Acosta comparte su segundo nombre con Riquelme: historias paralelas y distintas (Colin Boyle)
Acosta comparte su segundo nombre con Riquelme: historias paralelas y distintas (Colin Boyle)

Carlos Timoteo Griguol le habló personalmente antes de que saltara al campo: "Jugá a dos toques, te van a venir a buscar todo el tiempo, no te hagas pegar". Y él salió a la cancha con la directiva en la cabeza. Octubre de 1985, Ferro-Estudiantes de La Plata en Caballito, por la fecha 14 del campeonato de 1985/1986.

En un puñado de segundos, a Oscar Román Acosta ya le habían cometido varias faltas. El plan del Pincha era claro: cortar al creador de juego en la raíz de cada jugada. A los 4 minutos, Julián Camino (luego ayudante de campo de Alejandro Sabella en la Selección) le entró de atrás después de que el enganche de Ferro soltara rápido la pelota recostado contra el lado de la platea de la visera. No sintió un crack pero sí un dolor tremendo. Probó la pierna y tuvo que dejar el campo. Dice algún testigo que a Griguol se le cayó una lágrima porque veía venir lo peor. Y el olfato del Viejo no falló: fractura de peroné.

A 8 meses del Mundial de México 1986, solamente una recuperación en tiempo récord iba a mantener a Acosta en la preselección de Bilardo. Peleaba por su lugar con el Bichi Claudio Borghi y el Chino Carlos Tapia. "Estaba seguro de que iba, porque estaba en un gran nivel", le asegura a Infobae. Hizo lo imposible por acortar los tiempos de rehabilitación, en una época en la que la medicina no estaba tan avanzada como en la actualidad. Cortó a la altura de su rodilla con una sierra el yeso que le iba del muslo hasta el tobillo y se puso una bisagra para poder flexionar la articulación y así trabajar el cuadriceps para que no se le atrofiara.

Camino marca a Acosta en el estadio Ricardo Etcheverri: con el correr del tiempo forjaron una amistad
Camino marca a Acosta en el estadio Ricardo Etcheverri: con el correr del tiempo forjaron una amistad

No había margen de tiempo y Acosta regresó a las canchas sin que el callo estuviera completamente solidificado. Y en el partido contra Güemes en Santiago del Estero por la primera ronda de la Liguilla Pre-Libertadores, a un mes de la Copa del Mundo, se resintió. Adiós Mundial y a remarla otra vez para relanzar su carrera profesional.

Carlos Salvador Bilardo reconoció sus esfuerzos al poco tiempo. Lo puso como titular en un amistoso que la Selección disputó contra la Roma en el estadio Olímpico en 1987, justo antes de la Copa América que se celebró ese año en Argentina. El Doctor lo incluyó en la nómina del equipo que venía de ser campeón mundial y terminó cuarto tras perder el tercer y cuarto puesto con Colombia. Acosta no tuvo minutos en cancha pero jamás olvidará ese certamen: "Ver entrenar a Maradona es algo inolvidable. Caniggia era un monstruo. Y otra bestia era el Búfalo Funes, un pibe adentro del cuerpo de un gigante".

Pese a su gratitud eterna hacia Bilardo, se identificó más con César Luis Menotti, quien lo dirigió en las juveniles de la Selección.

Carta de presentación: así jugaba Oscar Acosta

No había cumplido 20 años cuando el Negro -apodo que le quedó desde Ferro-, acaparó la atención del cuerpo técnico de la Selección y el fútbol argentino en general por el golazo que le marcó a River con el Verdolaga. Gambeteó a cinco rivales y definió junto a un palo. Fue considerado el mejor tanto del Nacional 83. Ese día en el Monumental sembró una semilla que germinaría con el correr del tiempo.

Oscarcito fue alternativa del Beto Márcico en el equipo de Caballito. De gambeta eléctrica y zurda exquisita, estuvo cerca de pasar al Vasco da Gama tras su participación en la Copa Libertadores 1985. Y también cautivó a la Fiorentina. Pero su primera transferencia fue recién en 1989, cuando el Servette de Suiza lo apuntó como sucesor del alemán Karl-Heinz Rummenigge. Fue de la mano de su entonces representante Héctor Chirola Yazalde.

SUS AVENTURAS POR SUIZA Y JAPÓN

"En Suiza era todo demasiado perfecto, no me hallaba ahí. Me dieron la 11 de Rummenigge y al equipo no le fue bien. Fui para hacer una diferencia económica, pero extrañaba, no me gustaba el sistema ni su fútbol, no estaba a gusto", recuerda.

Su compañero brasileño José Simbal fue clave en su estadía: "Estuve en un hotel dos días y después me dieron la llave de un departamento y un auto, pero ni sabía cómo llegar ahí, por eso el negro me acompañó. Llegué y no tenía nada, me quedé acostado mirando el techo, pensando en mi familia, sin saber qué hacer. Agarré el auto y me fui, no sé a dónde porque a las 19 cerraba todo allá. Di vueltas y no sabía cómo volver. Estacioné por ahí, amaneció y llamé al negro para volverme. Después me compré un equipo de música y me fui acomodando".

Posando junto al Bichi Borghi, por entonces jugador de Argentinos Juniors
Posando junto al Bichi Borghi, por entonces jugador de Argentinos Juniors

La parte deportiva tampoco le jugaba a favor. Oscar relata su vivencia en Ginebra: "Alterné entre titular y suplente pero nunca tuve suficiente continuidad. Echaron al técnico y trajeron al holandés Ruud Krol, que era bravísimo. Estábamos peleando el descenso y los medios me mataban. 'Trajimos al otro Acosta' titulaban, porque el Beto no paraba de hacer goles. En el final rendí en partidos claves, nos salvamos y terminaron reconociéndome". ¿Su conclusión tras la primera experiencia en el exterior? "Suiza tiene otra cultura, otra sociedad. Hoy pienso que tendría que haber resistido los cuatro años para hacer una diferencia. Pero con 24 años me comía el mundo y mandé a todos a la concha de su madre".

Acosta dejó los lujos y viajes a Mónaco y Milán para pasearse por Buenos Aires, reunirse con amigos, disfrutar de sus quilombos y perderse en alguna noche. Desde sus inicios fue revoltoso: le costaba pegar el ojo de noche y en más de una oportunidad apareció en un entrenamiento o partido amanecido.

Vélez selló su pasaporte al fútbol argentino y allí se dio el gusto de compartir equipo con el Cabezón Ruggeri, el Pato Fillol, el Tigre Gareca, Falcioni, Mancuso y el Gallego González, entre otros. Se despojó de la rivalidad con Ferro y le quedó un lindo recuerdo del club de Liniers. Eso sí, asegura jamás haberle gritado un gol a Oeste: "La única camiseta que besé fue la de Ferro. Y varias veces".

Tras una temporada con altibajos en el Fortín, inició otra expedición. Esta vez el destino fue Japón, una liga semiprofesional en la que no abundaban los sudamericanos.

Acosta posando con la camiseta de River antes de viajar de Japón a Buenos Aires (Archivo: @MAXIIROLDAN)
Acosta posando con la camiseta de River antes de viajar de Japón a Buenos Aires (Archivo: @MAXIIROLDAN)

"Si bien fueron 10 meses durísimos, la de Japón fue una experiencia que me encantó. Como no había mucha infraestructura, viajábamos dos horas en tren de un lugar a otro para entrenarnos 40 minutos en un gimnasio y volvernos. Se practicaba con un metro de nieve y los dobles turnos eran a las 11:30 y a las 13… ¡No te daban tiempo a almorzar! Todas cosas impensadas", revuelve en su memoria.

Así y todo, lo que más lo hizo sufrir fueron los terremotos. "Eran a cada rato y yo me cagaba todo, no me acostumbré nunca". Y la comunicación era complicada: "Yo no hablo inglés pero me la rebuscaba. El japonés habla muy mal el inglés. Y nuestra traductora, que como toda japonesa era muy sumisa, hasta tenía de vergüenza de hacerle una consulta al médico de mi mujer por la lactancia al señalarle una teta". Cuenta que además comprar en el supermercado llevaba horas porque podían llegar a comprar cal en vez de jabón en polvo y que los carteles de señalización de tránsito no ayudaban.

"La tecnología era sorprendente. En ese momento podías programar la bañera para que se llenara en el horario que volvías a tu casa y a la temperatura que quisieras. El inodoro tenía un montón de botones y, si estaba fría la tabla, subías la temperatura para cagar tranquilo, ja".

EL ROMÁN QUE RIVER NO APROVECHÓ

Acosta tenía decidido volverse a Argentina. Se había ganado el reconocimiento de los fanáticos, que hasta se cortaban el pelo como él y le pidieron un mechón cuando se recortó la colita. El mayor cimbronazo no fue por culpa de un terremoto sino por un inesperado llamado telefónico.

– Hola, ¿Oscar?

– Sí, ¿quién habla?

– Daniel.

– ¿Qué Daniel?

– Passarella.

– Dale, pelotudo. ¿Quién habla?

El “Cabezón” Acosta, el primero de abajo de izquierda a derecha (Archivo: @MAXIIROLDAN)
El “Cabezón” Acosta, el primero de abajo de izquierda a derecha (Archivo: @MAXIIROLDAN)

Así comenzó el diálogo con el que el entrenador de River intentó convencer a Oscar Román Acosta de jugar en su equipo. El rosarino tenía buenas referencias de su coterráneo, el Tolo Gallego, quien era colaborador del Kaiser. "Tenía contrato en Japón pero la estaba pasando mal, se puso denso. Cuando me llamó Passarella no lo podía creer. Me preguntó si me interesaba y ni lo dudé. Corté y llamé a mis representantes para avisarles que arreglaran mi salida cuanto antes", rememora.

En medio de su desvinculación se percató de que sus apoderados, que le habían conseguido un contrato que triplicaba al que tenía en Vélez, estaban sacando una tajada diez veces mayor a la de él. Para firmar en el Millonario resignó una parte y se liberó de ellos.

Arribó a Núñez con grandes aspiraciones y ni el transcurso ni el desenlace fue el esperado: "Llegué con la ilusión de hacer historia en River, que ya no era el equipo sólido de hacía unos años. Aunque tuve partidos buenos, no la rompí, metí dos o tres goles nomás. A lo último no jugaba y Passarella no me dejaba ir a la Reserva porque si andaba bien ahí, me iba a tener que poner en Primera. Terminé rescindiendo porque no era lo que quería".

Hubo dos episodios notorios en los que Passarella marcó a Acosta. Y ambos tuvieron a una sección de chimentos de la revista El Gráfico en escena.

Las alabanzas de Passarella a Acosta (foto) a la izquierda; uno de los chismes que derivaron en su salida de River, a la derecha, en otra edición (Archivo: @MAXIIROLDAN)
Las alabanzas de Passarella a Acosta (foto) a la izquierda; uno de los chismes que derivaron en su salida de River, a la derecha, en otra edición (Archivo: @MAXIIROLDAN)

Oscar Acosta fue el primer expulsado en el recordado 0-5 de River con Newell's en el Monumental. Jura haberle dicho al árbitro Javier Castrilli solamente "dejate de joder" por una falta que le cobró en contra en mitad de cancha. El juez le mostró la roja e hizo lo mismo con sus compañeros y amigos Fabián Basualdo y Ángel Comizzo por las protestas. El equipo de Marcelo Bielsa no lo perdonó. En la semana, El Gráfico insinuó que Acosta se había hecho expulsar adrede por estar enfrente el cuadro del que era hincha.

El otro episodio similar fue tras un 2-2 entre River y Boca. Passarella se ofuscó en la previa con sus dirigidos porque se habían filtrado los dos cambios que haría para el Superclásico. Habló con Jorge Higuaín, capitán y referente, para que encontrar al buchón. Nadie se hizo cargo de haber ventilado las modificaciones a la prensa.

Luego del partido, en El Gráfico apuntaron a Acosta como el soplón: decían que había informado de las variantes a Víctor Marchesini, por entonces jugador de Boca y viejo compañero suyo en Ferro. Passarella se refirió la artículo y le dijo ante todo el plantel de River: "Quedate tranquilo, se la agarraron con vos pero no les doy bola". Para Acosta, Daniel Alberto lo consideró prescindible desde ese preciso instante.

Uno de los buenos encuentros que tuvo Acosta con la camiseta de River (Archivo: @MAXIIROLDAN)
Uno de los buenos encuentros que tuvo Acosta con la camiseta de River (Archivo: @MAXIIROLDAN)

Un lustro antes de que Juan Román Riquelme brillara empezara a dar sus primeras pinceladas en Boca, River tuvo a su propio Román y la historia fue muy diferente.

Acosta tuvo un extenso recorrido a lo largo de los 90 por distintos clubes argentinos: San Martín de Tucumán, Banfield (dos ciclos), Gimnasia y Esgrima de Jujuy, Argentinos Juniors y Ferro Carril Oeste, donde cerró su carrera profesional. También experimentó en el fútbol chileno (Universidad de Chile y Coquimbo), Ecuador (Barcelona) y Bolivia (Blooming).

No se arrepiente de nada y, al mismo tiempo, comparte una autocrítica: "Hubiese hecho una carrera mucho mejor pero me gustaba mucho salir de joda. Siempre le dije que no a las drogas, el cigarrillo y el alcohol, pero era súper nocturno. Creo que si hubiese tenido una vida más ordenada, hubiera rendido más. Cedí un 30 por ciento de mi potencial".

CONOCIENDO AL PERSONAJE: SUS CONFESIONES Y VIDA PRIVADA

Oscar Román Acosta nació en Rosario en 1964. Dio sus primeros pasos en el club Infantiles Rosarinos y pasó por Juan XXIII, donde fue reclutado por el Cai Aimar, ayudante de campo de Griguol en Ferro. Vivió en la pensión y rápidamente dio el salto a Primera, donde formó parte de los planteles campeones del 82 y 84.

De chico vivió con su madre porque su padre biológico los dejó cuando tenía apenas meses de vida. En el barrio Belgrano, de clase media baja, fue criado por su abuela, quien falleció durante el Mundial 78 cuando él tenía 14 años. "Después de eso quedé un poco perdido y me empecé a juntar con rockeros, pibes que se pinchaban. Yo odio la droga, me gusta el fernet, antes tomaba algún whiskey, pero no me gusta ni automedicarme", confiesa.

Siempre tuvo predilección por el fútbol por sus tíos y su padrastro, a quien aprecia desde siempre por acompañar a su mamá. Del ambiente del rock solamente absorbió la música y los looks que imitó: escuchaba Kiss, Motley Crue, Scorpions, Metalica y Guns N' Roses.

Recibiendo un premio como figura en Banfield y discutiendo con hinchas de Argentinos

Cuando jugaba en infantiles, reconocía de lejos a su padre biológico, quien llegaba en moto para ver sus partidos y se iba sin saludarlo cuando terminaban. Recién a los 17 años lo conoció, cuando lo visitó durante un torneo que disputó en Rosario con las juveniles de la Selección. "Me estaba bañando y (Sergio) Goycochea me dijo 'Cabezón, está tu viejo ahí afuera'. Fue la ducha más larga de mi vida", jura. Se presentó con cinco amigos, le dio un abrazo y se marchó. Más adelante, cuando se convirtió en profesional y visitaba a Newell's y Central con la camiseta de Ferro, su padre le tiraba piedras con un papel atado en el que le daba un número de teléfono y dirección para que se encontraran.

A su papá biológico lo despidió el año pasado tras su lucha con un cáncer. No lo hizo sin antes reunirlo nuevamente con su madre y haberle presentado a su primera nieta, fruto de una relación sin formalismos y a la que conoció en profundidad cuando era mayor. Hoy es una de sus cinco debilidades: tuvo dos hijos con su primera esposa y dos con la segunda y actual.

La primera lo acompañó desde su estadía en Suiza jugando para el Servette. Cuando se fue a la "U" de Chile, a ella le diagnosticaron un cáncer de mama. Minutos después de conocer la noticia y salir de la clínica chilena, tuvo un serio accidente automovilístico en el que atropelló por el envión a una madre con su bebé que milagrosamente salieron ilesas. El choque le produjo un principio de hernia de disco, motivo por el cual tuvo que operarse al tiempo.

Su estadía en Chile fue un calvario, tenía dos hijos pequeños y a su mujer con la quimioterapia. Retornó a Argentina y lentamente su esposa se recuperó. Sobre el final de su carrera profesional se divorciaron en buenos términos y crearon una relación de amistad que duró hasta 2005, cuando se le despertó un cáncer de páncreas que no la perdonó.

A los 54 años, está instalado en Suiza pero viene seguido a Argentina (Colin Boyle)
A los 54 años, está instalado en Suiza pero viene seguido a Argentina (Colin Boyle)

Tras su retiro se fue a vivir a Málaga y montó un par de emprendimientos propios. Se recibió de entrenador pero "no era lo suyo". En España conoció a la segunda mujer que dio a luz a su último par de retoños.

Hoy vive en Ginebra, de donde increíblemente se había escapado cuando tenía 24 años y era futbolista: "No pienso como en ese momento. Hoy digo 'qué hijo de puta fui, cómo no me quedé acá'". Trabaja en la organización de un partido entre veteranos del Servette y el Real Madrid con el complemento de una jornada de un campus de fútbol infantil a jornada completa. La idea es hacer lo mismo con otros grandes de Europa como el Inter y el Manchester City. Una especie de colonia de vacaciones vinculada al fútbol.

Y mientras también ayuda a algunos chicos de inferiores que no son tenidos en cuenta en los clubes grandes a encontrar su lugar en otros equipos, persigue un sueño: "No me muero sin que un día estén todos mis hijos juntos, te lo aseguro".

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