Aunque muchos lo conocen como el médico del milagro chileno, su nombre es Fernando Mönckeberg Barros y tiene 93 años. Por su enorme trabajo y compromiso para combatir la desnutrición infantil primaria en el país trasandino, acaba de ser reconocido con el Doctorado Honoris Causa por la Universidad del CEMA. De la ceremonia participaron la vicepresidenta de la Nación, Gabriela Michetti; el diputado de la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Eduardo Santamarina; el subsecretario de Fortalecimiento e Intercambio Institucional de la Legislatura Porteña, Dr. Pablo Garzonio; autoridades de la universidad y representantes de la Fundación Criteria.

Por su enorme trabajo para combatir la desnutrición infantil, Mönckeberg Barros, de 93 años, fue reconocido con el Doctorado Honoris Causa por la Universidad del CEMA. Foto: Gentileza UCEMA.
Por su enorme trabajo para combatir la desnutrición infantil, Mönckeberg Barros, de 93 años, fue reconocido con el Doctorado Honoris Causa por la Universidad del CEMA. Foto: Gentileza UCEMA.

LA EPIDEMIA DEL HAMBRE

Hace 50 años, en Chile morían niños todos los días por distintas enfermedades. Sin embargo, para el doctor Mönckeberg Barros, la causa de esas muertes era una alimentación deficiente. "Había una desnutrición crónica que afectaba las primeras etapas de la vida, cuando el crecimiento y el desarrollo son acelerados. La reducción del gasto calórico impacta en el crecimiento y desarrollo cerebral, y deja secuelas que, más tarde, se detectan durante el proceso de aprendizaje", explica a DEF.

El médico chileno realizó un chequeo de todos los niños desde que nacían hasta los cinco años. Foto: Archivo DEF.
El médico chileno realizó un chequeo de todos los niños desde que nacían hasta los cinco años. Foto: Archivo DEF.

Luego de trabajar en el barrio La Legua (Santiago de Chile) en una época en la que el 40 por ciento de los niños moría a causa de diferentes enfermedades antes de alcanzar los 15 años y en la que la esperanza de vida era de apenas 38 años, Mönckeberg Barros logró que se implementara un plan para erradicar la desnutrición. Primero, propuso la realización de rigurosos controles. "Hicimos un chequeo de todos los niños desde que nacían hasta los cinco años. También realizamos controles nutricionales a las embarazadas. Se implementaron programas de saneamiento: agua potable, alcantarillas y tratamiento de las aguas servidas. Para incentivar a que las madres llevaran a los niños al control, les entregaban tres kilos de leche en polvo cada vez que un niño iba al médico. Los niños mayores recibían un alimento de soja y leche. Esas medidas repercutieron en la prevención de la desnutrición", recuerda.

Hoy, la obesidad es una epidemia. La industria alimentaria se ha esforzado en producir alimentos hipercalóricos a los que el ser humano puede acceder fácilmente.

Luego, llevó adelante diversos estudios neurológicos en los niños. El resultado: "En un niño desnutrido, las ramificaciones de las neuronas están atrofiadas. El cerebro queda lesionado para el resto de la vida". Eso tiene consecuencias económicas: los daños producidos constituyen un obstáculo para la incorporación de las personas a la economía. Y, como explicó el doctor en la UCEMA: "Si el daño afecta a un porcentaje alto de la población, daña a la toda la sociedad, porque disminuye la competitividad".

La tesis de Mönckeberg Barros lo llevó a fundar el Instituto de Nutrición y Tecnología de Alimentos y la Corporación para la Nutrición Infantil (organización que preside hasta el día de hoy), y a trabajar en el estudio de la alimentación. Graduado en Medicina en la Universidad de Chile, Mönckeberg Barros también realizó estudios en Harvard. Pero tenía un compromiso con su país natal; por eso, luego de reunir experiencia en el exterior, retornó con el solo objetivo de mejorar la realidad.

En un niño desnutrido, las ramificaciones de las neuronas se atrofian. El cerebro queda lesionado para el resto de la vida.

Gracias a su investigación, la mortalidad infantil en el primer año de vida pasó de 180 niños cada mil a tan solo siete niños en los últimos 50 años. En lo que respecta a la inclusión social, aumentaron los sectores medios y se redujo la pobreza. También, entre otros resultados indirectos, la estrategia que se implementó a raíz de su investigación logró que se redujera la deserción escolar.

Gracias a su investigación, la mortalidad infantil en el primer año de vida pasó de 180 niños cada 1000 a tan solo siete niños en los últimos 50 años. Fotos: Archivo DEF.
Gracias a su investigación, la mortalidad infantil en el primer año de vida pasó de 180 niños cada 1000 a tan solo siete niños en los últimos 50 años. Fotos: Archivo DEF.

–¿Qué le dejó su experiencia en La Legua?
–En esa época, en Chile había una élite que era del porte de una uña. Mi familia tenía un buen nivel socioeconómico. Entonces, la visión que yo tenía de la pobreza era muy relativa, la veía pasar, pero no la vivía. Por una casualidad, un compañero de la carrera de Medicina me invitó a que fuera a visitar el lugar donde él trabajaba en La Legua. Allí pasé dos años y entendí la pobreza desde otro punto de vista: viví en contacto con ella. Es una pobreza dura, de la que es imposible desprenderse cuando uno ya está inmerso. Allí hice varias investigaciones, por ejemplo, uno de los primeros trabajos apuntó a conocer la forma en que los pobres se comunican entre sí. Para ello, contaba las palabras que una madre normal usa. Me regalaron una grabadora y conseguí que varias familias me permitieran colocarla en su casa. Luego desgrababa las cintas y contaba las palabras de la conversación diaria: un promedio de 120, cuando habitualmente una persona utiliza 20.000. Me impactó tanto que, a los dos años, me vi perdiendo el tiempo, porque como pediatra atendía a niños que morían a diario. No había alternativa, había que trabajar e investigar eso.

La visión que yo tenía de la pobreza era muy relativa, la veía pasar, pero no la vivía.

–En la actualidad, la obesidad infantil se convirtió en un problema para muchos países. ¿Ocurre también en Chile?
–Mis amigos me dicen que molesté tanto con la desnutrición, que ahora se nos fue la mano. Hoy, la obesidad es una epidemia. La industria alimentaria se ha esforzado en producir alimentos hipercalóricos a los que el ser humano puede acceder fácilmente.

–¿Considera que América Latina se tomó en serio la desnutrición infantil?
–En Chile, fue difícil hace 50 años: la pobreza era absoluta y la mortalidad infantil, alta. La expectativa de vida al nacer era de apenas 38 años.

“La obesidad es una epidemia”, dice el médico chileno. Foto: Fernando Calzada.
“La obesidad es una epidemia”, dice el médico chileno. Foto: Fernando Calzada.

Argentina, por ejemplo, nunca pasó por esa situación. Quizá haya problemas de alimentación, pero solo en algunas zonas. En lo que respecta a América Latina, con las inmigraciones que vienen especialmente de Venezuela, hay una cantidad enorme de personas que salen de una situación muy angustiante que las obliga a migrar, incluso a pie, a países que consideran más equilibrados. Eso no puede ser. El desarrollo debe ser en conjunto con todos los países de la región.

Me parece dañino que la gente no quiera vacunarse o no quiera vacunar a sus hijos. Están reapareciendo enfermedades que estaban prácticamente erradicadas.

–¿Qué opinión tiene sobre los movimientos antivacunas?
–El avance de las vacunas en el mundo ha sido extraordinario y evitó las terribles pestes que arrasaban poblaciones enteras. Las vacunas están científicamente comprobadas: se inyecta un antígeno para que se una a una proteína y produzca una reacción de defensa que genera anticuerpos. Son verdades de la ciencia que no pueden negarse y me parece dañino que la gente no quiera vacunarse o no quiera vacunar a sus hijos. Están reapareciendo enfermedades que estaban prácticamente erradicadas. Creo que es absolutamente negativo y, en poco tiempo, va a tener que superarse porque los hechos van a demostrarlo.

–¿Y del veganismo?
–Me parece que es un concepto errado y el problema es más serio. En el desarrollo, en los primeros años de vida, el metabolismo es muy intenso. El organismo humano sintetiza 1200 proteínas distintas en la estructura química. Sobre todo en un niño, que tiene una velocidad de crecimiento tremendamente rápida y necesita esa cantidad y calidad de proteínas. Además, requiere que los componentes de cada proteína, los aminoácidos, estén presentes en la proporción suficiente para doblar el peso cada seis meses y para triplicarlo al año. El niño vegano solo va a recibir proteínas vegetales, le van a faltar muchos aminoácidos esenciales para los primeros años. Con adultos, es otra cosa.