A más de 3000 kilómetros de la ruidosa y ajetreada Buenos Aires, un grupo de un poco más de 70 hombres y mujeres comienza el día en la base Vicecomodoro Marambio. Son militares y científicos que se levantan para trabajar con un mismo objetivo: asegurar la presencia argentina en la Antártida.
Las ventanas empañadas del alojamiento dejan adivinar la marcada diferencia de temperatura entre el interior y el exterior del edificio. Entonces, se colocan la vestimenta especial –ropa y calzado térmico, campera, gorro, guantes y antiparras– para hacerles frente a las bajas temperaturas de afuera, donde el silencio antártico también abruma. Cuestión de acostumbramiento, dicen.
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Entre las siete y las nueve de la mañana, los miembros de la dotación pueden acercarse al comedor para desayunar. No pueden permanecer mucho más tiempo allí, ya que, pasada esa hora, un grupo comenzará a colocar las mesas para el almuerzo. Ellos también tienen asignado el lavado de la vajilla de la jornada. Obviamente, y sin importar las jerarquías, estas responsabilidades les son asignadas a todos, dependiendo del día.
Un dato: existen dos maneras de llegar a las bases argentinas en la Antártida. En verano, el rompehielos ARA “Almirante Irízar” se aproxima a las bases y traslada personal y carga a través de los helicópteros Sea King. La otra es de forma aérea, con el Hércules C-130 de la Fuerza Aérea Argentina (F. AA.) que despega desde la capital santacruceña de Río Gallegos. Este último aterriza en el aeródromo de Marambio y, salvo excepciones, puede operar los 365 días del año. Una vez allí, quienes requieren llegar a otras bases pueden ser trasladados en los helicópteros Bell 212 operados por personal de la F. AA.
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“SOMOS UNA GRAN FAMILIA”
Durante su estadía en Marambio, DEF dialogó con el comodoro Federico Guillermo Vasallo, jefe de esta base conjunta que fue fundada el 29 de octubre de 1969. En el presente, los efectivos militares –tanto del Ejército como de la Armada y la Fuerza Aérea– integran la dotación número 54 y están preparados para asegurar el apoyo logístico necesario para que el personal de la Dirección Nacional Antártica (DNA) y del Servicio Meteorológico Nacional (SMN) puedan cumplir con sus tareas. “Para ello, contamos con lo necesario para subsistir un año o más. ¿Por qué más? Porque el Irízar ingresa a la Antártida cerca del mes de diciembre, pero, en caso de que se demore, necesitamos contar con víveres, repuestos y combustible para mantener la base durante un período de tiempo más extenso. Además, la rutina es muy diferente en verano y en invierno. En invierno tenemos hasta cuatro horas de luz, y, en verano, solo tres horas de penumbra”, cuenta.
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En breve, y por razones de servicio, Vasallo debe comunicarse a través de videoconferencia con el continente. Una tarea sencilla en los tiempos que corren, ya que en Marambio no solamente hay señal (en determinados sectores) de una empresa de telefonía, sino que, además, hay wifi: “Durante mi primera campaña, en 2004, solo había Internet para chatear. También había señal 2G de la empresa CTI, entonces podíamos hacer llamadas de forma restringida y enviar mensajes de texto con el celular”.
El jefe de la base insiste en subrayar que, para ellos, el despliegue en la Antártida se debe hacer de manera voluntaria, ya que deben permanecer 12 meses alejados y llevando adelante actividades en condiciones rigurosas: “Sabemos que somos una gran familia y que estamos para apoyarnos entre todos”. “Todo es un trabajo en equipo”, resume.
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En palabras de Vasallo, si bien las aeronaves operan durante todo el año, si las temperaturas alcanzan los 40 grados bajo cero, tanto el C-130 como los helicópteros Bell 212 no pueden operar. De todas maneras, esos casos son excepcionales, ya que los vuelos permanecen activos siempre y cuando el termómetro no llegue a ese punto. Pero ¿cómo es prestar apoyo para asegurar el aterrizaje y el despegue cuando el clima es tan hostil? “Los hombres y mujeres deben salir cubiertos porque, a partir de los 20 grados bajo cero, no se pueden exponer las partes del cuerpo, ya que el frío puede quemar la piel. Si uno se abriga y no deja nada expuesto, se puede salir. Aun así, si el temporal supera los 40 bajo cero, nadie sale. Por ejemplo, el personal de la usina permanece en esas instalaciones mientras dure el temporal”, responde.

EN CASO DE EMERGENCIA
Toda la dotación está preparada para contingencias. Por ejemplo, a metros de la base, existe una casa de emergencia en la que el personal deberá alojarse en caso de que suceda un incendio. Además, hay un médico de la F. AA. que pasará el año en Marambio. Se trata del doctor Diego Oyola, especialista en traumatología, quien, para estar allí, debió realizar un curso de rotación por diferentes especializades para completar sus conocimientos. “Debido a los arduos trabajos, generalmente, aquí se dan problemas traumatológicos. En segundo lugar, se llevan adelante consultas odontológicas porque las diferencias de temperatura provocan que los arreglos que suelten. Y, en tercer lugar, pueden darse casos de infecciones respiratorias, aunque, al ser un ambiente tan frío, también lo es para las bacterias y virus. Es raro que tengamos ese tipo de problemas”, indicó a DEF.
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Todas las bases argentinas cuentan con médicos y enfermeros. Ellos deben mantener contacto constante con el Comando Antártico Conjunto (COCOANTAR) “porque las falencias de uno pueden ser complementadas por las fortalezas de otros”. En palabras del doctor Oyola, el factor psicológico, en condiciones de aislamiento, es muy importante: “Es vital mantenerse enfocados y tranquilos, eso se logra manteniéndose ocupados. Así, el tiempo, literalmente, se pasa volando. El espíritu del trabajo antártico es la fraternidad, todos estamos abocados a la misma misión, que es mantener la presencia argentina en la Antártida”.
Además, si las bases cercanas a Marambio requieren una evacuación médica, las tripulaciones de los helicópteros Bell 212 están siempre alistadas.

ASPECTOS RUTINARIOS
Los servicios básicos como el agua y la luz son de vital importancia para el funcionamiento de las bases. En cuanto al primero de ellos, se obtiene por deshielo de dos lagunas ubicadas a pocos metros de la base. “En invierno, contamos con una especie de derretidor. Asimismo, el agua destinada al consumo está potabilizada. El agua de las canillas no pasa por ese tratamiento. Cuidamos mucho el agua. De hecho, solo nos bañamos los lunes, miércoles, viernes y sábados. Pero, por ejemplo, si no nieva, las lagunas comienzan a secarse y nos vemos obligados a espaciar la cantidad de días para bañarnos”, señaló a DEF el jefe de base.
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Asimismo, el personal de Marambio debe procurar contribuir a la protección del medioambiente evitando la generación de cualquier tipo de daño y apuntando a la conservación de los recursos naturales. En ese sentido, los residuos deben ser identificados para, luego, regresarlos al continente. “El rompehielos lleva la basura ya separada y, en Ushuaia, se verifica que la separación se haya realizado correctamente”, añade Vasallo.
En cuanto a la energía, Marambio cuenta con una usina que alimenta la base. Además, como explican desde el continente blanco, cuentan con thermoblocks que proveen calor a las diferentes áreas con el objetivo de asegurar una temperatura ambiente en el interior de la base y otras dependencias, a pesar de que, en el exterior, en pleno invierno, existan registros de entre 50 y 60 grados bajo cero.
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Se acerca el mediodía y el personal ingresa al comedor para poder almorzar. La alimentación es un aspecto clave para la vida en el continente blanco. Normalmente, durante el día, se preparan guisados y, por la noche, diferentes tipos de carnes con alguna guarnición. Para elaborarlos, el personal se dirige a un sector destinado al depósito de los víveres que se utilizarán a lo largo de la campaña. Luego, un grupo de especialistas comienza la preparación de los diferentes platos. Un detalle: hasta hace poco tiempo, era impensado el consumo de ciertos vegetales frescos. Sin embargo, y a través del INTA, se instaló un módulo de producción hidropónica para el cultivo de alimentos. Al frente de este proyecto, se encuentra Estela Arce, suboficial de la F. AA. y licenciada en Gestión Ambiental: “Recibimos capacitación para mantener en pie este proyecto y asegurar el consumo de vegetales frescos. Antes, las verduras que se consumían eran enlatadas o deshidratadas. Esto es importante porque permite variar la alimentación de esta base, que, al momento, es la única que cuenta con este tipo de producción. Por ahora, solo tenemos cultivo de hojas, como rúcula, perejil y lechuga. Normalmente, a la rúcula se la disfruta los sábados en la pizza y usamos lechuga en los asados de los domingos”.

“CUANTO TE VAYAS, ME LLEVARÁS CONTIGO”
Tras el almuerzo, el personal continúa con sus labores para, al caer la tarde, poder tener momentos de esparcimiento, ya sea en el comedor o en una pequeña sala de estar que cuenta con un ventanal que da hacia el mar de Weddell. Dependiendo del día, otros optarán por clases de gimnasia, que son brindadas por el teniente Matías Castria, del Ejército Argentino. “Se ejercita mucho la zona media porque acá el personal debe trabajar con cargas, así que se busca fortalecer ese lugar para evitar lesiones. Científicos y militares participan de las clases e, incluso, me piden que sume actividades como zumba, yoga o stretching”, cuenta el oficial, profesor de educación física.
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Tras la cena, los que quieren permanecer en los lugares comunes deben hacerlo en silencio, pues muchos deben descansar para poder comenzar a trabajar en horas de la madrugada, de acuerdo con las actividades y los turnos previstos. Antes de retirarnos a los alojamientos, el jefe de base le recuerda a DEF dos frases que identifican la experiencia antártica. La primera dice: “No se puede defender lo que no se ama, y no se puede amar lo que no se conoce”. Y, la segunda: “Cuando llegaste, apenas me conocías; cuando te vayas, me llevarás contigo”.
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