Jean-Baptiste Say, economista francés: “El mejor plan de finanzas públicas es gastar lo menos posible”

Un axioma que cumple más de dos siglos y que todavía enciende el debate económico global. ¿Quién fue este pensador que cuestionó el gasto estatal antes de la aparición del capitalismo moderno y por qué su obra cumbre sigue siendo un faro para la centroderecha actual?

Jean-Baptiste Say
Jean-Baptiste Say, economista francés: “El mejor plan de finanzas públicas es gastar lo menos posible” (Imagen Ilustrativa Infobae)
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Hay ideas que tienen la consistencia del granito. No importa cuántas crisis pasen, cuántas teorías de intervención estatal se pongan de moda o cuántos imperios caigan: permanecen inmutables, esperando en el mostrador de la historia para volver a ser citadas. Cuando el economista francés Jean-Baptiste Say escribió a comienzos del siglo XIX que la mejor receta para las cuentas públicas era la austeridad y que el tributo menos dañino era aquel que casi no se sentía fue como una granada ideológica.

Hoy, cuando las discusiones sobre la presión impositiva y el déficit fiscal dominan las portadas de los diarios y los debates televisivos, las palabras de Say adquieren una vigencia escalofriante. Pero, ¿de dónde surge esta máxima y por qué condensa, como ninguna otra, el ADN de su pensamiento? Para entender la frase, primero hay que mirar al hombre. Jean-Baptiste Say (1767-1832) no fue un académico de torre de marfil. Fue un periodista, panfletario, soldado voluntario y empresario.

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Un exitoso empresario textil que levantó una fábrica de algodón en Pas-de-Calais. Conoció de primera mano cómo funciona la creación de empleo, el riesgo de invertir el capital propio y, sobre todo, el dolor de cabeza que significaba la asfixia regulatoria del Estado. Say creció bajo el influjo de la Ilustración y se convirtió en el gran puente entre el pensamiento británico y el continente europeo. Su gran epifanía ocurrió al leer La riqueza de las naciones, la obra fundacional de Adam Smith.

Sin embargo, Say no se limitó a traducir al escocés; lo ordenó, lo clarificó y le inyectó una dosis de pragmatismo francés que transformó a la economía política en una ciencia accesible para el ciudadano común. La célebre frase sobre las finanzas y los impuestos no nació en un momento de paz, sino en un contexto de altísima tensión política. Aparece en su obra cumbre: el Tratado de Economía Política (Traité d’économie politique), publicado originalmente en el año 1803.

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Portada azul del libro Tratado de economía política de Jean Baptiste Say con un retrato del autor y el logotipo de la editorial.
"Tratado de economía política", escrito por Jean-Baptiste Say y publicado por el Fondo de Cultura Económica (Imagen Ilustrativa Infobae)

Por aquellos días, Francia estaba bajo el puño de Napoleón Bonaparte, quien se consolidaba como Primer Cónsul y preparaba su coronación como Emperador. Napoleón, una mente militar obsesionada con el control, entendía la economía desde el proteccionismo, los aranceles altos y el financiamiento de gigantescas campañas bélicas mediante el esfuerzo fiscal de los ciudadanos. Cuando el Tratado de Economía Política llegó a las manos de Bonaparte, el mandatario montó en cólera.

Le exigió a Say que reescribiera ciertos capítulos para justificar el gasto militar y la intervención del Estado en el comercio. Say, demostrando una honestidad intelectual inquebrantable, se negó rotundamente. La respuesta del poder no se hizo esperar: el libro fue censurado, se prohibió su reimpresión durante años y este economista rebelde fue removido de su cargo en el Tribunado. Ubicada en su contexto, la frase que hoy nos convoca puede leerse como un acto de resistencia civil contra el despotismo.

Para la historia del pensamiento económico, el Tratado de Economía Política es un texto sagrado. Su importancia radica en que logró estructurar la economía bajo leyes naturales. Si Adam Smith puso la piedra fundacional, Say construyó el edificio. En esas páginas introduce la figura del “entrepreneur” (el emprendedor o empresario) como el verdadero motor de la sociedad, desplazando al terrateniente de su altar medieval. Y está la “Ley de Say”: la producción es la que abre los canales a la demanda.

Es en el Libro III, Capítulo VIII de este volumen donde Say analiza el consumo público y estampa su máxima. Para él, el Estado no es un ente mágico que genera recursos; el gobierno solo consume lo que previamente les quitó a los productores. Por ende, cada moneda gastada por la burocracia es una moneda menos destinada a la inversión privada y al bienestar real de la gente. El axioma resume su cosmovisión con tres razones: el valor de la libertad individual, el realismo económico y la defensa de la producción.

Jean-Baptiste Say
Afectado por problemas de salud y profundamente golpeado por la muerte de su esposa, Jean-Baptiste Say falleció en París el 15 de noviembre de 1832, a los 65 años, víctima de un ataque de apoplejía (Imagen Ilustrativa Infobae)

¿Quién es Jean-Baptiste Say?

Jean-Baptiste Say nació en Lyon, Francia, el 5 de enero de 1767, en el seno de una familia de comerciantes protestantes, un origen que marcó su enfoque práctico y empresarial de la vida. Durante su juventud en Inglaterra conoció de cerca los albores de la Revolución Industrial y, tras regresar a su país, trabajó en compañías de seguros, fue soldado voluntario en la Revolución Francesa y editó el influyente periódico literario y político La Décade philosophique, littéraire et politique.

Su vida dio un vuelco definitivo en 1803 con la publicación de su obra cumbre, el Tratado de Economía Política, un texto que ordenó y expandió las ideas de Adam Smith, introduciendo conceptos como la figura del entrepreneur y la célebre “Ley de Say”. Su firmeza ideológica le costó la censura de Napoleón Bonaparte, lo que lo llevó a refugiarse en el sector privado fundando una exitosa fábrica textil de algodón en Pas-de-Calais, demostrando en la práctica las teorías que defendía en el papel.

Con la caída del imperio napoleónico, el pensador recuperó el reconocimiento público y académico que se le había negado. Se convirtió en un gran catedrático de Economía Política consolidándose con su última gran obra teórica, el Curso completo de economía política práctica, editado en 1828. Afectado por problemas de salud y profundamente golpeado por la muerte de su esposa, Jean-Baptiste Say falleció en París el 15 de noviembre de 1832, a los 65 años, víctima de un ataque de apoplejía.

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