algo diferente. El embate contra la Justicia es hoy quizás el único tema que aparece nítidamente en la agenda. Sin embargo, es el último en las prioridades de cualquier empresario, emprendedor o simplemente de cualquier empleado que tiene cada vez más problemas para llegar a fin de mes.
Las medidas económicas son cortoplacistas y tienen como horizonte máximo llegar lo mejor parado posible a las elecciones de octubre. Sólo así puede entenderse la decisión de patear para adelante el acuerdo con el FMI. Esto impedirá refinanciar la deuda que vence este año con el organismo, cercana a USD 4.000 millones. En un contexto de escasez de dólares, es un “lujo” que sólo puede entenderse en clave electoral.
No todas son “pálidas”. La economía muestra algunos signos de reactivación interesantes. La industria en enero mostró un crecimiento interanual de 4,4% y la construcción aún mucho más alto, del 23,3%. Es decir están operando por encima de los niveles previos a que estalle la pandemia. Por su parte, el Banco Central compró más de USD 650 en el mercado, más de todo lo que había conseguido en febrero.
Así no se converge
El mismo día que el INDEC divulgaba estos datos favorables para la economía, el Foro de Convergencia Empresarial divulgó una dura carta, que reflejó sin vueltas el estado de ánimo del sector privado. “Para seguir invirtiendo precisamos condiciones similares a las de nuestros competidores en América latina”, señalaron. O sea inflación de un dígito, riesgo país menor a los 500 puntos y la mitad de la presión impositiva. Años luz de lo que hoy puede ofrecer la Argentina.
La super cosecha de soja, en medio de los altos precios internacionales, será una nueva oportunidad perdida para la Argentina. Los dólares van a ingresar por una “puerta giratoria”, es decir que va salir tan rápido como entraron. El funcionamiento del rígido cepo cambiario ya es conocido por todos. Su principal ventaja es que reduce el ritmo de fuga de capitales, pero no lo frena y mucho menos lo revierte.
¿Puede virar este clima de desconfianza que condena a la Argentina a un deterioro inexorable? Por supuesto que sí, pero no parece ser este gobierno el que esté dispuesto a tomar las decisiones necesarias para lograrlo. Las medidas de corto plazo, el clientelismo, la enorme presión fiscal y la ausencia de rumbo condenan al país a una agonía, que al menos este año quedará disimulada por una mayor estabilidad cambiaria y un “rebote de gato muerto” luego de la dura caída de 10% que generó la pandemia el año pasado.
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