“Cómo recuerdo los entrenamientos. ‘Gordo, al cordón de los zapatos o a los oídos, no me vas a atajar ninguna’”, evocó Jorge D’Alessandro al recordar la estirpe implacable de goleador de José Sanfilippo, quien murió este jueves a los 91 años. Pese a no ser alto (orillaba el metro 70), se convirtió en un artillero implacable, con múltiples recursos para anotar los 207 goles oficiales en 265 partidos con San Lorenzo, y los casi 350 en su carrera.
El Nene, de físico rocoso y astucia en sus movimientos, no solo creía en lo que la naturaleza regalaba. “Goleador se nace y se hace. Por eso digo que todo jugador debe perfeccionarse. Nadie mejor que uno sabe cuáles son sus virtudes y defectos. Si sólo te quedás con las virtudes y los elogios y no corregís los defectos, es un problema. Por eso te decía que yo no tenía ningún defecto. Bah, los tenía y los corregí a todos. No le pegaba de zurda ni cabeceaba bien y terminé aprendiendo”, dijo en una entrevista con la revista El Gráfico, con el habitual filo de sus palabras.
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“Yo elegía 80 centímetros de cada punta, o sea que para mí el arco no tenía siete metros”, reveló en otra nota. Para lograr tamaña precisión, apeló a la ciencia e hizo horas extra. Pero no necesitó ayuda para montar su propio laboratorio. Su invento nació de esa búsqueda de perfección. “Terminaba el picado en el potrero o en la calle y me quedaba pateando horas y horas una pelota de goma de veinte ‘guitas’ contra una pared. Con derecha y con zurda, alternativamente. Ese ejercicio me sirvió toda la vida para la mecanización del remate”, supo contar.
Ya fichado en el Ciclón, la estructura de su creación dio otro paso inconsciente. “Sobre la pared de un vestuario había unos postes de madera del diámetro de una botella de vino común. Un día empecé a patear contra esos postes, y la pelota siempre volvía con efecto. Al principio me costaba volver a pegarle, porque el efecto provocaba que la pelota saliera para cualquier lado. Pero con el tiempo le fui buscando la vuelta. Eso me dio unos reflejos tremendos como complemento de la mecanización”, comentó.
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También usaba a los arqueros como asistentes para pulir esa pegada, con la pelota cómoda o incómoda. Pero necesitaba más. Y lo patentó con su apellido, el del documento de identidad y el que se ganó con su carrera, combinados: el Sanfigol.
El ex arquero fue compañero del Nene en San Lorenzo
“Es un jaulón que tenía el largo de un arco, 7 metros y monedas, en el que me pasaba horas y horas pateando. Una pared al fondo, como un frontón, y tres arquitos chiquitos, dos pegados a los palos, de 80 centímetros, la ratonera, como le llamábamos. De tanto darle y darle ahí, después entraba al área y la pelota iba para ese rincón y los arqueros no llegaban nunca. Lo armé en el fondo de mi casa, en un terreno baldío. Tenía 14 años, y pum, pum, de zurda, de derecha, pum, pum, a un rincón, al otro, con la pelota grande, con la chiquita, con la ovalada, pum, pum, con lo que fuera, ¡cómo no iba a aprender! En la cancha, a mí me daban la pelota y yo sabía que tenía que hacer el gol porque mis compañeros confiaban en mí“, contó también en El Gráfico.
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Su descubrimiento no se quedó en el parque de su quinta. Hace más de una década, el Ciclón le compró el paquete completo, con su creador, para instruir a sus promesas a la hora de definir. “Lo llevé a San Lorenzo”, se enorgulleció. Durante ese tiempo, los técnicos de las Divisiones Inferiores y de la Reserva le enviaban alternadamente a los delanteros y volantes ofensivos para ajustar la mira.
Fue allí que encontró una gema en cuanto a su técnica. Le encargaron trabajar con un joven de la Quinta División, con una precisión que lo impactó. “No erra una”, dijo. En consecuencia, se lo recomendó a Ramón Díaz para que lo sumara al plantel. Era Leandro Navarro. “Yo no soy empresario ni el padre, pero no te podés perder a este pibe, tiene una pegada perfecta”, lo elogió.
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Terminó ganando dos títulos como parte del plantel: el Torneo de Primera División 2013 y la Copa Libertadores 2014. Luego, cuando ya estaba afuera de la institución, casi exporta su idea. “Estuve por llevarlo a China. Alguna vez se lo quise donar a todos los clubes de fútbol para que los chicos aprendan. Vos no le podés errar al arco, que tiene siete metros; si le errás al arco sos un burro”, supo enojarse el Nene, ferviente admirador y defensor de Lionel Messi cuando era lapidado.
Además de San Lorenzo, paseó su intuición por Boca (1963) y Banfield (66/67), más otros dos países: Uruguay (Nacional de Montevideo), donde celebró 25 goles en 21 partidos, y Brasil (Bangu y Bahía). Ganó tres títulos con los Azulgranas, uno con Nacional y dos con Bahía. Y no se llevó sus secretos para inflar las redes. Quedaron atesorados en su Sanfigol y en cada una de sus declaraciones y la de sus ex compañeros, como D’Alessandro, que aprendieron de su aguda sabiduría frente al arco.
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