Barbara Cartland, la gran ausente: qué pasó con las obras de la escritora más vendida después de Shakespeare y Agatha Christie

Con 723 novelas y 750 millones de copias vendidas, la creadora superó a casi todos los autores de la historia, pero un cuarto de siglo después de su muerte sus libros son prácticamente imposibles de encontrar

Una mujer mayor vestida con un traje de gala plateado, estola de piel blanca y collar de pedrería, sentada frente a un adorno floral
Barbara Cartland sigue siendo la tercera autora más vendida de la historia, detrás de Shakespeare y Agatha Christie, pese a que sus libros casi no aparecen en librerías
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Barbara Cartland vendió cientos de millones de ejemplares y hoy no queda uno solo en las librerías: la paradoja resume el olvido que rodea a la escritora más popular de la historia después de William Shakespeare y Agatha Christie.

Dame Mary Barbara Hamilton Cartland murió en mayo de 2000, a los 98 años, en la mansión campestre donde pasó casi medio siglo dictando novelas desde un diván. 26 años más tarde, se mantiene como la tercera autora más consumida de todos los tiempos con más de 750 millones de libros vendidos.

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Sin embargo, encontrar alguno de sus 723 títulos en una librería es prácticamente imposible. Una nueva biografía publicada este mes en el Reino Unido vuelve sobre esa paradoja: la mujer que más libros vendió en el siglo XX es hoy poco más que una imagen difusa de vestidos rosas y pestañas gruesas.

Barbara Cartland con sombrero y vestido rosas sonríe junto a un perro pequinés recostado en un cojín
La nueva biografía The Great Dictator: A Life of Barbara Cartland retoma la paradoja entre sus 723 novelas, sus 750 millones de ejemplares vendidos y su borrado del mercado editorial

La autora más prolífica del siglo XX con un récord insuperable

El primer número que define a Cartland es el 723: la cantidad de novelas que produjo entre 1925 y 1997, casi todas romances históricos protagonizados por heroínas inocentes y aristócratas problemáticos. El segundo es 23: los libros que escribió —o más precisamente, dictó— durante 1976, año en que el Guinness World Record la consagró como la autora más prolífica del mundo en un solo año. El método era tan peculiar como el resultado: Cartland no tocaba una máquina de escribir. Se recostaba en su chaise longue, con un perro pekinés sobre el regazo, y dictaba alrededor de 7.000 palabras por día a su secretaria, sin detenerse hasta la hora del té.

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Hay cosas que se pueden decir de Barbara Cartland, como que es la tercera autora más vendida de todos los tiempos, que no coinciden con la memoria cultural que existe de ella”, afirmó Matthew Sweet, historiador y autor de The Great Dictator: A Life of Barbara Cartland, en declaraciones recogidas por la BBC.

La biografía, publicada el 10 de septiembre por Hodder & Stoughton, toma su título precisamente de ese método de trabajo. Sweet tuvo acceso irrestricto a los archivos de Camfield Place, la propiedad en Hertfordshire donde la escritora vivió hasta su muerte y donde parte del material no había sido tocado en un cuarto de siglo.

Barbara Cartland dictó 723 novelas entre 1925 y 1997 y estableció un récord Guinness al producir 23 libros en 1976
Barbara Cartland dictó 723 novelas entre 1925 y 1997 y estableció un récord Guinness al producir 23 libros en 1976

Sus lectoras eran, en su mayoría, mujeres trabajadoras

La producción masiva de Cartland encontró su apogeo durante la era dorada de los libros de bolsillo baratos, entre los años sesenta y ochenta. Sus novelas se vendían en supermercados y quioscos de todo el Reino Unido, y sus lectoras eran, en gran medida, mujeres de clase trabajadora. La propia autora lo explicó sin rodeos: “Les vendo millones de libros de bolsillo a mujeres que toman Valium porque lo están pasando muy mal en la vida real. No quieren leer sobre la pileta de la cocina; ya la ven cuando pelan papas. Yo soy su escape. Les doy glamour, ropa preciosa y los hombres atentos y maravillosos por los que se mueren de hambre.”

La fórmula era repetitiva por diseño. La doctora Amy Burge, profesora asociada de Ficción Popular en la Universidad de Birmingham y coautora de The Bonkbuster: Women’s Popular Reading in the Long 1980s, señaló a la BBC que “la repetición reconforta” y que “la alegría de una novela romántica es saber que va a terminar bien”. El placer estaba en el recorrido, no en la sorpresa. Cartland lo entendió antes que nadie y lo convirtió en un negocio que, en el punto máximo de su productividad, generaba un libro nuevo cada dos semanas.

Entre sus lectoras más célebres estuvo la entonces adolescente Lady Diana Spencer, a quien una fotografía captó leyendo una novela de Cartland. El vínculo no era solo literario: en 1976, la hija de Barbara, Raine, se casó con el padre de Diana, el conde Spencer, lo que convirtió a la escritora en su madrastra de hecho. Cartland, al enterarse de la afición de Diana por sus libros, comenzó a enviarle copias anticipadas de sus nuevas novelas.

Fotografía en tono sepia de una mujer con vestido bordado de tirantes y velo que apoya su mano sobre una columna decorada
Las novelas románticas de Barbara Cartland se expandieron en la era de los libros de bolsillo baratos y encontraron a sus principales lectoras entre mujeres trabajadoras del Reino Unido

Rechazó el feminismo, pero exigió que el Estado pagara a las amas de casa

La trayectoria pública de Cartland está llena de contradicciones que desafían cualquier clasificación simple. Fue concejala conservadora del condado de Hertfordshire durante nueve años, y desde ese cargo se dedicó a defender causas que no encajaban con su imagen de escritora de romances: salarios más dignos para enfermeras y parteras, mejores condiciones para los residentes de hogares de ancianos, y —en el capítulo más inesperado de su vida política— los derechos de la comunidad Romaní.

Su activismo a favor de los gitanos cambió la legislación británica. Cartland impulsó la creación del primer asentamiento permanente para la comunidad Romaní en Hertfordshire, inaugurado en 1964 y bautizado por sus propios residentes como “Barbaraville”. Su campaña llevó al gobierno a modificar la ley para que los niños gitanos pudieran asistir a la escuela —un derecho que les había sido negado desde que los romaníes llegaron a Inglaterra en el siglo XVI— y, en 1968, a obligar a los municipios a habilitar sitios permanentes para las familias que quisieran instalarse.

Al mismo tiempo, Cartland rechazó abiertamente el movimiento feminista que ganaba terreno mientras su obra alcanzaba su mayor difusión. Germaine Greer la atacó en The Female Eunuch, donde calificó su trabajo de “autoengaño estéril”. Cartland respondió con la misma energía que ponía en sus novelas, y proclamó públicamente que las mujeres debían “ser como bonitas cajas de bombones”. Sin embargo, en paralelo, argumentaba que el Estado debería pagar a las mujeres por el trabajo doméstico. “Es imposible clasificarla”, resumió Sweet.

La fórmula repetitiva de Barbara Cartland convirtió el romance histórico en un negocio que llegó a generar un libro nuevo cada dos semanas
La fórmula repetitiva de Barbara Cartland convirtió el romance histórico en un negocio que llegó a generar un libro nuevo cada dos semanas

Ella fue su mejor personaje, y eso terminó por opacar su obra

Antes de que las redes sociales convirtieran la imagen personal en una herramienta de marketing, Cartland ya dominaba esa lógica con precisión quirúrgica. Uniformó su imagen pública con vestidos rosas voluminosos, pestañas postizas construidas con betún de zapatos aplicado con cepillo de dientes y un perro pequeño invariablemente bajo el brazo.

Cuando las restricciones de cuarentena le impidieron llevar a sus perros en una gira de prensa por Estados Unidos, viajó con un perro de peluche para no romper la ilusión.

Exigía aprobación previa de todas las entrevistas y hacía firmar indemnidades a los periodistas. Tuvo tres biógrafos autorizados en vida: dos produjeron hagiografías complacientes; el tercero escribió un perfil más equilibrado que Cartland desaprobó, y respondió acelerando la publicación de sus propias memorias para competirle en las librerías.

Fotografía en blanco y negro del rostro y torso de una mujer con el cabello corto ondulado y un collar fino
La escritora británica Barbara Cartland posa para un retrato fotográfico en sus primeros años de juventud.

Esa maquinaria de imagen funcionó tan bien que terminó devorando a la escritora. En 1960 cofundó la Asociación de Novelistas Románticos del Reino Unido, institución que existe hasta hoy. Dejó 160 manuscritos inéditos al morir, publicados de forma póstuma por su hijo. Sus novelas fueron traducidas a decenas de idiomas y la convirtieron en la quinta autora más traducida del mundo, excluidas las obras religiosas. Nada de eso aparece en el imaginario colectivo.

Sería bueno que se la recordara como algo más que una broma”, dijo Sweet a la BBC. “Eso no quiere decir que no fuera graciosa y absurda, porque lo era, pero logró algo que merece ser reconocido de alguna manera. Si la descartas, también estás descartando a todas sus lectoras, y hubo dos generaciones de posguerra para quienes ella fue muy importante.”

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