Raymond Domenech se sentó frente a su computadora en su habitación en el Pezula Resort, uno de los hoteles de mayor lujo de Sudáfrica, elegido como la casa de la selección de Francia para el Mundial 2010. Exhausto y decepcionado por el nivel de su equipo tras el empate 0-0 ante Uruguay en el debut, el entrenador Raymond Domenech le traslada su furia al teclado y escribe en su diario sobre Yoann Gourcuff, de 24 años, apodado “el nuevo Zidane”: “Es un autista debilucho y es un imbécil”.
La escena es apenas una muestra del clima que vivió la selección francesa en el Mundial de Sudáfrica 2010, al que llegó como candidata y finalista de la anterior edición, la de Alemania 2006, que ganó Italia por penales luego del ya mítico cabezazo de Zidane a Marco Materazzi. Les Bleus contaban con un plantel tan o más brillante que el actual, con Thierry Henry, Patrice Evra, Nicolás Anelka, William Gallas, Éric Abidal y Franck Ribéry entre otras luminarias. Sin embargo, la interna y, sobre todo, la explosiva relación entre el plantel y el inefable Domenech terminó por dinamitar todas las chances del combinado galo, que terminó eliminado en la primera ronda y con una inédita protesta en un entrenamiento. Los detalles del escandaloso tránsito por la Copa del Mundo quedaron retratados en el documental El autobús: les Bleus en huelga, que está disponible en Netflix.
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Ex lateral derecho, Domenech edificó una carrera de 15 años con los botines antes de lanzarse como entrenador del FC Mulhouse. Luego asumió en el Olympique de Lyon, lo ascendió a la Ligue 1 y lo clasificó a la actual Europa League, lo que catapultó a las selecciones juveniles de su país. De ahí, la mayor le quedó a un solo paso. Lo dio luego del tropiezo de Francia en la Euro 2004.
Histriónico, provocador, contestatario, enseguida comenzó a mostrar su impronta, pero los resultados lo acompañaron. Relegó a estrellas como Ludovic Giuly o David Trezeguet y llevó al “last dance” de Zidane hasta la definición en Alemania 2006. Incluso, más allá de la solidez y postura granítica de Italia, mereció un poco más. Quedar en la puerta de la gloria supuso que representaba un cheque en blanco. Y así obró.
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Los problemas internos no nacieron en Sudáfrica. Fueron alimentando el monstruo. Lo que en principio parecía exótico y hasta simpático en Domenech, terminó tiñiéndose de drama. Por ejemplo, su obsesión con la astrología, incluso, para formar el plantel o el elenco titular.
Por ejemplo, prefería no contar jugadores de Escorpio porque los consideraba “destructivos”. Así, por caso, dejó de convocar a Robert Pires. Entre risas, en el documental, llegó a comentar que en un plantel llegó a tener ocho y prescindió de seis. Había más: para su plan, los de Leo eran considerados “ególatras” y los de Cáncer, demasiado sensibles.
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El estruendoso fracaso en la Euro 2008, en la que Francia sumó apenas una unidad en el Grupo C dejó otra señal de alarma, condimentada por otra curiosa actitud de Domenech. Con la derrota 2-0 ante Italia todavía fresca en el estadio y los cuestionamientos atronando, eligió la entrevista post partido para... Pedirle casamiento a su pareja Estelle Denis. ¿Un inoportuno arrojo romántico o una forma de salar la herida ante su cada vez más creciente enfrentamiento con la prensa? “Lo llamé y lo destrocé. Fue la peor propuesta de la historia”, dijo Denis, presentadora y periodista, en el documental.
La clasificación, encima, la selló con una de las polémicas más recordadas de las Eliminatorias europeas: el gol de Henry en la que acomodó el balón con la mano. Esa esgrima con la prensa lo llevó a cerrarse cada vez más, pese a las advertencias del director de comunicación, Francois Manaldo, quien luego de sobrevivir al sismo en el que se vería inmerso, abandonó su trabajo para dedicarse a dar charlas de... Gestión de Crisis.
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La primera decisión antes de la Copa del Mundo ya hizo ruido. El subcapitán y quien debía heredar la cinta era William Gallas, defensor del Arsenal. Sin embargo, Domenech se la entregó a Evra, de 29 años, entonces estrella del Manchester United.
Para el zaguero fue una bomba. Para el lateral, una situación incómoda, que se transformó en pesadilla con el correr de los días. “Los jugadores acudían a mí como niñero porque no había entrenador”, sacudió Evra en el documental. “Gallas no tenía nada de capitán”, justificó con una sonrisa irónica Domenech.
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El empate ante Uruguay fue el comienzo del fin. De una de las novelas futbolísticas más impactantes de la historia de los Mundiales. Si la guionaban, no hubiera salido una tormenta tan perfecta. El 0-0 del 11 de junio profundizó la grieta. El entrenador, sabiéndose en la guillotina, perdió la conducción del grupo. Y empezó a dar volantazos. Así, “sacrificó al cordero”, a Gourcuff. Y su pensamiento quedó reflejado en su escandaloso diario íntimo, que dejó de serlo cuando se lo entregó a la producción del documental.

Ante México, por la segunda fecha, Govou, Ribéry y Malouda se movieron por detrás de Nicolás Anelka, referencia de área que no quería serlo. En consecuencia, se movió por todo el frente de ataque, sin estacionarse. Domenech lo reprendió más de una vez, pero el atacante no lo escuchó. En consecuencia, en el entretiempo, lo reemplazó por André-Pierre Gignac. Claro, el cambio de una de las máximas figuras del plantel no iba a ser gratuito, más luego de la derrota por 2 a 0 que dejó a los galos al borde de la eliminación, y después de que saliera a la luz el contenido de lo sucedido en el vestuario.
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El rumor de una pelea en camerinos corrió como arroyo en pendiente entre los medios acreditados. Una fuente del diario L’Equipe le contó detalles de la discusión. Y el medio decidió poner en tapa y en letras de molde la supuesta frase que el punta le dijo al técnico al enterarse de la sustitución: “Vete a la mierda, hijo de puta”.
La frase quedó martillada en las mentes de los fanáticos y hasta las máximas autoridades del país como una verdad revelada. Incluso, Nicolas Sarkozy, entonces presidente de Francia, opinó que lo ocurrido era “inaceptable”. Y envió a su ministra de Deportes a Sudáfrica para intervenir.
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En el documental, los protagonistas desmintieron el titular, aunque la secuencia que narraron no fue la de una charla amable. Según Evra, en aquel entretiempo, luego de diez minutos de absoluto silencio, Domenech le dijo a Anelka: “Nico, qué pesado eres, me sacas de quicio”. Y El delantero, que brillaba en el Chelsea, le devolvió: “¿Por qué no armas tu propio equipo de mierda?“. Y lanzó los botines. Suficiente para que el vestuario volara por los aires.
Para una personalidad especial como la de Domenech, el insulto no fue el filo de la daga. “Nunca me había tuteado”, declaró ante las cámaras. En consecuencia, decidió una sanción aleccionadora, con el respaldo de Jean-Pierre Escalettes, titular de la Federación Francesa. “Nico volverá a Francia”, le comunicó el entrenador a Evra, quien intentó mediar para evitar que la grieta, ya indisimulable, se transformara en ruptura. Incluso, logró convencer a Anelka de que pidiera disculpas y puso un punto de encuentro para las partes enfrentadas en la concentración. El futbolista concurrió. Domenech desapareció. Cuando lo encontraron, disparó: “Yo soy el técnico, él debía venir. Ya es demasiado tarde”.
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A partir de allí, la estancia de Francia en el continente africano se transformó en una comedia de enredos. En la intimidad del plantel, comenzó una casa de brujas para encontrar al “soplón” que había ventilado la pelea en el vestuario. Un kinesiólogo, el preparador físico principal y hasta el jefe de prensa quedaron en la mira. También algunos jugadores, como Ribery.
En el medio de una entrevista televisiva de Domenech con Telefoot, la entonces estrella del Bayern Múnich irrumpió y enfrentó las cámaras: “Lloré cuando se fue Anelka, somos el hazmerreír del mundo”. Mientras, Evra convocó a una reunión a los jugadores, sin la participación del cuerpo técnico ni el resto de la delegación. “El hotel huele a complot”, escribió el orientador en su diario al escuchar el sonido poco sutil de los tambores de guerra.
La práctica posterior fue el clímax del escándalo. Los futbolistas bajaron del micro en el predio de entrenamiento y la primera señal de que algo andaba mal es que no se calzaron los botines. Saludaron a los fanáticos a un costado del campo, se sacaron algunas fotos, firmaron autógrafos y se dispusieron a marcharse. “Me destrozaron. Era una huelga”, dijo Domenech en el documental.
Allí se dio una discusión fuerte entre Evra y el preparador físico, al que el propio técnico frenó en varias oportunidades al verlo enardecido. El plantel subió al micro a la espera del conductor, para retornar al hotel. No contaban con una nueva treta de Domenech: se había robado las llaves. “Bajo estas condiciones, renuncio. Estoy indignado”, gritó ante los representantes de los medios, que no podían creer lo que estaban viendo.
Los jugadores decidieron no hablar con la prensa, pero pretendían que Francois Manaldo leyera un comunicado, pero se negó, por su vínculo con la Federación. “No lo escribieron ellos, no tenía ni una falta de ortografía”, desconfió Domenech. Pero, en un nuevo giro inesperado en la historia, tomó el papel y fue él quien ofició de vocero de quienes le habían montado una protesta que lo tenía como destinatario. “Fuimos testigos en vivo del funeral de la selección francesa”, ilustró uno de los periodistas que atestiguaron el vodevil.

Los zarandeos continuaron. Por ejemplo, Evra quiso hablar en la conferencia de prensa previa al choque ante Sudáfrica, pero Domenech se adelantó en el auto para hacerla sin él. El defensor se enteró de la jugada cuando encendió la TV y vio al entrenador presto para declarar. “Tengo el poder absoluto”, sentenció, y lo sacó del equipo. El epílogo de la película fue otra caída, 1-2 ante el local, que sentenció una actuación paupérrima, muy lejos de las expectativas.
“Mi historia me llevará a la horca”, rubricó el entrenador en su diario. No fue para tanto, pero sí lo condujo a un lento ostracismo. Posteriormente, tuvo un ciclo al frente del Nantes, en el que ni siquiera logró un triunfo. Supo desempeñarse como comentarista, pero luego del porrazo en el Mundial 2010 vivió cuestionado e incluso su familia sufrió amenazas.
Los jugadores no pudieron correrse del ojo de la tormenta. Cuando el avión de la delegación aterrizó en París, una multitud la recibió en el aeropuerto para recordarles a los futbolistas su pobre actuación. Por sus roles en el escándalo, Evra recibió una suspensión por cinco partidos internacionales con la selección de Francia, y Anelka recibió la pena mayor: 18 encuentros.
Como testimonio viviente de cómo Francia arruinó aquel sueño, el papel del comunicado de los jugadores vive: lo guardó y enmarcó Manaldo, el jefe de prensa. Puede servirles como alarma a Mbappé, Kanté, Dembelé y compañía, que ya evidenciaron algunos roces en la previa al Mundial 2026, cuando la historia, por potencial, los llama a ser protagonistas de la incipiente Copa del Mundo.
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