Radarización: ¿quiénes llevan adelante la vigilancia y el control aéreo del país?

Desde la Base Aérea Militar Merlo, un grupo de profesionales se forman para operar y poder mantener este tipo de tecnología, vital para la defensa de los intereses de nuestra Nación.

La misión siempre es la misma: alcanzar y mantener la capacidad de hacer vigilancia y control aeroespacial. Foto: Fernando Calzada.
La misión siempre es la misma: alcanzar y mantener la capacidad de hacer vigilancia y control aeroespacial. Foto: Fernando Calzada.

“El precio de la paz es la eterna vigilancia” resume el lema que identifica a los radaristas de la Fuerza Aérea Argentina (F.A.A.). Para conocerlos, DEF visitó la Base Aérea Militar Merlo, cuna de esta especialización, que, además de tener proyección a futuro, es el resultado de una importante apuesta de la cartera de Defensa, que data del año 2004.

Por entonces, el Decreto 1407 –del expresidente Néstor Kirchner– reconocía las limitaciones de los sistemas de detección (radares de Tránsito Aéreo) que se encontraban en funcionamiento y proponía la creación de un Sistema Nacional de Vigilancia y Control Aeroespacial (SINVYCA) para contribuir a salvaguardar los intereses vitales de la nación. Con esta norma, la F.A.A. pasó a tener el control de los radares (que más tarde fabricaría el INVAP), y Argentina pudo avanzar en lo que respecta a la radarización del espacio aéreo.

“La misión siempre fue la misma: alcanzar y mantener la capacidad de hacer vigilancia y control aeroespacial. ¿Eso qué implica? Que exista la Escuela Electrónica de Defensa, que es la que forma a los especialistas”, resume el comodoro Daniel José Clementz, jefe de la base que lleva adelante la vigilancia y el control de todo el país. El instituto brinda capacitaciones sobre tres especialidades: oficial de vigilancia y control aeroespacial, operador y mecánico de radar.

Además, para que este sistema pueda operar las 24 horas, los 365 días del año, existe un escuadrón técnico que se encarga del mantenimiento de los equipos: los radares móviles y fijos. “Tenemos a quienes forman, operan y mantienen”, sintetiza Clementz.

Para que el sistema pueda operar las 24 horas los 365 días del año, existe un escuadrón técnico que se encarga del mantenimiento de los equipos de los radares móviles y fijos. Foto: Fernando Calzada.
Para que el sistema pueda operar las 24 horas los 365 días del año, existe un escuadrón técnico que se encarga del mantenimiento de los equipos de los radares móviles y fijos. Foto: Fernando Calzada.

Cabe señalar que, en el presente, la Fuerza cuenta con radares primarios y secundarios. ¿En qué se diferencian? Todas las aeronaves llevan un transponder, un dispositivo que brinda datos sobre la identificación de los aviones. Si permanece activado, su señal puede ser detectada por los radares secundarios. En cambio, los radares primarios suelen ser de uso meramente militar y detectan todas las naves en vuelo, aun las que poseen el transponder desactivado.

EVOLUCIÓN

El primer teniente Jorge Blanco fue testigo de los avances en esta materia. Durante su testimonio, relata que, cuando llegó a la especialidad, la Fuerza contaba con un número reducido de equipos: Antes, debíamos permanecer sentados en una cabina, incluso a algunos grados bajo cero, mirando una pantalla de fósforo. Además, para poder controlar, debíamos viajar junto con el radar. Vivíamos con el bolso armado y nos íbamos cada 15 días. Tampoco teníamos simulador con pantalla de fósforo. Entonces, mi primera experiencia fue en operación real, con la presión de que debía salir todo bien. En el presente, antes de operar, podemos pasar por el simulador y adquirir experiencia con una imagen digitalizada”.

¿Cómo vivió esa transición? “Fue impresionante. Llegué a trabajar con un TPS-43, igual que el que fue a Malvinas, y, hoy, tenemos todo el norte radarizado y contamos con mayor tecnología”, responde.

Blanco es jefe de Adiestramiento y se encarga de mantener la capacitación del personal. “Todos los cambios experimentados, en cantidad y en tecnología, requieren formación constante. Necesitamos un año y medio de cursos para entrar al sistema. No se puede permitir el ingreso de alguien con probabilidades de error, porque eso impactaría en la actividad real. Sí o sí, los ingresantes deben llegar listos y capacitados para poder operar. Esa es nuestra tarea”, enfatiza. Sucede que el personal que realiza la vigilancia y el control del espacio aéreo trabaja por turnos, de, por lo menos, 8 horas, durante 15 días, y en esas jornadas de trabajo debe estar concentrado: “Están todos los ojos sobre nosotros, porque el radar es el puntapié inicial para el uso eficiente de los medios de la Fuerza”.

OPERACIÓN

Junto a Blanco, se encuentra el cabo primero Franco Gómez. Inspirado por su papá, también miembro de la Fuerza Aérea, este suboficial eligió seguir la carrera militar. “Tengo que seguir sus pasos”, afirma, convencido, no sin antes relatar que es oriundo de Merlo y que, desde muy pequeño, y porque su padre trabajaba en la base, visita la Unidad.

En la foto, el primer teniente Horacio Benítez en el laboratorio de la Base. Allí se estudia lo que ocurre del radar hacia adentro para, luego, poder comprender aquello que ven en las pantallas. Foto: Fernando Calzada.
En la foto, el primer teniente Horacio Benítez en el laboratorio de la Base. Allí se estudia lo que ocurre del radar hacia adentro para, luego, poder comprender aquello que ven en las pantallas. Foto: Fernando Calzada.

Gómez, operador de radar, describe que, tras egresar y obtener la especialidad, el personal debe ir destinado al Escuadrón VYCA con el objetivo de adquirir la habilitación que le permitirá participar de las distintas comisiones: desde un ejercicio, hasta una posición en el norte o en una cumbre, como la del G20.

“Yo opero el radar. Creamos la imagen para que la superioridad tome las decisiones. ¿Cómo se crea la imagen? Bajo dos servicios: la detección (determinar a través de medios electrónicos o visuales si es o no un blanco aéreo) y la identificación, que puede ser amiga, neutral o enemiga. ¡No se nos puede escapar nada! Por eso, es fundamental capacitarse”, profundiza el suboficial.

MANTENIMIENTO

Otro de los integrantes de la base es el cabo principal Nicolás Giraudi, mecánico de radares. Oriundo de San Luis, cuenta que, desde muy pequeño, siente pasión por las aeronaves. “En mi familia, son todos panaderos, nadie era militar. Sin embargo, me apoyaron”, cuenta. La nostalgia también invade el relato: “¡Sabés cómo se extrañan los bizcochitos calentitos a la mañana o el olor de las cosas cuando salen del horno!”. De todas maneras, Nicolás también lamenta no poder acompañar a sus padres diariamente “ni verlos envejecer”: “Mi anhelo es poder seguir con mi trabajo, pero cerca de la familia”.

“Yo estuve trabajando tres años en INVAP. Muchas de las cosas que hoy utilizo fueron elaboradas cuando yo estaba ahí como parte de un intercambio. Nosotros éramos veedores y, a su vez, trabajábamos con ellos”, cuenta.

El personal que realiza la vigilancia y el control del espacio aéreo hace turnos de por lo menos 8 horas, durante quince días y en esas jornadas de trabajo deben estar concentrados. Foto: Fernando Calzada.
El personal que realiza la vigilancia y el control del espacio aéreo hace turnos de por lo menos 8 horas, durante quince días y en esas jornadas de trabajo deben estar concentrados. Foto: Fernando Calzada.

Las tareas que les competen a los mecánicos no son nada fáciles. Por ejemplo, cuando salen con los radares móviles, deben ir, al menos, 10 de ellos. “Un radar se arma en 10 horas de trabajo continuo. Otro de ellos requiere de 16 horas. Nos instalamos apenas amanece y trabajamos casi sin descanso”, explica Nicolás. Esas comisiones los llevan a ausentarse de sus hogares durante varios días. Alejados de sus familias, tienen la camaradería como única compañera. “Uno se charla todo, hasta llega a saber los nombres de los hijos del otro”, comenta.

MUJERES RADARISTAS

Las mujeres no son ajenas a este llamado vocacional: están presentes en la especialidad y se desempeñan, de igual a igual, junto a sus colegas varones. Tal es el caso de la cabo principal Lorena Lezcano, quien viajó desde Jujuy para cumplir su sueño. “Mi mamá falleció cuando éramos chicos y mi papá es camionero, así que siempre viajaba. Por esta razón, cuando dije que me iba, a los que más les costó aceptarlo fue a mis hermanos. Me fui con la promesa de que, después, los traía conmigo”, relata.

Cumplió con su palabra. Uno de ellos se animó a seguirla e, incluso, ingresó a la F. AA.

A los 27, Lorena fue mamá y, como por cuestiones de seguridad –tal como lo establecen los protocolos vigentes–, desde que se confirma el embarazo, las futuras madres son exceptuadas de las actividades operativas, debió desempeñarse en la ayudantía de la jefatura. “Cuando mi hijo cumplió un año, retomé las comisiones. La Fuerza Aérea me permitió conocer varias de las estaciones y, además, pude ir al INVAP”, dice, orgullosa.

¿Es fácil ser mecánica de radares? “Tengo más fuerza que algunos masculinos”, bromea. “Yo cumplo con el trabajo y con mi casa. Busco tratar de hacer todo y me gusta”, explica. Con sacrificio, pudo comprar su casa y, aún hoy, sigue capacitándose: “Estoy estudiando para contadora pública. Igual voy de a poco, porque soy mamá”.

Radaristas: las mujeres no son ajenas a este llamado vocacional, están presentes y se desempeñan de igual a igual junto a sus colegas varones. Foto: Fernando Calzada.
Radaristas: las mujeres no son ajenas a este llamado vocacional, están presentes y se desempeñan de igual a igual junto a sus colegas varones. Foto: Fernando Calzada.

Por su parte, antes de ingresar a la Fuerza, la cabo principal Ángela Rojas Espinoza llegó a recibirse de periodista deportiva y hasta trabajó de telemarketer. Luego, tomó la decisión de ser parte de la Fuerza Aérea. Y, como le ocurrió al primer teniente Blanco, ella también presenció la transición de tecnología.

Hoy, para seguir perfeccionándose, estudia Traductorado de inglés. “Muchos consideran que, si uno estudia, es para irse de acá, pero no es mi caso. Lo hago porque me gusta el idioma. Además, valoro la institución, porque gracias a ella pude conocer otros países”, reflexiona.

Finalmente, la teniente Johanna Puñales cuenta que, si bien siempre sintió atracción por la carrera militar, al terminar el colegio optó por estudiar Profesorado de inglés.

“Mi papá es albañil y, por entonces, debió trabajar con un señor que, además de piloto civil, era médico militar. Él le comentó que yo estaba interesada, y el hombre le sugirió que, si yo quería volar, ingresase a la Escuela de Aviación, en Córdoba. Ese día mi papá volvió superfeliz y me contó lo ocurrido. Mi mamá no estaba muy convencida de que fuera sola al interior, pero mi papá me alentaba. Una vez que ingresé, ¡me encantó!”.

Los hombres y mujeres de la Base Aérea Militar de Merlo llevan un peso sobre sus hombros: mantener vivo el trabajo y el sacrificio de los veteranos de guerra que integraron el Grupo 2. Foto: Fernando Calzada.
Los hombres y mujeres de la Base Aérea Militar de Merlo llevan un peso sobre sus hombros: mantener vivo el trabajo y el sacrificio de los veteranos de guerra que integraron el Grupo 2. Foto: Fernando Calzada.

Al terminar la escuela, logró ponerse de acuerdo con unos compañeros para poder continuar juntos: todos elegirían la misma especialidad. “Justo llegué en la época en la que se vieron los resultados del esfuerzo que hicieron para construir esto y los radares nuevos”, agrega. ¿Cómo vive este momento? “Estamos trabajando y colaborando con el país. Eso me llena de orgullo”.

LEGADO

Los hombres y mujeres de la Base Aérea Militar de Merlo llevan un peso sobre sus hombros: mantener vivo el trabajo y sacrificio de los veteranos de la guerra de Malvinas que integraron el Grupo 2. Desplegados en las islas y con radares móviles, ellos fueron los ojos de los pilotos durante el conflicto bélico. Además, acompañaron este apoyo los radares ubicados en Río Grande, Río Gallegos y en Comodoro Rivadavia.

“Los oficiales, suboficiales y soldados permanecieron desde el 3 de abril hasta el 14 de junio. Operaron durante todo el conflicto. De hecho, sobrevivieron a los ataques de los misiles antirradiación, ocurridos el 31 de mayo de 1982”, explica Clementz.

El primer teniente Jorge Blanco confiesa que el testimonio de los veteranos de la especialización permite tener, de primera mano, detalles de los pormenores que pueden surgir en el terreno y de otros relacionados con la logística. “Es lo que nos nutre”, concluye.

* Esta nota fue producida y escrita por una miembro del equipo de redacción de DEF.

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