
(Enviado especial a Doha, Qatar) “Nunca nos echamos para atrás en el viaje. Empezamos a caer cuando llevábamos dos o tres días. En un momento nos mirábamos con mi hermano y decíamos: ‘Qué hacemos acá, metidos en Irak con mi papá durmiendo en el fondo de la camioneta’”.
Felipe es la voz cantante de la familia Lolich. Lleva el carnet de Mendoza en su tonada, pero desde hace cuatro años se fue con su hermano menor Tomislav y su padre Sergio a vivir a Andorra en búsqueda de un futuro más claro. Uno puede irse de Argentina por múltiples circunstancias, pero el arraigo a la patria nunca desaparece. Incluso podríamos decir que la distancia acentúa el amor y ellos son un fiel ejemplo: recorrieron más de ocho mil kilómetros en una camioneta que armaron para llegar a ver a la Selección en el Mundial.
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“Mi hermano se fue a Andorra después del Mundial anterior. Él había ido a Rusia en una Saveiro desde Argentina. Hizo todo los países de América, cruzó desde México a Bélgica y de ahí a Rusia. Después se quedó a vivir en Andorra. Fue a Argentina, se casó y nos vinimos todos. Primero vine con mi familia, después se vino mi viejo y a mi vieja la tenemos en Andorra también”, explica Felipe, que a sus 36 años trabaja en una empresa constructora de ese país con su hermano cuatro años menor.
Decidieron echar raíces en ese pequeño principado que convive entre España y Francia. En su Godoy Cruz natal habían sufrido un robo violento en el negocio que tenían, pero cuando intentaron ingresar ladrones a su casa personal entendieron que era suficiente. Debían marcharse: “Fue todo rebalsando el vaso, dando indicios que me tenía que ir. Vendí todo, auto, moto, cerramos el negocio y nos vinimos a buscar un futuro mejor”.
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Ya afirmados en su nuevo territorio, la cabeza nunca se iba de Argentina. Cómo estar cerca de su país sin estarlo, se preguntaron. Y cranearon su presencia en el Mundial de Qatar, apoyándose en la experiencia que había tenido su hermano en el Mundial anterior. Compraron una camioneta en Alemania y la empezaron a arreglar. Sin embargo, los papeles del vehículo no salían y el viaje estaba pendiendo de un hilo. “Un medio y medio antes de salir la patentaron y pusimos manos a la obra. Mi viejo es carpintero y yo técnico electromecánico. Compramos todos los materiales y la armamos en un mes después del laburo. Horario de comida, sábado y domingo. Fueron cuatro o cinco semanas a fondo. La terminamos de armar el lunes antes de salir”.

Al viaje se sumó Agustín (32), un primo de ellos que vive en Barcelona. Y arrancaron: Andorra, Francia, Mónaco, Italia, Eslovenia, Croacia, Serbia, Bulgaria, Turquía, Irak, Jordania y Arabia Saudita hasta llegar a la frontera con Qatar.
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Y en ese proceso tuvieron algunos momentos de dudas. “Hasta Turquía, que está dentro de la Unión Europea, era manejar y pasar sin problemas raros. No hacer papeles. De ahí en adelante fue complicado por tema de tiempo, de guita. Tuvimos que pagar visa en Irak, Jordania y Arabia Saudita. Se nos fue mucha guita. Creo que lo que más nos sorprendió fue Irak. Todos pensamos lo que te vende la tele, que es un lugar peligroso o algo así. Al contrario, nos trataron re bien. Fue espectacular”, aclara.
La frontera entre Irak y Jordania estaba cerrada, pero los militares ubicados en el límite les dieron una bienvenida inesperada: “Dormimos en el búnker con los militares. La frontera estaba cerrada porque era muy peligroso, la abren de siete de la mañana a cinco de la tarde. Ahí dormimos en un búnker, ni siquiera nos dejaron estar en la camioneta”.
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“Nos invitaron y nos tiraron una manta en el piso. Nos dieron de comer, nos invitaron café y té. Sacaron un narguile (pipa). Estuvimos hablando hasta las cuatro de la mañana con los soldados mediante el traductor del teléfono. Estaban muy interesados ellos en saber de nuestra cultura, de cómo los vemos a ellos, qué pensamos de ellos. Del viaje, eso fue lo más nutritivo. Me sentí muy ignorante en ese momento, lo que pensamos de esa gente y son totalmente distintos”, reflexiona.

Después de transitar por las rutas durante ocho días y unir más de 8 mil kilómetros, llegaron a la frontera entre Arabia Saudita y Qatar donde los esperaba una travesía más. No podían entrar el vehículo por la falta de algunos trámites, por lo que decidieron dejarla ahí y unir en bus la distancia al estadio para ver el debut de Argentina. Al día siguiente intentaron volver a ingresar a la Scaloneta, como bautizaron a la camioneta.
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La situación no se modificaba en ese control en el medio del desierto y decidieron acudir a Mabkhout, el “jeque influencer” que se hizo famoso en Argentina durante el Mundial por realizar fiestas en su mansión para los fanáticos albiceleste. “Fue nuestra salvación. Llegamos al contacto por otros chicos a los que había ayudado. Durante el viaje estuvimos en contacto, pero cuando empezó el Mundial estaba como loco. Habíamos perdido un poco las esperanzas. Mi hermano le empezó a mandar mensajes, le mandó fotos de la camioneta y a los 20 minutos apareció una camioneta blanca con cuatro Policías. Nos hicieron que los siguiéramos y fuimos pasando los controles hasta la aduana de FIFA”.

“Teníamos problemas con la aplicación para hacerle el ingreso al vehículo. Necesitábamos cinco días de hotel consecutivos desde el día que entrabas. Teníamos seis, pero separados. Cuando quisimos sacar el hotel, recién empezado el Mundial, valía una fortuna. No teníamos. Le dijimos, gracias por todo, pero no podemos. Había una persona, mando derecha de Mabkhout, que lo llamó para explicarle lo que pasaba. El flaco dijo, no, ustedes tienen que estar en Qatar. Agarró, pasó la tarjeta de él y nos pagó seis noches de un departamento. ¡Imaginate si no nos ayudó ese monstruo, directamente nos salvó, re agradecidos con ese flaco!”, reconoce.
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Después de pasar un mes en Doha, viviendo de cerca el histórico título de la selección argentina de Lionel Messi llegó la hora de regresar con el sabor de haber cumplido con la misión: “Tenemos que parar por todos lados ahora a la vuelta. La gente se sacaba fotos, los militares de todos los controles. Estamos locos, hacemos cualquier cosa por ver un partido de fútbol, pero de todo salen cosas positivas. Hay momentos feos a veces, pero todo tiene consecuencias buenas. Hay que animarse”.

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