
Aunque al Banco Central le quedan pocas reservas líquidas y la brecha cambiaria supera con comodidad el 110%, el Gobierno tiene pensado resistir. Esto significa que no está en los planes impulsar una suba más rápida del tipo de cambio oficial, que seguirá pisándole los talones a la inflación mensual.
Si bien los principales funcionarios del área económica saben que la situación se acerca a niveles insostenibles, al mismo tiempo consideran un suicidio avanzar con una liberación del tipo de cambio. El motivo es que la desconfianza terminaría disparando la cotización, con un tremendo impacto en los niveles de inflación y de pobreza.
La única forma de pensar en una adecuación cambiaria es primero recuperar gradualmente la confianza. Una vez que se consiga ese objetivo, allí sí sería el momento para pensar en liberar en forma gradual el tipo de cambio y retomar la idea de empezar a abandonar el cepo cambiario. Hoy, claro, todo esto luce como ciencia ficción.
No será la primera vez ni la última que se utiliza al dólar como ancla para contener las presiones inflacionarias. Ya ocurrió en otras oportunidades y el resultado en general no ha sido bueno. Cuando se sincera el tipo de cambio es imposible evitar el fuerte salto inflacionario.
Este año la inflación sería unos 20 puntos menor al año pasado, cuando rozó el 54%. Pero tampoco hay mucho para alegrarse. Se da en el contexto de una fuerte recesión y caída del salario real, que le ponen un límite a un aumento de precios. Al mismo tiempo hay congelamiento en precios de alimentos, también en servicios públicos, mientras que al dólar lo mantienen con una suba mensual del orden del 2,6%. Todo esto termina desacelerando la inflación en forma artificial.
Los debates internos entre los principales responsables del área económica están a la orden del día. En general hay coincidencia con la idea de aflojar las presiones cambiarias, pero también en que estamos lejos de ese momento. También observan con preocupación los efectos adversos de la brecha, que incentivan las importaciones y desalientan a los exportadores a liquidar sus divisas.
No hay claridad, por otra parte, sobre qué medidas podrían ayudar a regenerar confianza. Los principales responsables del área económica mencionan el voto contra Venezuela y la reciente baja de retenciones a la soja como señales que procuran marcar un sendero más predecible. “De a poco pensamos que vamos a ir despejando las incógnitas”, le dijeron a Infobae.
Sin embargo, otro nubarrón aparece en el horizonte de corto plazo que podría generar nuevos cortocicuitos y una ola de mayor pesimismo: el impuesto a las grandes fortunas, que mereció un amplio rechazo de todo el espectro empresarial y advertencias de los principales tributaristas de la Argentina, que lo consideran “confiscatorio”. Pero es extremadamente difícil que la iniciativa sea abandonada o “cajoneada”. La política sigue pensando demasiado en las decisiones y le juega en contra a cualquier idea de llevar tranquilidad a los mercados y a los consumidores.
Todo esto no despeja la principal pregunta que se hacen los inversores: ¿hasta cuándo puede aguantar el BCRA para evitar la devaluación con el bajo nivel de reservas líquidas que tiene? Otros plantean otro interrogante: ¿qué costos está dispuesto a asumir el Gobierno con tal de no devaluar? Por ejemplo, un cierre asfixiante del mercado de importaciones, lo que a su vez tendría fuertes consecuencias en la recuperación económica.
En defensa propia, en Economía sostienen que el tipo de cambio oficial no está atrasado si se observa una serie histórica. Pero con el dólar financiero al doble, la realidad indica otra cosa. El costo de la incertidumbre y de la fuerte emisión monetaria indica que el valor de equilibrio del tipo de cambio tal vez no sea de $ 166 (el cierre de ayer del informal), pero tampoco los $ 78 del mayorista.
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