Jorge Mario Olguín en El Palomar, en el Gran Buenos Aires, donde vive y trabaja.
Jorge Mario Olguín en El Palomar, en el Gran Buenos Aires, donde vive y trabaja.

Por Eduardo Bolaños

Las etiquetas. Qué problema… Te las colocan en la escuela, entre amigos, en el trabajo y en la familia. Tienen vestigios de realidad, pero no son la verdad absoluta y cargamos con su no deseada compañía. El fútbol se llena de sentencias concluyentes, que en muchas ocasiones perjudican al ser humano detrás del deportista. Soy un desafiliado convencido del partido "etiquetista", pero voy a hacer una excepción. Y es con Jorge Olguín, quien fue criticado en forma desmesurada y "marcado" porque no tenía nivel o no estaba a la altura para ser parte de la Selección. Y lo voy a etiquetar de triunfador, no solo por los logros, sino por haber sido fiel a una esencia desde los inicios hasta hoy.
En momentos en que San Lorenzo y Argentinos Juniors deciden su suerte en la Copa Superliga, es buen pretexto para hablar con él: el primer futbolista campeón con ambas casacas, en los extremos de su trayectoria. La azulgrana de Boedo en el debut y la roja de La Paternal en la despedida. "En el oeste está el agite" sentenció Divididos en una canción, quizás como contraste de la calma que nos regala Jorge en un mediodía otoñal de El Palomar para relatarnos una vida llena de fútbol.

Aquellos comienzos en Mar del Plata, en el querido Alvarado. Un caso como tantos, cuando en un picado faltó un lateral derecho y Olguín archivó sus sueños de delantero para afincarse en el fondo. Definitivamente. Los ojos atentos de San Lorenzo para traerlo a la gran ciudad y el sueño que se hace realidad: "Debuté en primera en la huelga de profesionales de 1971 e hice un gol (de penal a Guaraní Antonio Franco de Misiones). Ya en ese tiempo jugaba de cuatro, para los que luego dijeron que había sido un invento de Menotti (risas)". El Toto Lorenzo me fue insertando de a poco y ya en el ´72 estuve en varios partidos del histórico bicampeonato con un muy buen equipo, aunque mi estilo de intentar salir jugando no encajaba en la filosofía del Toto".
El título con San Lorenzo se iba a repetir en el Nacional 1974, con Osvaldo Zubeldía como DT: "Fue de los primeros en trabajar en lo táctico. Con él se dio una gran historia, porque me querían dar a préstamo a San Lorenzo de Mar del Plata. Cuando asumió me gané el lugar, pero como lateral izquierdo. Me fue tan bien que en una gira por España me quisieron comprar del Hércules de Alicante. Con Zubeldía me llevé una grata sorpresa, porque era ofensivo, pese a lo que se decía desde su época de Estudiantes y nunca me cortó la posibilidad de jugar y pasar al ataque".

Olguín compartió habitación con Jacinto Luque durante el Mundial 78 y elogia su templanza en las malas: “Nunca vi un tipo con tanto temperamento y tanta fuerza”
Olguín compartió habitación con Jacinto Luque durante el Mundial 78 y elogia su templanza en las malas: “Nunca vi un tipo con tanto temperamento y tanta fuerza”

El fútbol y la vida suelen repartir sus naipes de manera sorpresiva. Así le pasó en el inicio de su ciclo, que sería histórico, con la casaca nacional: "En marzo de 1976 nos tocó un clásico con Huracán y nos dieron un baile bárbaro en el Ducó (risas). El Loco Houseman pasaba al lado y me decía "Jugá tranquilo que te van a llamar de la selección". Yo me ponía como loco, pensaba que me cargaba. Pero al otro día, recibí el llamado que confirmaba mi primera citación para la famosa gira por Rusia y Polonia. Al arribar al aeropuerto de Moscú, los recios solados soviéticos me detuvieron porque había viajado con la visa de un compañero que se quedó (Asad), ya que no hubo tiempo de hacer la mía. Por la foto zafaba porque éramos parecidos por el pelo largo, pero ellos me decían "dos – tres, dos –tres". No entendía nada, mientras veía que todos pasaban y yo me quedaba. Dos era por la cantidad entre nombre y apellido (Julio Asad) y tres por Jorge Mario Olguín, al cotejar el pasaporte. Un momento tremendo. Me quedé solo en un banquito de madera, como en las películas (risas). Hasta que vino un funcionario de la embajada y destrabó el asunto".

El abrazo luego del triunfo. Menotti consuela a Jorge Olguín, que llora emocionado tras coronarse campeón en 1978.
El abrazo luego del triunfo. Menotti consuela a Jorge Olguín, que llora emocionado tras coronarse campeón en 1978.

La realidad mostraba su cara más hostil: viaje interminable, lejanía, pocos entrenamientos juntos y un campo de juego cubierto de nieve. Pese a ello, Argentina tuvo una gran actuación: "Hicimos un partidazo, donde el Loco Gatti sacó todo, con un look muy particular de pantalón largo y gorro de lana. Más una petaca al lado del poste para no congelarse (risas). Era terrible caerse en el suelo porque te quemabas. Antes del partido habían sacado nieve con dos turbinas de avión, pero al empezar volvió a caer más. Ganamos 1-0 con gol de Kempes y ese fue mi debut. Desde allí viajamos a Polonia donde nos enteramos del golpe del 24 de marzo, que no nos llamó demasiado la atención, porque somos de una generación donde lamentablemente se alternaban gobiernos democráticos y de facto".
De inmediato congenió su forma de jugar con el credo del entrenador. Para Menotti, Jorge Olguín pasó a ser imprescindible, aunque sucedió algo particular: "Hasta mediados de 1977 fui titular, hasta que en un partido con Alemania, César vio algo que no le gustó y me sacó. Cuando faltaban dos meses para el Mundial, le pregunté por mi situación y ahí me comentó su idea de que juegue como número cuatro. Me vio en los entrenamientos y enseguida sincronizamos bien con la defensa que salía de memoria: Fillol; Olguín, Galván, Passarella y Tarantini".

Llegó la hora de la verdad. Y aquellos hombres estuvieron a la altura de una copa del mundo como locales: "Nos ayudó a calmar la ansiedad la cantidad de gente que nos acompañaba. Salíamos de la concentración en José C. Paz y era un mundo hasta la cancha de River. En mi opinión, contra Italia tuvimos la mejor actuación del torneo, pese a la derrota. Sin embargo, ese resultado nos llevó a jugar la segunda etapa en Rosario y eso nos benefició, porque el marco de la cancha de Central era extraordinario. Me tocó compartir la habitación con Leopoldo Luque. Nunca vi un tipo con tanto temperamento y tanta fuerza. Viví de cerca cómo se sobrepuso a la muerte de su hermano y a una luxación de codo. Todos nos cargaban porque lo tenía que ayudar a bañarse (risas) porque mucho no podía hacer con el brazo inmovilizado. Es el gran amigo que me dio el fútbol".

Campeones 1978. Jorge Olguín es el tercero de los parados, flanqueado por Daniel Bertoni y el Conejo Tarantini. Debajo, de bigotes,su amigo Leopoldo Jacinto Luque. (Getty)
Campeones 1978. Jorge Olguín es el tercero de los parados, flanqueado por Daniel Bertoni y el Conejo Tarantini. Debajo, de bigotes,su amigo Leopoldo Jacinto Luque. (Getty)

El aire del río Paraná pareció revitalizar al equipo y allí se consiguió el ansiado pase a la final en el controvertido choque con Perú: "Yendo en el micro nos enteramos del resultado de Brasil. Menotti trató de atenuar nuestra mentalidad de salir como locos buscando los goles. Le decíamos que sí, pero fuimos una tromba sin darle mucha bola (risas). Ellos tenían buenos futbolistas, pero estaban eliminados y la motivación no era la misma. Tuvieron dos ocasiones claras con el 0-0, pero luego de nuestro primer gol decayeron. Cuando hicimos el 4-0 que necesitábamos, no hubo gran festejo porque siempre queríamos más. Y por eso metimos seis".

Aquel equipo, que había sembrado detractores, con selecciones paralelas desde los medios, ahora tenía encima la sombra de la actuación de los peruanos. Sin embargo, el foco se puso sobre Holanda, la última estación antes de la gloria: "Habíamos llegado. Esa era la sensación. Nos liberamos de una gran presión, de tantos meses de concentración, más allá de tener enfrente a un equipo sensación". Olguín sería protagonista de una maniobra que congeló los corazones argentinos por un instante, cuando faltando un minuto, con el score 1-1, Holanda estuvo a centímetros de ser campeón: "Fue un momento con el Pato Fillol en que los dos dudamos, me apareció Rensenbrink por atrás y pateó al arco, por suerte medio de costado, sobre la línea de fondo y la pelota dio en el palo". Era el turno del alargue con el alivio de saber que la suerte se había vestido de celeste y blanco como todo el estadio: "Antes del alargue, el Flaco nos agarró y dijo: 'Miren como están ustedes: discutiendo, hablando, gesticulando. Observen a ellos: tirados en el pasto, masajeándose. Esa es la diferencia. Lo van a ganar'. Y fue así".

Ese don del convencimiento, que tanto le han remarcado a Menotti, llegó también en ese instante sublime. Quizás por eso la emblemática foto de ambos: "Terminó la final y era una locura. Fui caminando hacia la zona de los bancos y apareció el flaco. Al verlo, sentí una enorme descarga de lo vivido, de su confianza hacia mí. Por eso el llanto en la foto, que fue exhibida en Europa". Al llegar al vestuario, una noticia lo conmovió: "Me avisaron que mi esposa estaba por parir, así que me llevaron por la ciudad en un auto custodiado por patrulleros. Las calles eran un delirio de festejos, con todo cortado, entonces se metían de contramano. Llegué a la clínica, pero era una falsa alarma. Un mes después llegó César, bautizado así en homenaje al hombre que se la había jugado por mí".

Olguín está orgulloso de haber terminado su carrera en Argentinos Juniors, con un estilo de juego y respeto por la pelota como le gustaba a él.(Pablo Barrera Calo)
Olguín está orgulloso de haber terminado su carrera en Argentinos Juniors, con un estilo de juego y respeto por la pelota como le gustaba a él.(Pablo Barrera Calo)

Su reconocida calidad lo hizo ser pretendido por varios equipos grandes. El futuro se tiñó de rojo Avellaneda, donde también fue campeón: "El paso por Independiente me dejó poco. El presidente Pedro Iso fue de lo mejor, porque con los técnicos no me llevé bien. En mi primer año (1980) hice varios goles decisivos para salvarnos del descenso. La cosa se terminó de complicar cuando regresó Trossero, una persona que aportaba poco al grupo. Cuando volvimos de España '82 declaró que los históricos le formábamos el equipo a Menotti. Una locura. Lo mismo que el día que retornó tras una suspensión. En la primera práctica de fútbol el técnico (Nito Veiga) repartió las pecheras y a Trossero le dio la de los suplentes. Lo corrió por toda la cancha insultándolo. Yo me cansé y le di la mía de los titulares porque era un papelón delante de toda la prensa. Al poco tiempo le pedí al presidente que me vendiera".
Armó las valijas junto al Puma Morete y estaban listos para ser jugadores de River. Los dirigentes, tras el acuerdo les dijeron que se iba a comunicar al día siguiente para firmar. La llamada nunca llegó y partieron hacia La Paternal, para ser parte del ciclo más glorioso de la institución: "Yo soñaba con terminar mi carrera entero, en correcto nivel y en un equipo que jugara buen fútbol. Y Argentinos Juniors me dio esa posibilidad, porque todos pensábamos de la misma manera. Más allá de los títulos, me fui con la enorme satisfacción de haber integrado un cuadro así, con esa esencia, que era la que a mí me gustaba". Jorge Olguín dejó su nombre y apellido en la historia de la institución marcando el gol del anhelado primer título frente a Temperley en 1984.

Pero Argentinos iba a ser de América al ganar la Copa Libertadores en 1985. Roberto Saporiti dejó el cargo de entrenador y en su lugar asumió José Yudica, quien tuvo varios choques con el plantel: "Quiso cambiar la mentalidad, que jugáramos al contragolpe. A la larga se adaptó. Mal pero se adaptó (risas). Para la tercera final contra América de Cali teníamos muchas bajas y el día del partido me dijo que quería que jugara de mediocampista. Le respondí que estando como alternativas Juan José López y Lemme, que eran volantes, era una falta de respeto. Entonces me amenazó: Si vos no querés jugar ahí, traigo un pibe de Buenos Aires, porque a esos dos no los quiero. La historia se resolvió porque le dije que yo acataba actuar en esa posición si él se lo decía en una reunión con los otro dos. Y así se hizo y tuvimos la suerte de ser campeones de América".

El destino quiso que su último encuentro oficial fuera frente a San Lorenzo, uniendo las dos puntas de su carrera, en abril de 1988. Atrás quedaban 529 partidos y 53 goles por torneos de AFA. Más tarde llegaría el tiempo de ser entrenador en Argentinos Juniors y Colón y en varios países de América. Desde hace 10 años se desempeña como instructor de táctica y estrategia en el curso donde se forman los futuros directores técnicos en el gremio de la entidad y hasta la temporada pasada fue el coordinador de Villa Dálmine, trabajando al lado de su hijo César. Y aquí aparece la familia, otro puntal en su vida. Como su esposa Norma y su otro hijo, Gastón, que es analista de sistemas.
Su pasión, el fútbol. Ese que consume a diario por televisión. Ese que lleva en las venas. El mismo que adornó con la calidad de los elegidos, los que pertenece a otra raza. La del Olimpo de nuestro fútbol que cada cuatro años anhelamos que se extienda. El que habita Jorge Olguín. Uno de los 43 argentinos que puede enorgullecerse de ser campeón del mundo. La mejor de las etiquetas