
El pánico del lunes por los resultados de las elecciones argentinas del fin de semana —el peso cayó 15% y el índice de acciones S&P Merval tuvo su segunda peor desbandada en 70 años— puede haber sido un poco exagerado. Después de todo, era unas elecciones primarias, y el candidato de la oposición ganador, Alberto Fernández, ha negado cualquier intención de incumplir con la deuda argentina. Sin embargo, le envía un mensaje importante a Fernández y a su compañera de fórmula, la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner: antes de las elecciones de octubre, deben convencer a las partes interesadas en la economía Argentina de que entienden la necesidad de continuar con las reformas económicas del actual presidente, Mauricio Macri, aunque con otro nombre.
La victoria de Fernández fue tan aplastante que disparó los temores de un regreso del incumplimiento de la deuda, la inflación descontrolada y las ventas masivas de activos; precisamente el tipo de problemas que los argentinos creían haber dejado atrás. Pero el nuevo desorden del mercado es un pánico predicho.
Los líderes de Argentina habían estado leyendo mal las señales económicas por décadas. Una austeridad desorientada y un vínculo erróneo con el dólar estadounidense a finales de la década de 1990 dispararon un colapso de la moneda, disturbios, personas retirando dinero de los bancos masivamente, cuatro presidentes destituidos en 10 días y, para 2002, el mayor incumplimiento de deuda soberana del mundo.

Esa debacle sentó las bases para lo que siguió. El equipo con la etiqueta peronista de Néstor Kirchner (2003-2007) y su esposa y sucesora Cristina Fernández (2007-2015) juró recuperar el país de los acreedores predadores, y por un tiempo revivió el crecimiento; luego despilfarró el boom global de los productos básicos y convirtió la segunda mayor economía de Sudamérica en uno de sus mercados más disfuncionales.
Ese desastre ayudó a impulsar a Macri a la presidencia en 2015, con su promesa favorable al mercado de devolver a Argentina la normalidad económica y el favor de la comunidad internacional. Y cumplió. Macri arregló las relaciones con los prestamistas globales, consiguió un paquete de rescate del Fondo Monetario Internacional, permitió que el peso flotara y tardíamente emprendió el tipo de probidad fiscal que sus predecesores populistas habían despreciado. No obstante, sus reformas estructurales no eran tan fuertes. Además, se enfrentó a una sequía récord que castigó el competitivo sector agrícola de Argentina, así como a una venta masiva global de activos de mercados emergentes. Por tanto, no pudo cumplir con el crecimiento, los empleos ni la estabilidad de precios; mucho menos persuadir a los votantes de darle una segunda oportunidad.
Hay que darle el crédito a los peronistas por convertir el dolor de Macri en oro electoral. Salvo una recuperación milagrosa —Eurasia Group da 10% de probabilidad a la reelección de Macri—, Fernández seguramente será elegido presidente en octubre, o en una segunda vuelta en diciembre.
He aquí la ironía: Macri puede haberse movido muy lenta y tímidamente para poner las cuentas públicas de Argentina en orden, pero sus políticas están empezando a convencer de que el país va en la dirección correcta. Quien sea que ocupe la Casa Rosada a partir de diciembre no tendrá mucha más opción que continuarlas.
Fernández ya debería tener claro que un regreso a los controles económicos y el proteccionismo del gobierno sería una locura. Ayer, dijo que Argentina debe reformar su modelo económico, pero no dijo cómo. Tendrá que hacer algo mejor. En palabras de Alberto Ramos, de Goldman Sachs, "Fernández no solo necesita decir lo correcto, sino convencer a las personas de que esa en realidad es su intención; de lo contrario, los mercados empezarán a dudar de él".
Para fortalecer su credibilidad, Fernández podría nombrar a alguien con experiencia en finanzas que se comunique con los acreedores y el Fondo Monetario Internacional, en una señal clara de su compromiso de continuar la consolidación fiscal que Macri ha puesto en marcha. Dependerá de los peronistas ecuménicos insertar esos principios del libre mercado en el evangelio populista de la reforma.
Esos esfuerzos aún pueden fallar, a menos que Fernández —quien nunca se ha postulado a un cargo nacional— también demuestre el tipo de líder que espera ser. ¿Pueden los votantes esperar al pragmático y conciliador que abandonó las filas de la beligerante Cristina en 2008? ¿Quedarán en manos del títere manejado por la voluble y poderosa peronista, obligada a gobernar por representación y gastando dinero que Argentina no tiene?
El embrollo en los mercados es aleccionador. A menos que Fernández pueda deshacerse del legado populista de su compañera y profundizar la agenda política de su rival, caerá. Tras una década de caos económico provocado por políticos voluntariosos, lo último que necesitan los Argentinos en un líder sordo.
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