Marcelo Betbesé en el predio Titta Mattiussi (Colin Boyle)
Marcelo Betbesé en el predio Titta Mattiussi (Colin Boyle)

Marcelo Betbesé ya no usa el jardinero que lo caracterizó durante sus días en la popular. Tampoco lleva las Topper blancas y su flequillo también sufrió modificaciones. Sin embargo, su esencia rollinga se mantiene intacta. El fundador de los Racing Stones se reinventó en una faceta exótica con un trabajo que le llegó de casualidad: jugador de póker profesional.

Ya no le gusta el término barrabrava y habla de la Academia como una adicción de la que se curó hace mucho tiempo. "Pasaron 20 años y todavía la gente me sigue reconociendo lo que hice", le dice a Infobae sentado en una de las mesas del predio Tita Mattiussi, su máximo orgullo.

Mientras el carbón suelta sus chispazos antes de convertirse en las brasas que cocinarán el asado que prepara su primo, Marcelo recuerda sus días como referente de la tribuna. "Hoy las barras son Pymes. Cuando yo estaba era todo más lírico. Tuve la suerte de vivir la época en la que había muchos códigos. Se cuidaba mucho a la gente", analiza con la nostalgia que le impone su memoria.

Fueron años en donde los hinchas de Racing eran fanáticos de su propia hinchada. La sequía de títulos, el descenso y la cargada constante de los vecinos de Independiente obligaron a Marcelo a planificar estrategias que enorgullezcan a los más académicos."El avión que decía Rojo amargo: 11 años, lo contraté porque llevaban mucho tiempo sin ganarnos en un clásico. Me acuerdo que se generó un mito que iba a pasar un helicóptero tirándole azúcar a los hinchas, pero eso nunca existió. Nada más le tiramos a Menotti el día que jugamos en el Cilindro", relata el impulsor de las ocurrencias que quedaron en la historia.

"Con La 95 hicimos mucho para ganar prestigio. Éramos, junto con la de Boca, la hinchada más respetada del país. Racing era el equipo que más gente llevaba al interior porque jugábamos el partido desde las tribunas. Equilibrábamos todo lo malo que el club nos daba desde lo deportivo y lo institucional. Era la forma que teníamos para que el tipo que tenga que ir a la oficina o al colegio el lunes, vaya con el pecho inflado", continúa con la misma  muestra de amor que tuvo en el pasado, aunque crea lo contrario.

Su infancia en Villa Crespo y sus escapadas con su primo en la Chevy a lo largo del interior sembraron la semilla que despertó su pasión. Lejos de lo que podría significar la fusión de sus dos amores, los Racing Stones se crearon "porque había que ponerle un nombre". "Estábamos todos en la onda stones. Éramos pibes laburantes y estudiantes que queríamos juntarnos sin pertenecer a la barra principal", explica a la distancia el líder que convenció al grupo de mudar a la banda hacia la Puerta 10 del Cilindro para establecer una convivencia con la Guardia Imperial.

Si bien tuvo un paso por la facultad para estudiar kinesiología y periodismo deportivo, su rol fundamental era el del márketing. Tras rechazar una pasantía en El Gráfico para no perderse los partidos de la Academia, Marcelo siempre se las ingenió para instalar la marca de los Racing Stones a través de pintadas, collares ó remeras. "No lo patenté, si lo hubiera hecho hoy tendría una fortuna", se lamenta entre risas, ya que hasta hace unos años el merchandising de la barra también podía adquirirse a través de las tiendas oficiales de Locademia.

El nombre de Marcelo Stones es un emblema en la popular del Presidente Perón. Durante la década del noventa en las tribunas de la Academia se vivía una fiesta constante más allá del resultado. "Mi rival era Independiente, aunque antes había más enemistad con Boca por la muerte de Basile en La Bombonera. El día de los papelitos en el clásico fue histórico", sostiene sin ocultar ningún detalles de la logística que le demandó la planificación: "Tenía un contacto para meter las cosas a la madrugada. Como la cancha de Racing era un mundo por dentro, porque tenía un montón de pasillos, escombros, cuevas y pasadizos, podíamos esconder lo que sea. Los rollitos de papel los metimos la noche anterior. Era un camión de contenedores completo. Fueron 40.000 rollitos en mal estado que habíamos comprado en Parque Patricios".

Otra locura que protagonizó Marcelo se remonta al triunfo inolvidable de 1995, cuando la Academia se impuso por 6 a 4 ante Boca en La Bombonera. "Ese partido fue espectacular porque terminó de noche y no era muy común ver las bengalas en las tribunas". Para que el espectáculo sea perfecto tuvo que planificar otra estrategia que tenía sus riesgos: "Conseguí 2 carnets de Boca y con un amigo nos hicimos pasar por hinchas del interior que querían conocer la cancha. Nos dejaron pasar a la platea baja, pero no nos servía dejarlas ahí. Entonces nos empezamos a mover hasta llegar a la tercera de los visitantes y las metimos en las mochilas de los inodoros. Después había que ver si estaban el domingo, pero le tenía fe porque era un buen escondite", explica con esa sonrisa de satisfacción. Aquella tarde los integrantes de La 12 estaban comiendo un asado a metros de su estadio.

Los goles del Mago Capria (3), el Piojo López (2) y el Chelo Delgado contribuyeron para que la jornada sea ideal. "Cuando llegamos mandamos a uno para que pase las bengalas de la tercera a la segunda bandeja, que era donde estábamos nosotros. Creo que si perdíamos 4 a 0 también las íbamos a sacar, pero por suerte se dio un partido soñado que hoy se hizo un mito".

Así como cuenta las buenas, también recuerda las que no pudieron concretar: "Hubo una que salió mal, y justo fue contra IndependienteTeníamos 11 cajones de muertos porque hacía 11 años que no nos ganaban, pero no los sacamos porque perdimos 2 a 0 con goles de Gustavo López y Perico Pérez. Fueron meses de preparación tirados a la basura".

Su línea de pensamiento no sólo se basaba en las cargadas. También analizaba la situación para evitar enfrentamientos con otras barras y cuidar las banderas como sus trofeos más preciados. Un ejemplo de ello se remite a sus visitas al Monumental: "Cuando jugábamos en River teníamos una estrategia de dejar un auto estacionado el día antes del partido al lado de la puerta de los visitantes para meter las banderas y salir rápido. Llegábamos al estadio con un coche distinto y nos íbamos con otro, porque si se perdía un trapo yo sabía que estaba muerto".

Los terrenos del Tita antes de que comiencen el reciclaje
Los terrenos del Tita antes de que comiencen el reciclaje

Aquellas iniciativas no significan nada si se las compara con el trabajo que hizo en el predio Tita Mattiussi, donde nacen los sueños. A pesar de su sacrificio y el trabajo dedicado por la sede de las inferiores, nunca cobró un sueldo. "Los terrenos pertenecían a los ferrocarriles, pero había tantos yuyos que era difícil entrar. En ese tiempo las juveniles jugaban en unas canchas alquiladas en Berazategui y un día no pudieron presentarse porque el club debía más de 6 meses. A partir de ahí intentamos hacer algo y fuimos a Monte Grande, donde Racing había tenido unas tierras. Nos sacaron al toque. Por suerte aparecieron éstas, y todos los fines de semana vinimos a laburar", dice mientras el fuego sigue su curso y el parrillero introduce unos chorizos para la entrada principal.

Fueron años de un esfuerzo constante. "Empezamos con pintura en el tinglado, después hicimos rifas para recaudar, abrimos una cuenta bancaria gracias a Quiroz y Costas para las donaciones, y le hicimos una mutual del predio para que el gerenciamiento no se pueda meter", continúa en su relato con la voz partida.

Junto a Gustavo Costas, referente histórico de Racing
Junto a Gustavo Costas, referente histórico de Racing

Con la llegada del nuevo milenio Marcelo vivió un cambio inesperado. Uno de los tantos a los que se adaptó a lo largo de los años. La privatización del club le arrancó el sentimiento y decidió emigrar hacia Brasil donde montó un bar junto a su amigo Juan Pablo Damelio, al que le puso Racing Stones. "Cuando logramos inaugurar la Cancha 1 en el Tita conseguimos que las inferiores vengan a jugar, pero cuando llegó el gerenciamiento no las quería usar. Por presión de la gente pudimos seguir creciendo para que se usen las instalaciones, pero con Blanquiceleste sentí que perdimos la dignidad. No me podía aguantar a esos tipos 10 años en el club", argumenta a la distancia.

Si llenamos nuestra cancha y no jugamos, defendimos del remate nuestra sede, si la nuestra es una hinchada diferente… reza la canción que lleva el ritmo de Calamaro y describe la historia más oscura del club. El torneo que comenzó sin la presencia de Racing, la caravana a Rosario para el partido con Central y el título que cortó una sequía de 35 años tienen una explicación según la mirada de Marcelo: "Nos hicieron creer todo eso. Mi lectura es que se armó todo en la AFA con Grondona. Nos quisieron hacer creer que Racing iba a desaparecer hasta la llegada de un Mesías. Yo me enojé con mucha gente porque pensaban como yo y cambiaron sus ideas porque se creyeron el verso o por dinero".

 "Perdí el sentimiento y mi motivación diaria. Necesitaba curarme. Me fui a vivir a Brasil con el Guampa que pensaba como yo y pusimos un barcito en Salvador Bahía", rememora antes de referirse al inicio de un nuevo capítulo en su vida.

El bar Racing Stones en Salvador Bahía
El bar Racing Stones en Salvador Bahía

Tres años en el norte de las playas brasileñas le sirvieron de experiencia para seguir buscando la felicidad. Un viaje a Europa para hacer dinero y la venta de su emprendimiento le permitieron volver a Brasil para construir una posada junto a su amigo Gastón Cogorno. "Volví a empezar de cero en Morro Branco, cerca de Fortaleza. En ese momento él ni se imaginaba que iba a llegar a ser el presidente de Racing", cuenta a la distancia con la confesión de la tentación de tener a su socio como máximo responsable de la institución que amaba: "Podría haber estado en cualquier cargo, pero hubiera sido un paso atrás en mi recuperación. La posibilidad me movió el piso, pero él se reunió con gente que le hizo mucho daño al club en épocas anteriores. Además, nunca quise tener un sueldo en Racing".

(Colin Boyle)
(Colin Boyle)

Las jornadas de bronceado, buceo y caipirinhas se transformaron en partidas de póker espontáneas que sirvieron como su preparación inicial para llegar al profesionalismo. Fue gracias a un amigo, quien viajó para visitarlo con la condición de que le lleve unas patas de rana para disfrutar las cálidas aguas cristalinas del país vecino.

Yo te voy a llevar algo mejor, algo que va a cambiar tu vida— le dijo Mariano Graciarena, antes de embarcar rumbo a Brasil.

Vos vení y traéme lo que te pido— le respondió Marcelo.

Luego del abrazo correspondiente al reencuentro, algunas risas y anécdotas relacionadas a Racing, el huésped le explicó cuál era el mejor regalo que tenía para hacerle.

Vos tenés que jugar al póker— le deslizó sonriente como si su consejo  equiparara la ausencia del artefacto acuático.

¡Vos estás loco Morsa! El casino te comió la cabeza, ¿mirá si voy a perder plata en eso?— le respondió atónito cuando entendió que el juego era online.

Te digo en serio, vas hacer mucha plata— insistió su colega.

¿No te das cuenta que hay un enanito dentro de la computadora que te hace perder?— concluyó con bronca la conversación.

A la distancia reconoce que la jugada salió bien. "Aunque me pudo haber llevado las dos cosas", completa entre risas sin menospreciar la preparación que desarrolló en el transcurso del tiempo: "Siempre tuve habilidad con los juegos de cartas y estrategia y cuando empecé me di cuenta que era muy fácil ganar".

Junto a su amigo Mariano Graciarena (Colin Boyle)
Junto a su amigo Mariano Graciarena (Colin Boyle)

En la actualidad se dedica a jugar en mesas de aficionados ya que le son más rentables que los torneos. Sin embargo, todos los años se da el gusto de participar de la Serie Mundial en Las Vegas, donde se exige un monto de 10.000 dólares para participar. "Mi trabajo es jugar 2.000 horas al año. No estoy instalado en ningún lugar porque dependo donde se puedan abrir mesas interesantes, ya sea China, Estados Unidos o varios lugares de Sudamérica", explica.

En plena acción analizando la jugada Foto: Fernando Andres Gatto
En plena acción analizando la jugada Foto: Fernando Andres Gatto

Todavía dolorido por la privatización de su Racing, confiesa que tuvo "una lucha interna" cuando el Paso a Paso llegó a su final en 2001 ante Vélez. "Los pibes me habían invitado a estar en Liniers, pero yo estaba en pleno proceso de recuperación. Me tenía que demostrar que no seguía teniendo esa enfermedad", aclara con la comparación del título que obtuvo Diego Cocca en 2014: "Ese lo festejé porque fue legítimo. Viajé y lo vi desde la Puerta 10, porque fue el campeonato de la democracia. Ahora si todo sale bien, voy a intentar estar en la última fecha con Defensa, porque este año también me van a dar el carnet de vitalicio y sería como cerrar otra etapa de mi vida de la mejor manera".

Su vida de película es tan volátil como inesperada. Propia para un guionista de Hollywood Marcerlo reconoce que "hay que buscarle un buen final". Como él mismo lo explica, "tiene que ser fuerte".

"Uno bueno sería ganar la Serie Mundial y volver para ser presidente de Racing". Tal vez su campaña ya comenzó.

Sus dos pasiones Foto: Fernando Andres Gatto
Sus dos pasiones Foto: Fernando Andres Gatto

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