9 historias de estrellas del básquet argentino con Michael Jordan

Ginóbili, Pepe Sánchez, Wolkowyski, Nocioni, Campana, el Loco Montenegro, el Gallo Pérez, Luis Villar y Paolo Quinteros cuentan vivencias únicas de cuando lo enfrentaron o se lo encontraron. Historias top que reflejan lo distinto que era y el magnetismo especial que generaba. El sueño del pibe incluso para jugadores consagrados.

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Para todos los que crecieron leyendo o viendo las hazañas de Michael Jordan, jugar con o contra él, o al menos compartir un momento, era el sueño del pibe. No importa si se trababa de un jugador amateur o profesional. Y eso, justamente, les pasó a todos los argentinos que lo enfrentaron o estuvieron un rato con él. Ya fuera en un partido internacional, en uno de la NBA o en algún lugar donde el destino los había unido. Por eso, en medio de esta serie documental que retrata a los míticos Bulls y al mejor basquetbolista de la historia, qué mejor que recordar las mejores anécdotas-historias-vivencias de figuras argentinas con la mítica estrella que hoy vuelve a copar los medios deportivos del mundo con el estreno de The Last Dance.

1) Manu Ginóbili: un sueño que no fue y una historia para sus hijos

El poster de Jordan en la casa de la familia Ginóbili
El poster de Jordan en la casa de la familia Ginóbili

El mejor basquetbolista de nuestra historia nació en 1977, en una casa que respiraba básquet y a la vuelta de un club de barrio. Su padre, ex jugador, era el presidente de Bahiense del Norte y sus dos hermanos mayores eran jugadores importantes a nivel nacional. Le sobraba estimulación. Pero Manu no sólo creció tratando de imitar a ellos porque, en los años 80, la NBA empezaba a traspasar fronteras y llegaban noticias (y algunos videos) de un tal Michael Jordan. Y Manu, a comienzos de los 90, cuando tomó vuelo el programa La Magia de la NBA de Adrián Paenza y tuvo acceso a ver más partidos, quedó cautivado con el espectacular juego de aquellas estrellas. Le gustaban los Warriors (de Tim Hardaway, Chris Mullin y Mitch Richmond) por su estilo rápido y anotador, también los Spurs de David Robinson, pero ninguno lo enamoró tanto como los Bulls y, puntualmente, Su Majestad.

Claro, era la época en la que Chicago arrasó entre 1991 y 1993 (tricampeón). Allí empezó a soñar con jugar en la mejor liga del mundo, aunque nunca pensó –entre otras, por cuestiones de edad- que iba a tener la chance de enfrentar a su héroe de la infancia, al ídolo que había visto cada noche antes de acostarse y cada mañana cuando se levantaba en su casa de Vergara 14 (los hermanos Ginóbili habían crecido con un poster tamaño natural de Jordan en su habitación).

La oportunidad para compartir una cancha llegó en el segundo regreso de MJ, el 31 de diciembre del 2002, en Washington. “¿Qué mejor forma que cerrar este año?”, habrá pensado Ginóbili por aquellas horas, luego de haber ganado la Copa Italia, llegado a la NBA y logrado un subcampeonato mundial con Argentina. Aunque, claro, sabía que el objetivo no sería sencillo. “Por esos días yo venía jugando poco, porque aún estaba recuperándome del esguince de tobillo del Mundial. De hecho, el día anterior había entrado 2 ó 3 minutos contra los Knicks, en el Madison, y el Pop de aquellos días no era el de hoy: les daba poco descanso a los jugadores”, recuerda.

Y sí, esa noche se dio como MG podía imaginar. “No entré en el primer cuarto, pero pensé que era previsible. Pero me empecé a preocupar cuando no entraba en gran parte del segundo cuarto. Justo cuando estaba por pararme para ir al vestuario en el entretiempo, Pop se dio vuelta, me miró y me dijo: “¡Entrá! ¡Vas por TD!”. La ilusión se activó en Manu, aunque quedaban apenas 5.2 segundos para terminar el primer tiempo. Aunque el 23 estaba en cancha, no tuvieron interacciones y el bahiense probó un triple desde mitad de cancha.

“Pensé que no importaba, que quedaba toda la segundo etapa. En el entretiempo me aseguré de estar listo y volé en el calentamiento. Hasta hice una volcada del molino (se ríe). Pensaba que tal vez al final del tercer cuarto podría darle descanso a Bruce (Bowen). Con cinco o seis minutos estaría feliz, quizá poder marcarlo o que él pueda defenderme”, rememora. Pero el juego se mantuvo tan parejo que Popovich nunca volvió a llamarlo para entrar. Fue derrota y el bahiense se quedó sin su ilusión, con apenas un minuto en la planilla oficial del partido (aunque hayan sido 5 segundos). “Alguien podría pensar, ‘relajate, hay otro juego en San Antonio. Cuando por fin estés sano vas a ser capaz de jugar’, pero no. Los Wizards habían estado en San Antonio dos semanas antes, justo cuando yo estaba afuera por la lesión en el tobillo. Definitivamente no iba a haber tener mi esperado juego contra MJ”, cierra el 20 de los Spurs.

Así se dio el frustrado sueño del bahiense, aunque al menos tuvo una historia (sin final feliz) para contarles a sus hijos. “Dante y Nicola me preguntaron hace unos años sobre Michael, porque un amigo de la escuela les mencionó que hace mucho tiempo había un tipo que era incluso mejor que LeBron James. Yo les dije quién era y les mostré algunos momentos memorables en YouTube. Cuando terminé, les pregunté si sabían que una vez yo había jugado contra él… Fue mágico porque cuando les fui contando la historia sus ojos se volvieron cada vez más grandes", explica. El tiempo pasó y, pese a quien fue en la NBA, a Ginóbili no le queda como cuenta pendiente haber conocido a Jordan. “Ya está, quiero seguir teniéndolo allá arriba, en el póster”, dijo en un vivo de Instagram con el futbolista Juan Pablo Sorín.

El día que Ginóbili jugó contra Jordan

2) Pepe Sánchez: el día que se le vino toda la infancia encima

Juan Ignacio Sánchez fue el primer argentino en debutar en la NBA, el 31 de octubre del 2000. Luego de una temporada, volvió a Europa para jugar en Grecia pero, luego de brillar en el Mundial 2002, los Pistons lo contrataron para ser uno de sus bases. Justamente en ese equipo, en un amistoso de pretemporada, Pepe tuvo su único encuentro con MJ en el profesionalismo.

“Recuerdo que, en un momento, el entrenador (Rick) Carlisle se da vuelta y me dice que era mi turno. “Entrá y defendé a Jordan”, fue la orden. “Yo me di vuelta, pensando que me estaba haciendo un chiste, porque yo soy base y él estaba jugando de alero. ¿A Jordan?, le pregunté. Sí, me dijo. Era en serio… Cuando esperaba para entrar recuerdo que se me vino toda la infancia a la cabeza. Fueron dos o tres minutos en realidad, pocas posesiones. Por suerte estuvo tranqui y no me hizo pasar ningún papelón”, relata el bahiense.

El otro encuentro que tuvo llegó en su época universitaria y no fue menos impactante. “Cuando Michael hizo su habitual campus en Chicago recuerdo que nos invitaron a varios de los universitarios más destacados para que asistamos y seamos los monitores del campamento durante la mañana. A la noche, como un clásico, se armaban unos picados entre los que asistíamos y el último día se sumaba Jordan con cuatro compañeros NBA y jugaba a la clásica ganadora. Ese día justo nos contaron que en diez años nadie le había ganado al quinteto que formaba Jordan. Nosotros no fuimos la excepción… (se ríe). Ahí volví a defenderlo, en tres o cuatro posesiones, pero a diferencia de la etapa en Washington, en esos años estaba en su mejor momento. Fue impresionante verlo de primera mano. Físicamente era un animal, volaba. Recuerdo que me metió su clásico fadeaway y yo vi, a centímetros, cómo su cuerpo se ponía en diagonal al piso. Quizás hoy haya jugadores con un nivel físico parecido, pero en esa época no había nada igual”, cierra Pepe.

3) Chapu Nocioni: “Vos no te tendrías que haber ido nunca de los Bulls”

Noch, con la indumentaria de Chicago (AP)
Noch, con la indumentaria de Chicago (AP)

Andrés Nocioni desembarcó en la NBA nada menos que en los Bulls y allí pasó sus mejores (cinco) años, después de ser campeón olímpico y brillar en España. Luego de una primera temporada de adaptación, en la que mostró su potencial (8.4 puntos y 4.8 rebotes en 23 minutos), en las cuatro siguientes temporadas estuvo arriba de los 10 tantos y rondó los 5/6 rebotes por juego.

Pero, más allá de los números, Chapu fue parte del resurgimiento de Chicago, junto a Kirk Hinrich, Luol Deng y Ben Gordon. Ese equipo, llamado los Baby Bulls, arrancó ganando 47 de los 82 partidos y se metió en playoffs tras seis años de ausencias. Privilegio que repitió en las dos campañas siguientes. En ese nuevo éxito, más allá de los números, el alero santafesino fue pieza clave por su corazón, entrega y mentalidad. A tal punto que el United Center estallaba cuando Chapu hacía gala de su coraje y hasta Michael se prendía. “Hubo un partido en el que el estadio empezó a gritar ‘Nocioni, Nocioni’ y cuando yo bajaba a defensa, miré para un palco y lo vi a Jordan parado, aplaudiendo. Me quedó para siempre en mi memoria”, le cuenta a Infobae.

Nocioni nunca soñó demasiado con la NBA pero, claro, MJ es MJ y más si Su Majestad te elogia... “Yo no lo conocí en persona hasta que pasé a Sacramento. Hubo una noche en la que habíamos terminado de jugar contra los Hornets en Charlotte (NdeR: equipo del que es dueño mayoritario) y yo iba caminando por el pasillo. Siento que me tocan de atrás y era él. Me quería saludar… Me felicitó por todo lo que había hecho en Chicago y me dijo que no me tendría que haber ido de los Bulls. Claro que eso también me quedó para siempre, como un reconocimiento”, se sincera el duro Chapu.

4) Wolkowyski: el día que Jordan terminó jugando al básquet con su hijo

El pivote chaqueño es otro de los pioneros argentinos en la NBA, en el 2000. Tras su inicio en Seattle, pasó por Dallas sin llegar a debutar y terminó en Boston, donde jugó siete partidos en la 02/03. Allí, en los Celtics, tuvo la suerte que otros no. “Cuando Jordan vino a jugar con los Wizards, uno de nuestros asistentes me contó que era muy amigo de Michael. Entonces le pedí si podía verlo un segundo y sacarme una foto. Lo intenté, de caradura, pero no pensé que se iba a dar. Cuando terminó el partido el asistente me dice “andá, te está esperando Michael”. Fuimos al vestuario visitante con mi cuñado y mi hijo Tomás. Cuando entramos, había algunos periodistas. Pero, cuando nos vio, los sacó y nos quedamos solos. Charlamos un rato y justo, como había una pelota, Tommy la agarró y Michael se puso a jugar con él. Así, como si nada. Luego de unos 10 minutos dijo que se tenía que ir, nos sacamos una foto, saludó y se fue. Un capo, la verdad. Sabía todo de mí, de la Selección, de lo que había pasado en Indianápolis. Era mi ídolo de siempre, imaginate luego de semejante experiencia”, cuenta Wolkowyski.

La foto de aquel cruce preolímpico
La foto de aquel cruce preolímpico

Hasta acá, las historias de cuatro estrellas de la Generación Dorada. Pero ellos no fueron los únicos privilegiados. En 1992, cuando Estados Unidos decidió empezar a competir con los NBA, hubo un torneo previo a los Juegos Olímpicos. El mágico e incomparable Dream Team que todos recuerdan no debutó en Barcelona sino en su casa, puntualmente en Portland. Fue un Preolímpico al que Argentina asistió para intentar lograr uno de los cupos olímpicos que tenía América. La Selección ya había enfrentado a Jordan, en los Panamericanos de Caracas en 1983, pero en ese momento MJ estaba en North Carolina. Nueve años después estaba en el mejor momento y era el bicampeón de la NBA. Y ese memorable juego se disputó el 1 de julio, en el estadio Memorial Coliseum.

Era el cuarto encuentro de Argentina en el torneo, tras victorias ante Panamá y Cuba y una derrota contra Canadá. Una oportunidad soñada que, todos sabían, difícilmente se repetiría. Y los jugadores lo vivieron de esa manera, como una fiesta, como un disfrute, sabiendo que ganar era imposible. Y si bien Argentina recibió 128 puntos y perdió por 41, resultó el equipo que más puntos le hizo ese año, contando incluso los Juegos Olímpicos: fueron 87, superando los 85 que le anotó Croacia en la final de Barcelona. Un hito dentro de otro hito.

5) Esteban Pérez: un duelo inolvidable y una certeza, Jordan era Dios

Lo primero que recuerda el Gallo era la principal ilusión que tenía aquel seleccionado: clasificarse a Barcelona. “Estuvimos muy cerca”, asegura. Pero la segunda tenía que ver justamente con enfrentar al mejor equipo que haya pisado jamás una cancha. “Estaban todos, cuando los vimos en la cancha, apenas podíamos creerlo”, recuerda.

Entonces, fue hasta casi lógico que estuvieran más preocupados por sacarse fotos que por jugar al básquet. “Vimos el partido anterior, en el que los venezolanos salieron a jugarles de igual a igual, con dureza, y así fue que los terminaron acribillando, física y basquetbolísticamente. Los humillaron. Y con nosotros pasó lo mismo. En los primeros minutos nos midieron. Cuando se dieron cuenta que nosotros estábamos en otro mundo, que íbamos a jugar sin golpearlos, sin ser agresivos, todo fluyó mejor. Ellos nos sacaron una gran diferencia pero nos dejaron jugar. Pudimos hacer algunas jugadas lindas y el partido nos quedó guardado en nuestro corazón”, comenta.

El alero recuerda que si bien su principal asignación defensiva fue Pippen, le tocó “salir a correr a Jordan. Lo noté de otro planeta, por su forma física, la elasticidad, el salto… Nos dejó la cabeza rota”. La segunda historia de Pérez tiene que ver con la visita a la central de Nike, que justamente queda en Portland, donde fueron invitados todos aquellos jugadores del torneo que eran embajadores de la marca. “Estábamos en el bar, sentados en una mesa, cuando entró Michael con varios guardaespaldas. Se acercó a la mesa, nos dio la mano, preguntó cómo estábamos y se sentó al lado. Nosotros no lo molestamos porque sabíamos que una foto era imposible. Nos habían aclarado…”, rememora el Gallo.

6) Luis Villar: un juego inolvidable y un plan para lograr la foto imposible

Villar y la foto "de arrebato"
Villar y la foto "de arrebato"

El Mili fue otro de los jugadores de aquella Selección que fueron invitados a la central de Nike en Portland y allí entendió que la única forma de lograr su objetivo (sacarse una foto con Jordan) era estudiar los movimientos de Su Majestad. “Recuerdo que, cuando llegamos, nos impactó todo. El lugar, primero. La central contaba con edificios de todos los deportistas top que tenían, incluido el de Jordan. Y lo segundo fue la custodia de Michael. Llegó al lugar como un dandy, con camiseta negra y un traje verde opaco, escoltado por tres guardaespaldas que no te dejaban arrimar. Ahí me di cuenta que necesitaba un plan para poder conseguirlo y sólo me quedaba el partido…”, recuerda.

En la previa fue imposible y tras el entretiempo, supo que era ahora o nunca. “Cuando volvimos del vestuario, me acerqué al fotógrafo de la revista Encestando, Carlitos Jones, y le dije que estuviera atento, que iba a tratar de cruzarme a Jordan para lograr la foto. ‘No se puede, está prohibido’, me dijo. Y yo sólo le respondí, ‘vos teneme en la mira’. Así fue que estábamos haciendo los lanzamientos de calentamiento en aros cruzados y yo, mientras tiraba, tenía un ojo mirando a Jordan, a ver qué hacía… Cuando veo que hace su último lanzamiento y encara para el banco de USA, voy a su encuentro. Me le cruzo en su camino, pongo cara de póker y se lo pido. No le quedó otra que sacarse la foto... Si la mirás bien, fíjate que yo tengo mi mano su cintura para que no se me escape (se ríe). Lo había logrado: el trabajo de inteligencia, plan y la estrategia habían dado sus resultados”, relata entre risas.

Quizá fue la foto o lo bien que entró en el partido, al final del primer tiempo (seis puntos en los últimos cuatro minutos), pero Villar hizo una tremenda segunda mitad (12 puntos), fue el segundo goleador argentino (18) detrás del Pichi Campana (19) y resultó elegido el mejor jugador de nuestro seleccionado. Dentro de una paliza, claro, pero meterles tantos puntos a estas estrellas, sin ser un especialista, no es poco.

De hecho, horas después de contarle esta historia a Infobae, el Mili pensaba mostrarles el partido a sus hijas, aprovechando el boom de The Last Dance. “Todos fuimos con la idea de disfrutar, porque sabíamos que si los hacíamos enojar, la íbamos a pasar mal. Yo, personalmente, venía medio caliente con Walter Garrone (el entrenador) porque hasta ahí había jugado poco. Entonces recuerdo que le dije al Loco Montenegro que, como íbamos a jugar todos, las que agarrara las iba a tirar. Así fue. Ingresé tarde, casi al final de la etapa y la primera que agarro, me doy vuelta, Charley me salta a tapar y yo la tiro volada para evitar el tapón. Por suerte la pelota no tocó ni la red. Un golazo. Cuando estoy volviendo a defensa lo miro al Loco que estaba en el banco, él se agarraba la cabeza y yo me empiezo a reír. El Gordo Barkley me ve y se calienta. Me empieza a putear y a torearme de atrás. Así anduvimos, en un par de idas y vuelta. Yo le quise explicar que no me reía de él, sino que la historia era otra, pero no podía parar de reírme. No podía creer que Charles Barkley se enojara conmigo y por eso…”, rememora.

Esa primera conversión le subió la confianza al pivote. “Metí la segunda y me agrandé. Lo mío era cortinar, pasar la bola y cuando me quedaba un buen tiro, lo tomaba. Y ese día casi no fallé... Por suerte pude relajarme y disfrutarlo muchísimo”, explica. Por último, admite que el duelo con Barkley no fue el único. Tuvo otro con Karl Malone, el duro Cartero de Utah, durante la segunda mitad. “Primero nos picamos porque cuando yo lo quería defender tres cuartos (NdeR: casi todo el cuerpo por delante para que no reciba), él me calzaba con el brazo, me levantaba en el aire y me tiraba para atrás para poder recibir tranquilo. Era impresionante la fuerza que tenía ese animal… Luego, en ataque, yo recibí y le metí un doble y falta. Recuerdo que en el festejo le hice señas de las muñequeras, como para que me las regalara después del partido, y me dijo ‘olvidate’, muy caliente (se ríe)… Luego me las dio”, relata el Mili. Para Villar y todo aquel que jugó fue una tarde-noche inolvidable. “Fue como ir a Disney para un niño. Nos divertimos mucho”, sintetiza quien fue uno de los elegidos de Argentina para ir a la conferencia de prensa. “Hasta ese momento fue una experiencia en sí misma, con traductores y 60 periodistas. Parecíamos estrellas”, completa Villar.

Hoy no parece quizá gran cosa, sobre todo luego de ver cómo la Generación Dorada le ganó dos veces a un seleccionado estadounidense repleto de estrellas de la NBA, pero en aquel entonces era otra época. Entonces es esencial entender el contexto para saber lo que significó aquel partido. Y esa jugada tan especial. “Eran otros tiempos, a esos monstruos los veíamos por TV… Jugar contra ellos fue un sueño de un chico hecho realidad. Todos estábamos emocionados. Ya compartir la cancha era algo inédito. Imaginate haber conseguido una jugada así... Lo recuerdo con mucho orgullo. Como aquella felicitación de Magic”, reconoce el Escopetero, un talento que jugó 12 años en Europa y se retiró en la Liga Nacional con 44 años.

7) Montenegro: el día que, de primera mano, tuvo claro que MJ era distinto

Hernán Montenegro fue uno de los mayores talentos de la historia del básquet argentino. Un pivote de 2m08 con tenía el paquete completo, todo para llegar a ser un crack mundial. “No lo fui porque no quise”, aceptó alguna vez. Y el Loco, como le dicen, estuvo a punto de jugar en la NBA. Fue elegido en el draft NBA en 1988 (N° 57, en tercera ronda) y estuvo en el campus de veteranos previo al comienzo de la temporada, aunque nunca llegó a firmar contrato. Y allí, justamente, enfrentó a un Jordan que venía de su mejor temporada, siendo el goleador y Mejor Defensor de la NBA de la 87/88.

“Fue en un campus en Princeton donde jugábamos amistosos contra varios equipos. Y ahí confirmé, cuando estuve en la misma cancha con él, lo distinto que era mentalmente. Esos partidos, de arranque de pretemporada, muchos jugadores los jugaban a media máquina y los consagrados, casi boludeando. Jordan, todo lo contrario: no te miraba la patente, no le importaba si enfrente estaba Montenegro o Reggie Miller. Y esos partidos los jugó con una intensidad terrible. Estaba en su mundo y usaba cada minuto en cancha para mejorar, sin subestimar a nadie. Al revés, si podía te asesinaba. Me fui con esa imagen, de su poder de concentración y de su mirada asesina. Cada vez que se ponía los cortos, jugaba a morir. Eso lo hizo diferente”, comenta.

No fue la única vez que Montenegro se lo cruzó. El bahiense estuvo en aquel histórico Preolímpico de Portland y la primera vivencia sobre MJ que se le viene a la mente tiene que ver con un compañero, Sebastián Uranga, un guerrero de la zona pintada. “Cuando antes del partido, hicimos el clásico cruce en mitad de cancha para saludarnos, Uranga iba al lado mío y cuando llegamos al lado de Michael, me mira y me dice. “¿Esta porquería es Jordan?”. No sé qué imagen tenía del Cabezón, pero es verdad que era un alfiler, flaquito, un poco distinto a la TV… Pero le aclaré: esa porquería nos va a asesinar’”, rememora con más risas que en aquel momento.

Lo segundo que recuerda tiene que ver con un cruce de otro compañero, el fallecido Fabián Tourn. “Cuando Garrone me saca, me reemplazaba la Vaca y recuerdo que le dije ‘che, fíjate que Jordan está tranqui. No le pegues, por favor’. Fabián me respondió ‘quedate tranquilo, venimos a divertirnos’. A la primera jugada veo que le dio un piñón… Bueno, ‘fuiste’, pensé. Hasta ahí había estado en una nube, te diría sin ganas de jugar, y los cinco minutos siguientes fueron un aluvión, un recital. Ese golpe de Tourn despertó a Jordan”, repasa.

Hernán cierra con una historia propia que está relacionada al personaje que él siempre fue, algo así como un Dennis Rodman argentino. Para ese torneo el Loco se hizo un rapado en la parte de atrás de su cabeza que tenía el N° 22, en honor al apodo del pivote bahiense, que luego del partido tuvo que explicar en la conferencia, cuando un periodista de Estados Unidos se lo pidió. “Fue insólito porque tuve que ponerme a explicar los dos patitos, que significaban en la quiniela (el Loco). Y, mientras yo hablaba e intentaba hacerles entender, Pippen se inclinó para adelante y me miró, como preguntando quién es este tipo (se ríe). Me acuerdo que terminó la ronda de preguntas y Scottie me vino a saludar, riéndose. ‘No puedo creer lo que contaste’, me dijo. Una anécdota más de un partido increíble”, completa.

8) Campana: la estrategia de todo Atenas para sacarse una foto en 1997

Pichi, con la casaca de la Selección
Pichi, con la casaca de la Selección

Aquella última y épica temporada de los Bulls que documenta la serie The Last Dance comenzó en París, en el McDonald’s Open, el recordado torneo que enfrentaba a los mejores del mundo con el último campeón de la NBA. Atenas de Córdoba, el mejor club de la historia argentina, asistió como campeón de la Liga Sudamericana y dejó su sello, ganando dos partidos y estando a segundos de jugar la histórica final contra aquel Chicago. El debut fue un triunfazo ante el Benetton italiano (87-78) y, como para completar la fiesta, cuando terminó el juego se hizo un torneo de triples y Pichi Campana terminó segundo, por delante de Steve Kerr, el temible tirador de los Bulls que luego pasaría a la historia también como el coach de los fantásticos Warriors de estos últimos años.

En la semi tocó contra el Olympiacos griego, uno de los mejores equipos de Europa. Los cordobeses tuvieron un triunfo histórico en sus manos. Varias veces. Ganaban por dos cuando el lituano Arturas Karnisovas, hoy VP de Operaciones de los Bulls, metió una bombazo (con falta!) a 8.5 segundos del final. La última también la tuvo Atenas, un triple agónico, desde la esquina, de un joven Fabricio Oberto. No era su fuerte, el tiro quedó corto y los cordobeses se quedaron a las puertas de una final que fue parte del segundo capítulo de The Last Dance.

Pero, claro, como no hubo duelo en la cancha, los integrantes de aquel mítico Atenas se encargaron de tener un encuentro igual con Su Majestad. Lo cuenta el Pichi Campana, uno de los legendarios jugadores de ese equipo y de la historia de nuestro básquet. “Antes del torneo, hubo una recepción increíble en París, con todos los equipos. Los Bulls, recuerdo, estaban aislados y todos querían sacarse una foto con él. Lo estábamos todos mirando y en un momento vemos que va al baño. A alguien se le prendió la lucecita y dijo: ‘vamos todos, como equipo, nos ponemos como formación en la puerta y cuando sale no nos puede decir que no. Nos formamos afuera y cuando salió le dijimos ‘picture, picture, Michael’. Salió bastante parecido a como estaba planeado. No pudo decir que no y tuvimos la foto que queríamos. No sé quién la tiene, pero por algún lado debe estar”, recuerda. Infobae la rastreó y se dio cuenta que no salió tan bien como estaba planeado. Las que recibió de Leandro Palladino y Mirko Brjljacic -hijo del Tono, histórico jefe de equipo de Atenas- muestran que fue un arrebato más que nada. “Tenía seis guardaespaldas y, cuando nos vieron, le hicieron un pasaje y apenas pudimos robarles unas fotitos a la pasada”, reconoce Palladino.

9) Paolo Quinteros: un tatuaje y la motivación de ver partidos de MJ

El tatuaje de Paolo Quinteros
El tatuaje de Paolo Quinteros

La última anécdota tiene como protagonista a Paolo Quinteros, pieza valiosa de la Selección durante los años de oro y uno de los mejores jugadores de la historia de la Liga Nacional, aunque en realidad busca reflejar lo que les ha pasado a miles de personas en nuestro país: sentirse inspirado por Su Majestad. Nacido en 1979, el escolta creció viendo la NBA y puntualmente a los Bulls de Jordan. Cuando la mejor competencia del mundo llegó al país, a principios de los 90, Paolo era un pibe (entrerriano), como tantos otros, que querían ser como Michael.

“Mi fanatismo empezó por aquellos partidos de Chicago que veía por tele. No me perdía uno y mi locura por él se hizo tan grande que me hice el tatuaje en el brazo en honor a él. Incluso, ya cuando me hice profesional y estaba en la Liga Nacional, tenía como rutina mirar partidos o jugadas de Jordan antes de jugar para motivarme e incluso copiar cosas. Al día de hoy lo sigo haciendo. Creo que la parada y tiro de cinco metros la saque de él, de tanto verla y practicarla. Es mi gran ídolo, por siempre. El mejor de la historia”, asegura Quinteros, quien sigue activo, en Regatas Corrientes, a los 41 años, con un marcado estilo jordanesco.

Su Majestad y la conexión argentina. Diez historias que reflejan lo distinto que era y el magnetismo especial que generaba. El sueño del pibe incluso para jugadores consagrados.

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