
Generoso el fútbol que permite la legitimidad de todas las opiniones. Aún la de aquellos que jamás han demostrado un conocimiento que pudiere avalar cualquier aseveración.
Aquello que otras especialidades —Economía, Tecnología, Arte, Filosofía, Ciencias…— imposibilitaría cualquier abordaje de opinión, el fútbol lo admite como fenómeno popular universalizado y expuesto.
Desde hace un tiempo, tal vez después del Mundial de Rusia, hemos leído o escuchado las más diversas opiniones sobre Messi. Peor aún, la mayoría de tales afirmaciones anclaban en su "culpabilidad" la mayor parte de la frustración de nuestra Selección.
O sea: Messi, más injustamente que otros actores principalísimos, se había transformado en el responsable de la amargura mayoritaria. Algunas voces no entendían cómo Messi "Per Sé" no había sido capaz de llevar a la Argentina al partido final. Es decir, Leo no forma parte de un equipo, sino que todo un equipo depende de él. Injusto.
Para avalar este punto de vista siempre se refiere a cracks de otros tiempos a quienes se les atribuye la razón fundamental de la totalidad del éxito.

Pelé, Charlton, Beckenbauer, Kempes, Zoff, Maradona, Matthäus, Zidane, entre otros, llevaron de la mano a sus selecciones a lograr los campeonatos mundiales respectivamente obtenidos sin detenerse a pensar en la riqueza de los equipos que integraban. Que es como decir "Dame al mejor y seré campeón", en lugar de reflexionar: "Formá un buen equipo que el mejor jugador del mundo te llevará al campeonato". Dicho de otra manera, devaluaríamos el talento de los Puskas, los Di Stefano, los Sívori, los Cruyff, los Eusebio, los Neymar, los Platini, los Beckham, los Cristiano Ronaldo y tantos otros, ya que nunca alcanzaron la Copa del Mundo habiendo sido números uno.
Cómo no entender la frustración del hincha, cuyo reduccionismo al reaccionar es descargar en el mejor el resultado final que solo obtiene el conjunto.
Messi arrastra la pesada carga de ser el mejor del mundo y los argentinos tenemos una particular debilidad por denostar a quien se destaque por sobre los demás en cualquier índole que fuere.
Este simplismo infundado le da notoriedad a quien lo asume por cuanto se supone que no reconocer virtudes en el mejor podría hacer más visible su injusto concepto.
Lo mismo ocurre con otros protagonistas entre quienes podríamos mencionar a Marcelo Gallardo.
El director técnico de River resulta el mejor entrenador del fútbol argentino y su techo es indimensionable.
Le ha traído al fútbol de nuestro país el nuevo aire de la mente abierta para agregar a sus trabajos tácticos y estratégicos el aporte de la neurociencia, la psicología, la inteligencia emocional y otras herramientas científicas que convierten a su trabajo y a su equipo en el respaldo más firme en procura de los objetivos.

Gallardo no sólo conduce a su plantel; ha formado y lidera a su propio cuerpo técnico. El resultado más exitoso hubo de advertirse en los partidos en que injustamente sancionado, su asistente (Matías Biscay) pudo cumplir satisfactoriamente su tarea. Lo que demuestra palmariamente que el cuerpo técnico de River Plate tiene una doctrina y una metodología que obedece a la idea de Marcelo Gallardo. Generar una doctrina, formar un equipo de trabajo, conducir un plantel de fútbol, participar en la conducción de las divisiones inferiores de donde surgen los valores que ya son una realidad patrimonial, participar de todo el movimiento de la política de compras y ventas, alcanzar 9 títulos en 4 años y definir la copa más importante de la historia del club, eximen de mayores apreciaciones.
Al tiempo que se escribe todo esto, resulta una ociosa falta de respeto tener que ponderar a Marcelo Gallardo. Una obviedad.
Es así que cerrando el 2018 los aficionados del fútbol argentino deberemos anticiparnos a la historia que transitamos. De nada servirá emocionarnos con la magia de Messi cuando éste se haya ido del fútbol. Antes bien, disfrutemos ahora de su talento y derrochemos el orgullo de ser sus compatriotas. Tal como lo somos de Alfredo Di Stefano y de Diego Armando Maradona.
Ese mañana nos permitirá también evocar que hubo un técnico que marcó el comienzo de una nueva era: "La Era Gallardo".
Nos queda un último deseo, acaso el que constituye el mayor sueño de los futboleros argentinos: una Selección con Gallardo como director técnico y Lionel Messi como capitán. Otra será la historia…
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