
El 8 de noviembre de 2006, Boca le ganaba 4 a 1 en La Plata a Gimnasia por el torneo Apertura y se despegaba de Estudiantes en la lucha por el título. Pero aquel partido no quedaría en la historia por la goleada del Xeneize, sino por lo que había pasado en la madrugada de aquella fatídica jornada: la barra brava del Lobo había ingresado a la concentración del plantel y había amenazado de muerte a sus jugadores si no iban a menos y se dejaban ganar. Aquel hecho que conmocionó a la sociedad fue además la presentación formal de quien era el nuevo hombre fuerte del tablón en toda la ciudad: Christian Omar Camilleri, alias El Volador, el hombre que acaba de caer preso por amenazar a Juan Manuel Lugones, el jefe de la Aprevide, tras gozar en los últimos 12 años de un poder y una impunidad total en la ciudad de las Diagonales.
Camilleri llegó a la cima del mundo barra gracias a sus contactos políticos y policiales. Funcionario municipal de rango cinco ingresó al poder en tiempos en los que el intendente de la ciudad era Julio Alak, y el presidente del club, Juan José Muñoz, que impulsó una estructura de choque para hacer cumplir sus deseos. Desde esa base política, el barra, que se había hecho conocido a fines de la década del 90 por provocar incidentes en un clásico frente a Estudiantes, amplió su área de influencia y para la nueva década ya manejaba planes sociales, que le permitieron formar un ejército a su lado en los barrios El Churrasco, Ringuelet, Arroyo El Gato y La Favela, todos en la periferia de la capital bonaerense. De ahí a convertirse en puntero para lo que guste mandar, hubo un paso: todos los que querían influir en esas populares barriadas, ya sea haciendo negocios legales o ilegales o campañas políticas, debían recurrir a él.
Con ese espaldarazo, Camilleri creció como un poder paralelo en la ciudad. Tenía gente que le respondía en el gremio municipal, en el gremio de los taxistas donde lideró una marcha multitudinaria que terminó en escándalo en 2009, hizo presencia tanto en el Mercado de Abasto de La Plata como en el Mercado Central, en este caso junto a la barra de Estudiantes, donde las versiones indicaban que los comerciantes para trabajar tranquilos siempre debieron tener a los barras contentos, con lo que eso implica en contante y sonante, y fue uno de los fundadores de la ONG Hinchadas Unidas Argentinas, aquel engendro barrabrava que tuvo apoyo gubernamental.
Con ese panorama, Camilleri se manejaba con impunidad en el bosque platense donde era amo y señor y aunque sumaba sin cesar causas por violencia en el fútbol, las mismas iban prescribiendo sin avances, como si fuera un intocable. A punto tal que en el Mundial de Sudáfrica, de los capos de Hinchadas Unidas Argentinas, fue el único que logró no ser deportado. Un mérito que hablaba a las claras de sus contactos políticos.
En la tribuna debió sortear tres asonadas importantes. Una de ellas terminó con un muerto, Julio Biscay, en 2013. Claro que no siempre salió ileso: fue baleado el 7 de julio de 2015 en una pierna y un hombro en el estacionamiento de una parrilla de la calle 44, tras una interna con la facción rival que respondía a otro histórico, el Manco Wimpy. Esa jornada había sido gloriosa para él: se había convertido en el primer jefe barra en jugar un partido con el equipo de Primera División. Sí, aunque suene increíble, el Gimnasia y Esgrima de La Plata que dirigía Pedro Troglio jugó aquella tarde un encuentro a beneficio que incluyó en el equipo rival a estrellas de la talla de Guillermo Barros Schelotto y Francescoli, y en el segundo tiempo, en la delantera y con la camiseta 22 apareció el Volador Camilleri tirando paredes con los futbolistas profesionales. Un escándalo que ponía blanco sobre negro su verdadero poder en el club tripero.



Después jugó fuerte para el Frente para la Victoria en la campaña de 2015, a punto tal que fue orador en un acto proselitista, y la derrota del oficialismo parecía que podía golpearlo. Pero apenas fue un mal trago para él: recompuso relaciones y siguió dirigiendo la barra y haciendo negocios como si nada hubiese pasado. Hasta que Juan Manuel Lugones, el titular de la Agencia de Prevención de Violencia en Espectáculos Deportivos, posó la lupa sobre él. Y empezó a denunciarlo por la comisión de varios ilícitos, entre ellos el manejo de todo el negocio alrededor de los partidos de Gimnasia: reventa de entradas, trapitos, venta ambulante y más. Y le puso derecho de admisión a los estadios. El Volador, cuyo apodo no refiere a que vuela de palo a palo para atajar una pelota sino a cuestiones más mundanas, no se lo bancó: y un mes atrás amenazó a Lugones con un video que publicó en Facebook, donde decía que podía encontrarse con un muerto en la cancha, que sabía donde vivía el funcionario y quiénes eran sus hijos, en un mensaje de alto contenido mafioso. Lugones lo denunció y esta tarde la UFI 8 de Lomas de Zamora dictó su orden de detención. La Policía lo encontró en su casa y ahora ya no vuela más: está preso y convencido, quizá, de que la impunidad no dura para siempre.
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