Foto de archivo. La titular del FMI, Kristalina Georgieva y el ministro de Economía, Martín Guzmán, tuvieron un encuentro en el marco de una reunión del G-20 en Riad, Arabia Saudita.
Foto de archivo. La titular del FMI, Kristalina Georgieva y el ministro de Economía, Martín Guzmán, tuvieron un encuentro en el marco de una reunión del G-20 en Riad, Arabia Saudita.

En medio de la negociación del gobierno argentino con acreedores privados y con el Fondo Monetario Internacional (FMI) por la reestructuración de la deuda, el semanario británico The Economist publicó un artículo en el que señala que el organismo de crédito internacional le dice “duras verdades a los acreedores argentinos” relacionadas a la incapacidad de pago de la Argentina.

Según la publicación, el país y el Fondo tienen cosas en común y en ese contexto, señala que el presidente Alberto Fernández asumió en diciembre de 2019, dos meses después que Kristalina Georgieva se convirtiera en la nueva jefa del Fondo Monetario Internacional (FMI) y que ambos líderes quieren solucionar los problemas que heredaron.

“Argentina no ha logrado prosperar tras décadas de tomar deuda. El Fondo la ha rescatado repetidamente. El rescate más reciente y fallido, en 2018, fue la vigésimo primera vez que se enredó en el país”, sostiene el texto. Y agrega que ahora se iniciaron las conversaciones para arreglar las finanzas argentinas nuevamente cuando están en juego “una montaña de dinero y la credibilidad de la misión de Georgieva de reinventar el FMI”.

The Economist sostiene que el FMI es el más grande acreedor de la Argentina, con USD 44.000 millones de los cerca de 100.000 millones de deuda en moneda extranjera que tiene el país y que busca renegociar. En ese sentido, trae a colación que la semana pasada el Fondo dejó en claro que la deuda del país es insostenible y cercana al 90% del PBI.

Si tiene éxito, la restructuración de la deuda debería llevar a una reducción del capital e intereses de entre 10 y 20% del PBI

“El país tambalea por la caída del peso, menguantes reservas y una amarga recesión”, indica el semanario británico, al tiempo que recuerda que las definiciones del FMI acerca de que el ajuste que se requiere para pagar sus deudas “no es económica ni políticamente factible”.

“Lo que se desprende de esto –y en lo que el Fondo y la Argentina coinciden- es en el golpe a los acreedores privados que a lo largo de los años han sido tan crédulos como los votantes argentinos y los tecnócratas del FMI”, señala.

Y añade que en 2017, por ejemplo, los acreedores compraron una emisión de bonos soberanos argentinos a 100 años que ahora valen 42 centavos por cada dólar emitido. “Se espera que el gobierno haga una propuesta formal de restructuración el mes próximo. Algunos acreedores se quejan y dicen que el Fondo debería compartir la mayor parte del golpe y recortar también una parte de sus acreencias”, detalla el artículo.

En ese marco, remarca que el trabajo del Fondo es prestar cuando otros no lo hacen por lo que tiene derecho a insistir en que le paguen cuando a otros no. “Si tiene éxito, la restructuración debería llevar a una reducción del capital e intereses de entre 10 y 20% del PBI”, asegura The Economist. No obstante, indica que Argentina todavía necesitará un nuevo préstamo del FMI para repagar el viejo.

Según la publicación, en el pasado estos programas involucraron préstamos de largo plazo, pero también exigentes demandas de austeridad doméstica. “En cambio, Argentina ha estado haciendo lobby a los ministros de Finanzas del G7 por un enfoque más blando que priorice el crecimiento”, cuestiona.

Y considera que esa circunstancia resuena con la ambición de Georgieva de refundar el FMI. “En vez de ser el duro disciplinador de las finanzas globales, ella quiere ayudar a los países pobres a crecer a largo plazo”, señala.

El Fondo debe fijar unas pocas metas duras sobre el déficit fiscal y la inflación y dejar que el gobierno vea cómo satisfacerlas: creciendo más rápido, si es posible, o ajustándose los cinturones

En tanto, manifiesta que “el problema es que muchos gobiernos argentinos, acreedores y funcionarios del FMI apostaron a que el crecimiento restablecería la salud de la economía argentina y han sido defraudados”. Y añade que “el FMI debería evitar imponer innecesarias humillaciones o sufrimientos a la Argentina, pero también debe evitar consentir muchas el ilusionismo de que repentinamente se volverá una economía próspera”.

FOTO DE ARCHIVO: El ministro de Economía de Argentina, Martín Guzmán, habla en el Congreso sobre la situación económica del país y el plan de deuda antes de las reuniones con funcionarios del Fondo Monetario Internacional. 12 de febrero de 2020. REUTERS/Agustin Marcarian
FOTO DE ARCHIVO: El ministro de Economía de Argentina, Martín Guzmán, habla en el Congreso sobre la situación económica del país y el plan de deuda antes de las reuniones con funcionarios del Fondo Monetario Internacional. 12 de febrero de 2020. REUTERS/Agustin Marcarian

Asimismo, afirma que Georgieva debe tomar una aproximación de dos vías. “Primero, en vez de hacer numerosas y detalladas demandas, el Fondo debe fijar unas pocas metas duras sobre el déficit fiscal y la inflación y dejar que el gobierno vea cómo satisfacerlas: creciendo más rápido, si es posible, o ajustándose los cinturones. En segundo lugar, el Fondo debería proveer un cándido asesoramiento”, asegura.

Por último, el artículo destaca que “la inflación argentina, que superó el 50% anual, no puede ser domada solamente con controles de precios y doblándole el brazo a los sindicatos”.

“Las perspectivas de crecimiento de la Argentina mejorarían si el gobierno gasta menos en jubilaciones, empleados públicos y subsidios a la energía y más en inversiones. El crecimiento se beneficiaría si la estructura impositiva fuera más amigable con las exportaciones y las leyes laborales desalentaran menos el empleo”, afirma.

Y concluye al afirmar que si la Argentina y el FMI le quieren dar una oportunidad al crecimiento, tienen que decirse “verdades duras”.

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