La nota de “El Gráfico” en 1990: “¿Usted conoce al técnico del puntero?” (Archivo de @maxiiroldan)
La nota de “El Gráfico” en 1990: “¿Usted conoce al técnico del puntero?” (Archivo de @maxiiroldan)

Seguramente no era la primera vez que escuchaba ese mote para definir alguna de sus reacciones. Pero era la primera vez que alguien lo utilizaba delante suyo para calificarlo en su totalidad. Aquel día de mediados de los 80 no sería uno más. El "Loco" enloqueció. Juntó a los pequeños integrantes de su equipo de "profesionales" en las inferiores de Newell's y los interpeló. ¿Quién había osado ponerle "Loco" para usarlo como apodo a sus espaldas? Algunos, tímidos, se quedaron callados. Evitaron responder. Evadieron la pregunta. Uno se animó: "Sí, pero es por su manera de trabajar". Otros pocos asintieron.

Ricardo Lunari –saltó a la primera del club en 1991– todavía recuerda aquella tarde que dejaría una huella imborrable en uno de los personajes más exóticos que dio nuestro fútbol. El hombre de los ideales indelebles, aquel de rostro adusto afuera y una broma bien ejecutada puertas adentro, el carrilero de los corralitos para entrenadores, el creador de una tercera posición en tierras de bilardismos y menottismos. Marcelo Bielsa: deidad de algunos; tótem del derrotismo para otros. Un oasis en medio del desierto.

Sus travesuras en las calles cercanas al centro de Rosario, donde estaba afincada la familia Bielsa, ya habían hecho caer sobre la espalda del "niño Marcelo" –tal cual lo llamaban las criadas de la vivienda– la definición de loco. No era para menos: en este mundo de cuerdos en traje que corren para todos lados sin saber bien qué hacen, un pibito de 16 años había decidido abandonar la cómoda casa del acaudalado clan para recluirse durante varios meses en la pensión de Newell's vaya uno a saber en persecución de qué aprendizaje. "Má, volví", cuentan sus amigos de la infancia que resumió, contundente, una vez que culminó la travesía.

Pero aquella tarde, en manos de sus jóvenes dirigidos en las inferiores de la Lepra, había llegado la hora de empezar a digerir el apodo que ya se mascullaba a sus espaldas. Bielsa había abandonado su sueño de ser marcador central tras unas pocas presentaciones en Newell's, la selección argentina juvenil, Instituto de Córdoba y Argentino de Rosario. Luego de estudiar el profesorado de educación física en la UBA y dirigir al equipo universitario, apareció en el predio de Rosario para pedirle al formador Jorge Griffa que lo ayude a ser entrenador. Eran los albores de los años 80 y apenas tenía poco más de 25 años.

Sus métodos revolucionaron las formas de practicar. "Nuestros entrenamientos duraban dos o tres horas, los de las otras categorías, 45 minutos. Nosotros pasábamos dos horas con la pelota parada cuando prácticamente no se trabajaba la pelota parada", rememora Lunari ante este medio. "Nosotros, con Zamora, tirábamos 100 pelotas paradas los días viernes. Él te ponía una soga, un palo y la pelota tenía que pasar por ahí, sino iba de nuevo. Hicimos el 60% de los goles de pelota parada. No era casualidad. Era un obsesivo del trabajo; lo que se practicaba tenía que salir", advierte el delantero Cristian Ruffini –producto de las inferiores y héroe del primer título profesional de Bielsa–, sobre la primera parte profesional del DT.

Gamboa besa a Ruffini, autor del gol clave ante San Lorenzo que le dio el Apertura 1990 al club
Gamboa besa a Ruffini, autor del gol clave ante San Lorenzo que le dio el Apertura 1990 al club

Cuando Marcelo llegó a dirigir a primera división ya contaba con ocho años de experiencia en infantiles bajo la tutela de Griffa. Allí expuso a gran escala lo que algunos consideraban sus locuras: entrenamientos maratónicos, acciones estudiadas al detalle y tácticas de juego innovadoras.

Una de las rarezas que aplicó en su etapa de formador era que aquellos juveniles le roben los palos de escoba a sus madres, los cuales eran pintados de blanco y luego clavados para ser utilizados en trabajos de slalom. En una de aquellas tardes de mediados de los 80, Bielsa tomó noción de su apodo y un joven Lunari fue testigo: "Nosotros le decíamos Loco en voz baja y pensando que si algún día nos escuchaba, te mataba. Fue una cosa de cariño, como a uno le dicen Cabezón, a él le decían Loco por su forma de trabajar, de sentir, por la locura de 24 horas de fútbol".

— ¿A dónde está el martillo?, preguntó uno de los juveniles
— Lo tiene el "Loco", respondió otro

"Marcelo estaba al lado de él. Nos hizo sentar a todos y uno por uno fue preguntando si sabíamos que le decían el "Loco". Tres o cuatro le dijeron que no con un terror… Al final uno lo reconoció y lo suavizó diciendo que era por su manera de trabajar. Pero él era el primero en saber que le decían de esa manera", explica Lunari, que luego tuvo un breve paso como DT de la Lepra en el 2014.

Veinte años más tarde, un periodista chileno decidió consultarlo sobre aquel rótulo que lo perturbó en los 80 y se mostró más encariñado: "Es justificado por exageraciones de mi comportamiento".

UNA GIRA POR ARGENTINA EN EL 147 Y LAS INSÓLITAS LECCIONES

Bielsa en una producción fotográfica con varios de los juveniles que guió hasta la Primera (Archivo de @maxiiroldan)
Bielsa en una producción fotográfica con varios de los juveniles que guió hasta la Primera (Archivo de @maxiiroldan)

Cuando Bielsa se presentó ante Griffa con la idea de ser entrenador, el respetado formador juvenil que luego trabajaría en Independiente y Boca lo frenó: "Momentáneamente no vas a ser técnico, pero ponete al lado mío que vas a capitalizar cosas. Vamos a ir a recorrer el Interior".

Bielsa tenía apenas 25 años y Griffa consideraba que primero debía nutrirse de diferentes recursos antes de tomar la conducción de un equipo. ¿La innovadora idea? Husmear en cada recoveco del país para encontrar las gemas perdidas. "Newell's abrió la senda de ir al Interior del país en vez de esperar que trajeran al jugador. Teníamos un coche e íbamos de un lado para el otro. Fue mucho tiempo, no fue de un día para el otro", comenta Griffa a Infobae.

El equipo de tareas dividió el mapa de Argentina en 70 partes con la idea de probar a mil potenciales futuros jugadores. A bordo de un Fiat 147 blanco modelo 85, Bielsa y Griffa fueron anotando apellidos. Así aparecieron Eduardo Berizzo, Mauricio Pochettino, Gabriel Omar Batistuta o el mencionado Lunari, entre otros.

"Generalmente en un grupo de inferiores, de veinte jugadores, llegan dos o tres (a Primera); y en este, de quince llegaron diez. Anotá: Gamboa, Pochettino, Franco, Berizzo, Saldaña, Sáez, Cerro, Stachiotti y también Batistuta, que ahora está en Boca", relataba el propio DT sobre la exitosa travesía en la nota titulada "¿Usted conoce al técnico del puntero?" que publicó El Gráfico en 1990.

Bielsa y Griffa, entre otros, en Newell’s (@chueco_67)
Bielsa y Griffa, entre otros, en Newell’s (@chueco_67)

¿La anécdota más exótica de estos viajes? Llegaron a Murphy –un pueblo con 4 mil habitantes ubicado a 150 kilómetros de Rosario– durante una fría madrugada de invierno para apoderarse de un apellido que terminaría valiendo la pena: Pochettino. "Debían ser las dos de la mañana. Tocamos la ventana, nos atendió la madre y dijo que estaba durmiendo el hijo. Empezamos a hablar de la soja porque yo tenía campos, pero a mí lo único que me importaba –reconoce Griffa– era conseguir a Pochettino. Estaba por firmar con Rosario Central. A la semana apareció el padre en el lugar donde los recibía y me dijo: 'Aquí tiene el pase de mi hijo, usted se lo ganó'".

La relación fraternal que se formó con las entidades del Interior generó que luego de esta travesía, los propios clubes empezaron a mandar a sus promisorias estrellas para probarse en Newell's. Nacía una forma de captar futuros profesionales.

La obsesión por obtener piedras preciosas futboleras en cada rincón del país mutó una vez que tomó la máxima categoría. Bielsa se transformó en un profesor infranqueable y obstinado. Su manía era que sus creaciones eleven el nivel cognitivo. Los más jóvenes debían estudiar para exponerse a las lecciones que tomaba antes de cada fecha.

"Me daba tarea para hacer: agarraba todos los El Gráfico y un día antes del partido le tenía que pasar un informe por escrito de todo lo que había interpretado yo del rival. Yo lo tenía que llevar sí o sí, sino ¿sabés el quilombo que me hacía? Mejor que en el colegio era", recuerda Ruffini.

En 1992, El Gráfico investigaba al detalle a un joven DT que en dos años revolucionó el fútbol (Archivo El Gráfico)
En 1992, El Gráfico investigaba al detalle a un joven DT que en dos años revolucionó el fútbol (Archivo El Gráfico)

"A algunos les tocaba Sólo Fútbol, a otro Clarín, a otros El Gráfico y te encargaba tareas. Averiguar cómo juega Platense, formaciones habituales, últimos ocho partidos, cómo se para, qué cambios usa, qué jugadores son los más frecuentes. Una tarea de investigación. En medio de la charla te preguntaba cosas que vos tendrías que saber. En el fondo eran una especie de lecciones", agrega Lunari. "Las charlas técnicas eran de una hora y cuarto. Exposiciones tremendas –elogia. Desde a qué hora se levantaba el rival hasta las características de cada jugador".

Esta innovación no era ninguna sorpresa para aquellos que se habían formado en las inferiores con Marcelo. El "Loco" justificaba su "locura" con la cordura de las estadísticas. Los éxitos dentro del campo respaldaban unos métodos de entrenamiento e instrucción que no tenían precedente.

"El trato era duro, no digo dictatorial, pero sí por momentos te hacía sentir mal. De herirte con su corrección, con su vocabulario. Te decía cosas que si bien te dolía, te revelaban. Muchas veces le han contestado porque no aguantaban. Quería ver hasta qué límite podía aguantar un jugador", confiesa Lunari.

Dentro de esa corrección que generaba crispación, Ruffini se ganó el apodo de "inmundicia" que ahora recuerda con gracia: "Me decía que yo no le hacía caso. "Vos manejate como quieras, que sos una inmundicia. El día que no corras más, no jugás nunca más". Jugué todos los partidos… Yo no tengo más que palabras de agradecimiento para él. Era bastante rebelde en esa época".

El plan estaba calculado a la perfección. Premeditado. El "Loco" estaba interesado en endurecer las fibras internas de aquellos que unos años más tarde deberían tomar la responsabilidad de llevar al club a lo más alto. Los engranajes de esa maquinaria se los reveló a Lunari años más tarde.

"Con el tiempo, después de muchos años, ya retirado, conversé con él. Le dije –rememora– si no se daba cuenta que le estaba gritando y diciendo todo eso a niños. Él me dio una contestación: ¿Usted no se dio cuenta que yo estaba formando jugadores para la primera división del fútbol argentino?".

EL HOTEL DE LAS CUCARACHAS, LA PRETEMPORADA INTERMINABLE Y LA CONCENTRACIÓN MILITAR

En 1992, el combinado del “Loco” ya despertaba pasiones en todos lados (Archivo de @maxiiroldan)
En 1992, el combinado del “Loco” ya despertaba pasiones en todos lados (Archivo de @maxiiroldan)

"Fuimos a lugares y hoteles que eran espantosos. Lo que pasaba es que había cucarachas". Juan Manuel Llop era uno de los experimentados de aquel equipo de juveniles que habían ascendido a primera en compañía del Loco. El Chocho, Gerardo Martino y Norberto Scoponi eran los líderes de un plantel que estaba moldeado con el poderío de los más chicos que el propio Bielsa había formado durante media década. La primera pretemporada en 1990 no se centró simplemente en el trabajo físico o futbolístico; se enfocó en lo mental.

"Molestábamos un poco jodiendo con el tema de que habíamos jugado finales de Copa Libertadores y estábamos ahí. Se lo tomó bien. No es que hicimos un escándalo. Eran bromas bien intencionadas, que suman. No sé si algún campeón iría a ese tipo de lugares después de haber pasado por un 5 estrellas, pero era parte de la humildad de ese grupo", revive Llop ante la consulta de este medio.

"Era un desastre… Yo qué me iba a quejar si era de los más chicos. Fuimos jugando hasta Jujuy y volvimos jugando. Íbamos completando la pretemporada jugando en cada pueblo donde parábamos. En un lugar, creo que en Perico (Jujuy) la cancha tenía raíces. Parábamos en hoteles medio pelo, donde el souvenir de la mesita de luz era una botella de plástico cortada con una rosa de plástico", recuerda Ruffini. "Anduvimos por todo el norte. Jugábamos en canchas de tierra, con piedras", añade Llop.

Bielsa era claro con sus dirigidos y pregonaba un mensaje con el que pretendía instalar un concepto: "No se puede perder la humildad, ni la capacidad de ser uno mismo ni dejar de tener los pies sobre la tierra". Simpática cordura que el "Loco" mantuvo a pesar del paso de los años.

Llop, emblema y el jugador con más presencias de la mano de Bielsa (Archivo de tapas de El Grafico)
Llop, emblema y el jugador con más presencias de la mano de Bielsa (Archivo de tapas de El Grafico)

Aquel equipo que alcanzaría títulos y rozaría la gloria en la final de la Libertadores 1992 se había moldeado bajo una estricta preparación inicial. Los hoteles cinco estrellas del pasado le dieron lugar a un nuevo sitio de concentración: el Liceo Militar de Funes, a media hora de Rosario.

El "Chocho" viaja casi 30 años en el tiempo. Su mente se posiciona en el refugio militar: "El grupo se hizo fuerte con esa convivencia, en esos 30 ó 40 días. Era un pabellón que acondicionaron para nosotros. Dos camitas con un televisorcito que tenía cuatro canales. Un teléfono en la cuadra. Era volver a cuando vivíamos en la pensión del club. Fue una idea de Bielsa y su cuerpo técnico. Esa concentración la tuvimos desde junio del 90 hasta el 92″.

Algunos pocos asados y las clásicas pastas a cargo del preparador físico, eran parte de la rutina habitual allí. Aunque la costumbre imposible de gambetear aparecía los sábados: el picado solteros vs. casados. "Jugábamos para ver quién pagaba la cerveza. A veces se sumaba Bielsa. A veces porque venía algunos sábados y otros no. ¿Cómo jugaba Marcelo? Futbolísticamente regular, je", cuenta con picardía Llop.

LOS ALFAJORES PARA EL "GORDO" BATISTUTA Y EL SUEÑO DE SER ARRIGO SACCHI

La distancia genera una distorsión. Suena difícil crear en la imaginación una pintura de Gabriel Omar Batistuta como un "gordito" en el que pocos confían. Así lo vio Bielsa en 1986, cuando Jorge Griffa lo descubrió en un torneo regional de Santa Fe representando a la ciudad de Reconquista.

"Lo estábamos viendo con Marcelo y le dije que se fijara en ese grandote. Él me decía que no le veía grandes posibilidades. Yo le remarcaba que era fuerte, grande, no era malo en la técnica y cabeceaba muy bien", asegura Griffa.

"Era simple: cuando llegué a Newell's estaba gordo. Me gustaban los alfajores y una de las cosas que me sacó (Bielsa) fue esa. Sacarme los alfajores, me dolió mucho. Pero bueno yo todavía no entendía lo que era ser profesional y lo que era jugar al fútbol siendo flaco, o teniendo tres o cuatro kilos de más. De esa manera me lo fue enseñando. Ahora con el paso del tiempo se lo agradezco, por supuesto. Pero sufrí mucho", le explica Bati a Infobae sobre aquella anécdota que se transformó en una habitual referencia de su paso por las divisionales menores del club.

Ese jugador con más kilos que músculos se fue transformando lentamente en una máquina de anotar goles. Una pieza importante del engranaje de aquel Milan juvenil de Rosario. Sí, Marcelo tenía como espejo al equipo italiano que arrasaba por entonces de la mano de Arrigo Sacchi: entre 1989 y 1990, obtuvo el doblete de la Champions League, la Intercontinental y la Supercopa de Europa.

La postal de Batistuta con la camiseta de Newell’s: lo formó Bielsa pero duró poco en Primera
La postal de Batistuta con la camiseta de Newell’s: lo formó Bielsa pero duró poco en Primera

"Me acuerdo que éramos un grupo de soñadores, un grupo especial. El primer soñador era el técnico, que era Bielsa. Él soñaba con ser Arrigo Sacchi. Era el momento del Milan de los tres holandeses que ganaban todo con un fútbol impresionante, y dominaban el espectáculo", rememora el histórico artillero que sostuvo una relación con el DT siempre en las inferiores hasta que se reencontraron en la selección argentina.

"Marcelo también quería eso. Que seamos protagonistas. En Rosario a él no lo conocía nadie y quería hacer las cosas que hacía Sacchi. Todo el grupo soñaba con algo grande. Eso me acuerdo. Me acuerdo que formé parte de un grupo selecto de Newell's, que éramos pibes que de alguna manera sobresalíamos en lo que hacíamos. Una cuarta especial, nos trabajaban de una manera distinta. Esa fue mi experiencia, donde aprendí todo. Aprendí a ser profesional, agresivo, ambicioso. Momentos mágicos", detalla el delantero que finalmente permaneció en el club hasta 1989 y se marchó momentos antes de que el Loco tome el mando del primer equipo.

Batistuta visitó hace unas semanas atrás el estadio de Newell’s, que hace unos años pasó a llamarse “Marcelo Bielsa” (Newell’s oficial)
Batistuta visitó hace unas semanas atrás el estadio de Newell’s, que hace unos años pasó a llamarse “Marcelo Bielsa” (Newell’s oficial)

¡NEWELL'S, CARAJO!

Marcelo Bielsa sumó tres títulos locales en su corta estadía como entrenador de Newell's entre 1990 y 1992. Un tridente de coronas a nivel doméstico contabilizando el Apertura 1990, el campeonato de esa temporada tras vencer a Boca y el Clausura de 1992. También coqueteó con la gloria en la Copa Libertadores: perdió la final por penales ante San Pablo en junio de 1992.

Todo el palmarés que acumuló aquel técnico que apenas tenía 35 años al asumir el desafío se reduce a una frase que marcó una era: "¡Newell's, carajo!".

Aquella tarde del 22 de diciembre de 1990 el equipo se jugaba mucho más que un campeonato en cancha de Ferro. El empate 1-1 ante San Lorenzo con un enorme gol de Cristian Ruffini de tiro libre obligó a que el equipo siga por radio el final del duelo entre River y Vélez en el Monumental. En aquellos segundos entre el cierre del choque de la Lepra y lo ocurrido en Núñez, Bielsa desapareció.

Cuando el título estaba consumado reapareció. Ya no estaba su habitual semblante impasible ni su tono casi monocorde. Estaba montado en unos hombros generosos, con una camiseta de Newell's en la mano y dominado por una euforia que lejos estaba de ser un impulso imprevisto. El grito de guerra parecía estar planificado para dejar en claro que allí comenzaba una nueva era.

Bielsa repitió el festejo sobre los hombres en la Bombonera, tras vencer a Boca en la final de 1991 (Archivo de @maxiiroldan)
Bielsa repitió el festejo sobre los hombres en la Bombonera, tras vencer a Boca en la final de 1991 (Archivo de @maxiiroldan)

"Esta institución cargaba sobre sus hombros un mote injusto que le habían adosado hace varios años. Para nosotros era muy importante deshacernos de él. Este plantel merece que se hable de su garra, de su fiereza", fue la justificación de Bielsa por entonces según se recreó en el libro "Lo suficientemente Loco" (2004).

La referencia del entrenador estaba directamente dirigida a Jorge Solari, quien unos años antes había tratado de "pecho fríos" a los hinchas tras un fuerte cruce cuando comandaba al equipo de Parque Independencia.

"Solari había dicho una frase poco feliz y eso quedó marcado en la ciudad. A Marcelo le molestó mucho. En esos años estaba en inferiores (1987) y nos fue forjando el espíritu, el alma. El jugador de Newell's no fue el mismo después de Bielsa. Ese "¡Newell's, carajo!" fue una cosa importante, ahora somos esto…", define Lunari. Llop, por su lado, lo rememora como un "grito de guerra, de bronca".

La historia de ferviente amor tuvo su punto final en julio de 1992, cuando anunció su salida en el vestuario de la cancha de Platense tras obtener el título local. El "Loco", con una explicación fiel a su estilo, dio una entrevista que rescató un grupo de seguidores (@pizarradebielsa) en las redes: "Finalizo ahora con estos partidos mi función como entrenador del club y entiendo que es lo mejor para mí y para el equipo".

 
 

Material de archivo: Maximiliano Roldán

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