Murió Rafael Ferrer, el artista puertorriqueño que derritió hielo en el MoMA y desafió al mercado del arte durante seis décadas

Su obra resistió clasificaciones y fronteras entre disciplinas. El Museo del Barrio lo despidió recordando sus contribuciones al arte contemporáneo, forjadas entre jazz, surrealismo y provocaciones efímeras

Un hombre con barba blanca apoyado en una escalera de madera en una habitación con estantes llenos de pequeñas pinturas
Murió Rafael Ferrer, el artista puertorriqueño que derritió hielo en el MoMA y desafió al mercado del arte durante seis décadas (Gordon M. Grant/New York Times)
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El artista puertorriqueño Rafael Ferrer, cuya obra atravesó la pintura, la escultura, el collage, la performance y las instalaciones, murió a los 93 años tras más de seis décadas de experimentación al margen de las clasificaciones del mercado del arte. El Museo del Barrio, de Nueva York, confirmó el fallecimiento con un mensaje que recordó su “extraordinaria creatividad y sus duraderas contribuciones al arte contemporáneo”.

Nacido en San Juan en 1933 en el seno de una familia acomodada, Ferrer desarrolló una trayectoria guiada por la improvisación y el instinto. Esa mirada se formó también como baterista de jazz afrocaribeño en bandas neoyorquinas durante la década de 1950.

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Su producción transitó por el surrealismo, el minimalismo, el expresionismo y el arte conceptual, sin permanecer de forma estable en ninguno de esos movimientos. El artista cuestionaba un mundo del arte que consideraba demasiado comercial y empeñado en ordenar a los creadores dentro de categorías.

Ferrer cursó estudios en una academia militar y en la Universidad de Syracuse, en Estados Unidos. En 1954, mientras estudiaba con el pintor español Eugenio Fernández Granell en la Universidad de Puerto Rico, viajó a París y se vinculó con el círculo surrealista.

Pintura que presenta a cuatro músicos con instrumentos rodeados de palmeras y a una persona sentada en una silla de playa azul
"Merengue en Boca Chica" (1983), en el Met

Durante aquella estadía conoció a André Breton y entabló amistad con el pintor cubano Wifredo Lam. En entrevistas posteriores, Ferrer sostuvo que esa experiencia lo impulsó a tomarse las artes visuales con seriedad.

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Tras exhibir pinturas realizadas con collage y esculturas minimalistas en Puerto Rico durante la década de 1960, regresó a Estados Unidos y enseñó en el Philadelphia College of Art. Allí se acercó al posminimalismo y al Arte Procesual, una corriente centrada en los materiales y las transformaciones de la obra durante su realización.

Su reconocimiento internacional llegó con dos intervenciones de carácter efímero. En Three Leaf Pieces, de 1968, descargó el contenido de un camión de hojas en tres galerías de Manhattan.

Dos años más tarde presentó 50 Cakes of Ice, una acción que dejó bloques de hielo de 136 kg para que se derritieran en el jardín de esculturas del Museum of Modern Art. Ferrer explicó el sentido de la pieza: “Se trata de que algo aparezca donde no pertenece”.

Secuencia de tres fotografías en blanco y negro con personas manipulando bloques de hielo cerca de una fuente y un espectador observando
"50 Cakes of Ice", una acción que dejó bloques de hielo de 136 kg para que se derritieran en el jardín de esculturas del MoMA

Las obras le abrieron exposiciones de relevancia a comienzos de la década de 1970 en el Philadelphia Museum of Art y el Whitney Museum. Sin embargo, abandonó esas provocaciones para volver a la pintura figurativa.

Durante la década de 1980, Ferrer representó la cultura tropical con colores intensos y composiciones alejadas de las imágenes convencionales sobre la región. También realizó instalaciones públicas, entre ellas Puerto Rican Sun, de 1979, un arco de 7,6 metros (25 pies) de altura en el South Bronx.

En 1981 creó El Gran Teatro de la Luna, una escultura instalada en Fairhill Square Park, en Filadelfia. Sus intervenciones públicas convivieron con una producción que continuó desplazándose entre distintos soportes y lenguajes visuales.

Escultura colorida con forma de sol instalada sobre la entrada de una cerca de metal negro en un parque urbano con árboles y edificios al fondo
"Puerto Rican Sun", de 1979, un arco de 7,6 metros (25 pies) de altura en el South Bronx

El Museo del Barrio dedicó en 2010 una retrospectiva a Ferrer que reactivó el interés por su obra. El entonces director de la institución, Julián Zugazagotia, definió su producción como un trabajo que iba “más allá de los grandes movimientos artísticos del siglo XX” y que alteraba las ideas preconcebidas sobre lo que un artista nacido en Puerto Rico era o debía ser.

Después de esa exposición se sucedieron muestras en museos y galerías. Ferrer siguió trabajando entre Greenport, en Long Island, y Vieques, Puerto Rico, donde realizó dibujos sobre pizarras, collages y retratos de los músicos con quienes había tocado en los años cincuenta.

La experiencia musical siguió siendo una referencia para su método creativo. En 2013, explicó a Brooklyn Rail: “Mi vida anterior como músico creó en mi psiquis la idea de que lo que uno hace está dictado por las necesidades del momento, siempre dentro de un repertorio”.

“No se trata de la repetición, sino del desafío del momento”, afirmó Ferrer al describir una práctica que mantuvo hasta sus últimos años.

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