
Barbara Cartland vendió cientos de millones de ejemplares y hoy no queda uno solo en las librerías: la paradoja resume el olvido que rodea a la escritora más popular de la historia después de William Shakespeare y Agatha Christie.
Dame Mary Barbara Hamilton Cartland murió en mayo de 2000, a los 98 años, en la mansión campestre donde pasó casi medio siglo dictando novelas desde un diván. 26 años más tarde, se mantiene como la tercera autora más consumida de todos los tiempos con más de 750 millones de libros vendidos.
PUBLICIDAD
Sin embargo, encontrar alguno de sus 723 títulos en una librería es prácticamente imposible. Una nueva biografía publicada este mes en el Reino Unido vuelve sobre esa paradoja: la mujer que más libros vendió en el siglo XX es hoy poco más que una imagen difusa de vestidos rosas y pestañas gruesas.

La autora más prolífica del siglo XX con un récord insuperable
El primer número que define a Cartland es el 723: la cantidad de novelas que produjo entre 1925 y 1997, casi todas romances históricos protagonizados por heroínas inocentes y aristócratas problemáticos. El segundo es 23: los libros que escribió —o más precisamente, dictó— durante 1976, año en que el Guinness World Record la consagró como la autora más prolífica del mundo en un solo año. El método era tan peculiar como el resultado: Cartland no tocaba una máquina de escribir. Se recostaba en su chaise longue, con un perro pekinés sobre el regazo, y dictaba alrededor de 7.000 palabras por día a su secretaria, sin detenerse hasta la hora del té.
PUBLICIDAD
“Hay cosas que se pueden decir de Barbara Cartland, como que es la tercera autora más vendida de todos los tiempos, que no coinciden con la memoria cultural que existe de ella”, afirmó Matthew Sweet, historiador y autor de The Great Dictator: A Life of Barbara Cartland, en declaraciones recogidas por la BBC.
La biografía, publicada el 10 de septiembre por Hodder & Stoughton, toma su título precisamente de ese método de trabajo. Sweet tuvo acceso irrestricto a los archivos de Camfield Place, la propiedad en Hertfordshire donde la escritora vivió hasta su muerte y donde parte del material no había sido tocado en un cuarto de siglo.
PUBLICIDAD

Sus lectoras eran, en su mayoría, mujeres trabajadoras
La producción masiva de Cartland encontró su apogeo durante la era dorada de los libros de bolsillo baratos, entre los años sesenta y ochenta. Sus novelas se vendían en supermercados y quioscos de todo el Reino Unido, y sus lectoras eran, en gran medida, mujeres de clase trabajadora. La propia autora lo explicó sin rodeos: “Les vendo millones de libros de bolsillo a mujeres que toman Valium porque lo están pasando muy mal en la vida real. No quieren leer sobre la pileta de la cocina; ya la ven cuando pelan papas. Yo soy su escape. Les doy glamour, ropa preciosa y los hombres atentos y maravillosos por los que se mueren de hambre.”
La fórmula era repetitiva por diseño. La doctora Amy Burge, profesora asociada de Ficción Popular en la Universidad de Birmingham y coautora de The Bonkbuster: Women’s Popular Reading in the Long 1980s, señaló a la BBC que “la repetición reconforta” y que “la alegría de una novela romántica es saber que va a terminar bien”. El placer estaba en el recorrido, no en la sorpresa. Cartland lo entendió antes que nadie y lo convirtió en un negocio que, en el punto máximo de su productividad, generaba un libro nuevo cada dos semanas.
PUBLICIDAD
Entre sus lectoras más célebres estuvo la entonces adolescente Lady Diana Spencer, a quien una fotografía captó leyendo una novela de Cartland. El vínculo no era solo literario: en 1976, la hija de Barbara, Raine, se casó con el padre de Diana, el conde Spencer, lo que convirtió a la escritora en su madrastra de hecho. Cartland, al enterarse de la afición de Diana por sus libros, comenzó a enviarle copias anticipadas de sus nuevas novelas.

Rechazó el feminismo, pero exigió que el Estado pagara a las amas de casa
La trayectoria pública de Cartland está llena de contradicciones que desafían cualquier clasificación simple. Fue concejala conservadora del condado de Hertfordshire durante nueve años, y desde ese cargo se dedicó a defender causas que no encajaban con su imagen de escritora de romances: salarios más dignos para enfermeras y parteras, mejores condiciones para los residentes de hogares de ancianos, y —en el capítulo más inesperado de su vida política— los derechos de la comunidad Romaní.
PUBLICIDAD
Su activismo a favor de los gitanos cambió la legislación británica. Cartland impulsó la creación del primer asentamiento permanente para la comunidad Romaní en Hertfordshire, inaugurado en 1964 y bautizado por sus propios residentes como “Barbaraville”. Su campaña llevó al gobierno a modificar la ley para que los niños gitanos pudieran asistir a la escuela —un derecho que les había sido negado desde que los romaníes llegaron a Inglaterra en el siglo XVI— y, en 1968, a obligar a los municipios a habilitar sitios permanentes para las familias que quisieran instalarse.
Al mismo tiempo, Cartland rechazó abiertamente el movimiento feminista que ganaba terreno mientras su obra alcanzaba su mayor difusión. Germaine Greer la atacó en The Female Eunuch, donde calificó su trabajo de “autoengaño estéril”. Cartland respondió con la misma energía que ponía en sus novelas, y proclamó públicamente que las mujeres debían “ser como bonitas cajas de bombones”. Sin embargo, en paralelo, argumentaba que el Estado debería pagar a las mujeres por el trabajo doméstico. “Es imposible clasificarla”, resumió Sweet.
PUBLICIDAD

Ella fue su mejor personaje, y eso terminó por opacar su obra
Antes de que las redes sociales convirtieran la imagen personal en una herramienta de marketing, Cartland ya dominaba esa lógica con precisión quirúrgica. Uniformó su imagen pública con vestidos rosas voluminosos, pestañas postizas construidas con betún de zapatos aplicado con cepillo de dientes y un perro pequeño invariablemente bajo el brazo.
Cuando las restricciones de cuarentena le impidieron llevar a sus perros en una gira de prensa por Estados Unidos, viajó con un perro de peluche para no romper la ilusión.
Exigía aprobación previa de todas las entrevistas y hacía firmar indemnidades a los periodistas. Tuvo tres biógrafos autorizados en vida: dos produjeron hagiografías complacientes; el tercero escribió un perfil más equilibrado que Cartland desaprobó, y respondió acelerando la publicación de sus propias memorias para competirle en las librerías.
PUBLICIDAD

Esa maquinaria de imagen funcionó tan bien que terminó devorando a la escritora. En 1960 cofundó la Asociación de Novelistas Románticos del Reino Unido, institución que existe hasta hoy. Dejó 160 manuscritos inéditos al morir, publicados de forma póstuma por su hijo. Sus novelas fueron traducidas a decenas de idiomas y la convirtieron en la quinta autora más traducida del mundo, excluidas las obras religiosas. Nada de eso aparece en el imaginario colectivo.
“Sería bueno que se la recordara como algo más que una broma”, dijo Sweet a la BBC. “Eso no quiere decir que no fuera graciosa y absurda, porque lo era, pero logró algo que merece ser reconocido de alguna manera. Si la descartas, también estás descartando a todas sus lectoras, y hubo dos generaciones de posguerra para quienes ella fue muy importante.”
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
50 años de la Noche de los Lápices: 4 libros sobre la memoria de las aulas
A cinco décadas del secuestro de los estudiantes secundarios en La Plata, un recorrido por las obras fundamentales que desarmaron la verdad oficial de la dictadura, rescataron las voces de los sobrevivientes y extendieron las fronteras del horror al interior profundo del país

“Hay muchas cosas que podemos hacer en Latinoamérica que en otros países no pueden existir”: Gael García Bernal en una reflexión sobre el cine
En una entrevista en el Festival Internacional de Cine de Toronto, el cineasta mexicano reflexionó sobre su nuevo filme, “Hombre al agua”, y sobre las pugnas ideológicas y de creación en la región
Trabajó en las dos películas argentinas que ganaron el Oscar: Félix “Chango” Monti, Personalidad Destacada de la Cultura por su trayectoria como director de fotografía
A lo largo de su carrera colaboró con cineastas como Fernando “Pino” Solanas, María Luisa Bemberg, Luis Puenzo, Lucrecia Martel y Juan José Campanella

Pablo Trapero, director de cine argentino: “No importa el idioma de las películas, sino lo que dicen los personajes”
El realizador defendió que las historias deben hablar a las personas más allá de fronteras o banderas, y sostuvo que el cine es libre y celebra la diversidad cultural. “Sus hijos” llega a las salas con Bill Nighy como protagonista, en una historia basada en la novela de David Gilbert y con adaptación de Sarah Polley




