
El coronavirus (Covid-19), elevado a la categoría de pandemia esta semana por la OMS, ya se ha extendido a 117 países. Si bien inicialmente el foco principal estuvo en China, donde tuvo su origen en la provincia de Wuhan hacia fines de 2019, se ha expandido rápidamente al resto del mundo, teniendo en la actualidad su epicentro en Europa, especialmente en Italia. La parálisis económica que provoca en los países afectados ha desatado el pánico financiero a nivel global, con derrumbe de precios de acciones y materias primas, y aumento en las primas de riesgo crediticio en los mercados de deuda.
América Latina se ve particularmente afectada, a pesar de que todavía el Covid-19 ha tenido una difusión acotada, porque el deterioro de los términos de intercambio ante la caída de los precios de sus exportaciones y la salida de capitales hacia activos seguros (bonos del tesoro de EE.UU. y oro), está provocando una fuerte depreciación de las monedas de la región. En el caso de Brasil, la cotización del dólar llegó a tocar 5 reales, cuando estaba 4,20 pocas semanas atrás y ya se anticipa otro año perdido en materia de crecimiento. Claramente, no es el mejor contexto para la Argentina, que arrastra fuertes desequilibrios internos y necesitaba de condiciones externas favorables para motorizar su recuperación. Lamentablemente, las materias primas agrícolas no han quedado a salvo, acumulando caídas de precios significativas.
El carácter distintivo del Covid-19 es su altísimo grado de contagiosidad, no su tasa de mortalidad que es relativamente moderada (excepto en Italia, donde ha ascendido al 6%). La celeridad con que se propaga provoca el desborde de los sistemas de salud. Los gobiernos deben extremar las medidas preventivas para frenar la propagación, aun al costo de paralizar la actividad económica. Además, el temor que invade a la población lleva a medidas restrictivas autoimpuestas por la gente aún más rigurosas que las impulsadas desde los gobiernos.

Mientras en China se observa un freno en su evolución, al costo de haber aislado ciudades con varios cientos de millones de habitantes y haber cerrado industrias enteras (se estima que el PIB puede caer 4-5% anualizado en el primer trimestre), en el resto del mundo el Covid-19 está en plena expansión, con algunos países como Italia, Japón, Corea del Sur, España o Francia, afectados con gran virulencia. A ellos ahora se les ha sumado EE.UU., donde ya hay más de 1.200 casos y el Presidente Trump ha declarado la emergencia nacional.
En estos países se están adoptando medidas de restricción similar a las de China, por lo que se teme un impacto económico igualmente negativo. Además, como todavía la enfermedad está en expansión, nadie sabe cuándo se controlará el brote, por lo que el cuadro podría empeorar.
La parálisis en la actividad interna en los países afectados impacta de lleno en los sectores de servicios debido a los cierres de centros comerciales y la suspensión de actividades que involucran concentración de gente como la escolar y todo lo relacionado con los espectáculos deportivos y culturales. Pero los sectores industriales también sufren por las restricciones de personal y la escasez de insumos. Todo esto se suma al impacto negativo sobre la economía global del freno súbito de China desde fines de enero, debido a su rol principal en los mercados internacionales de materias primas y en la cadena de producción de amplios sectores industriales y de alta tecnología. Eso ya estaba impactando en forma significativa en una contracción de los volúmenes de comercio internacional, en el derrumbe en los precios internacionales de las materias primas, y en una postergación de los planes de inversión de las grandes corporaciones.
De esta forma, a esta altura parece muy improbable que se pueda evitar una contracción de la economía mundial en el primer trimestre de 2020, mientras que para el segundo trimestre en adelante prima una gran incertidumbre, que depende de dos factores: el tiempo que lleve controlar la enfermedad y las respuestas de política económica de gobiernos y bancos centrales.

China se ha mostrado como el más proactivo en la adopción de medidas de alivio y de estímulo económico, pero el resto del mundo viene mucho más lento. El G7 defraudó las expectativas de una acción conjunta. La administración de Donald Trump subestimó la crisis y recién ahora con la declaración de la emergencia nacional dispondrá de USD 50.000 millones para paliar sus consecuencias. En Europa, la rigidez institucional de la Eurozona no deja margen para el activismo fiscal, mientras que la presidente del Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde, ha sembrado dudas respecto a su voluntad de comprar títulos de países afectados como Italia.
Sólo la Fed ha actuado con decisión, bajando de emergencia la tasa de fondos federales en 0,50 puntos porcentuales (se espera que en la reunión del 18 de marzo vuelva a bajar la tasa) e inyectando liquidez en el sistema financiero por más de u$s 1 billón. Pero el alivio en el mercado financiero ha sido efímero, dejando al descubierto que en esta crisis la intervención de los bancos centrales no alcanza y se precisa de medidas de estímulo fiscal con urgencia.
Mientras tanto, de poco sirve especular si la recuperación será en forma de V o de U, porque la economía global seguirá en picada.
El autor es investigador del Instituto de Investigación de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad del Salvador (USAL)
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